Sor Rosario Marín, “Sorru”
ciudadanos

San Vicente de Paul tuvo que decir adiós a su querida “Sorru”, Sor Rosario Marín, que dejó el colegio para iniciar un nuevo servicio en Zaragoza.

Cuando recibimos la noticia, fue un duro golpe para todos asimilar que le teníamos que decir adiós e intentamos por todos los medios frenar algo que considerábamos que no podía ser verdad… Profesores, alumnos y familias nos movilizamos para evitar que Sor Roser se fuera; en nuestra mentalidad actual no podíamos comprender valores como la entrega, la obediencia y el sacrificio que forman parte de la vida de la Hijas de la Caridad. Ella, con lágrimas en los ojos, nos repetía sin cesar: “Yo tomé una opción de vida y debo ser coherente con ella y, aunque me duela dejaros, tengo que hacerlo”.

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Sor Rosario nació en Cadiz y pasó sus primeros años como Hija de la Caridad en Barcelona. Hace 27 años llegó a nuestro colegio, donde se ha convertido en su corazón y alma, ha enseñado y, sobre todo, cuidado y querido a varias generaciones de alumnos, entre los que ha dejado una impronta que será imposible de borrar.

Su vocación de servicio y su humildad son tales que los días previos a su marcha manifestaba un gran asombro por la “movida” que se había organizado para evitar su partida, añadiendo que ella no había hecho más que hacer su labor lo mejor que sabía.

Sor Roser es una mujer excepcional, con una enorme capacidad de trabajo y de liderazgo, y con un espíritu fuerte que ni el COVID pudo vencer. Sin embargo, su mayor virtud es su enorme disposición para transmitir amor a todos los que le rodean, pero especialmente a los niños, sentimiento que ellos perciben y le devuelven.

Y con todo ese amor que ella nos ha inculcado día a día, dejamos a un lado las movilizaciones y comenzamos a pensar en decirle “hasta pronto” de una forma bonita, como ella se merecía. El acto de despedida fue muy emotivo y en él participaron todos los miembros de la Comunidad Educativa: las hermanas, los alumnos y exalumnos, las familias y todo el personal del colegio. Esa tarde pudimos expresarle nuestro cariño, darle las gracias por todo lo que nos ha dado y enseñado y decirle lo mucho que la vamos a echar de menos…

Nadie pudo contener las lágrimas al escuchar el sentir de los demás y darnos cuenta de que todos, sin excepción, pensamos lo mismo:

Emotivo acto de despedida“Es impresionante como Sor Roser, para nosotros Sorru, se ha convertido en el alma y el corazón del colegio, ella es emblemática.

No compartimos sangre, pero nos consideramos su familia porque, como nos ha enseñado ella, la familia se compone de personas que se quieren, se cuidan y se preocupan los unos por los otros.

Hemos crecido junto a ella, pasando por malos y buenos momentos, pero todo lo hemos superado. Se puede decir que todas las personas que la conocen están de acuerdo en que es un modelo a seguir, que inculca valores, nos hace sonreír cada vez que la vemos y una vez acabada nuestra etapa en el colegio, considerado este como nuestra casa”

“Eres la segunda madre, no sólo de los niños, sino también de tus compañeros y compañeras; eres ese hilo invisible que nos sirve de unión; eres nuestra confidente…¡seguro que lo seguirás  siendo!; eres quien conoce, cuida y protege todos y cada uno de los rincones de la que todos consideramos nuestra casa.

Siempre estás aquí y allí, siempre donde se te necesita, incluso antes de necesitarte; eres una persona que ha ido dejando su huella silenciosa y generosa en nuestras vidas, y esa huella es la que vamos a seguir día a día, no lo dudes.”

Y no sólo las palabras fueron elocuentes y nos emocionaron a todos, sino también los gestos: todos los presentes necesitábamos abrazarla y expresarle lo mucho que la queremos.

Con la colaboración del AMPA, se recogieron las expresiones de afecto, en forma de carta, detalles, dibujos…que muchas personas querían hacerle llegar, y se le entregaron en un pequeño baúl que hoy guarda en su habitación como un tesoro de valor incalculable.

Además, queríamos que su huella en el colegio se mantuviera y que las nuevas generaciones la recuerden siempre, así que plantamos un árbol en su honor y anunciamos que a partir de ahora el jardín interior del colegio se llamará “El jardín de Sorru”.

Su paso entre nosotros no termina ahora, sino que, aunque las distancias sean físicamente lejanas, la cercanía espiritual será especial pues sus palabras y actitudes prevalecerán en nosotros.

Ha sido un gran privilegio compartir estos años con una mujer tan excepcional y esperamos estar a la altura de su legado. Su vínculo con su comunidad educativa se mantendrá siempre y su nombre forma ya parte de la historia del colegio, iniciada hace ya más de 250 años.

 

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