Antonio Martínez. F.J. Porquet.
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En 2009, en un homenaje que le brindamos por su entonces ya extensa trayectoria periodística y al hilo del cometido de pregonero de las fiestas de San Mateo del aquel año, dijo que moriría con las botas puestas y, prácticamente, salvo por un par de meses o tres de obligado retiro (sus fuerzas no daban más de sí), así lo ha hecho. Al pie del cañón. Contando las peripecias de su querido Atlético de Monzón, las hazañas de los atletas del Hinaco-CAM y, en fin, cualquier noticia relacionada con el amplio abanico deportivo de la ciudad que llevaba tatuada en el corazón. Y, entre medio, alguna entrevista de sociedad con lenguaje cercano y coloquial, la habitual presencia en las tertulias de sanedrines en la radio y, bien pincho y trajeado tras el atril, conduciendo ceremonias y presentaciones de actos de toda índole con el gracejo que le caracterizaba.

Se llamaba Antonio Martínez Toro y, si bien le conocía de antes, consolidamos la amistad allá por 1987 en los estudios de Teledimo, la televisión por cable de Monzón. Carlos Lasús y él se encargaban del deporte, y servidor, debutante en la arena del periodismo, de la información general. Ninguno teníamos carrera con título, pero a los tres nos movía el afán por cuadrar un trabajo digno y, sobre todo, que realzara la vitalidad de Monzón en todos los órdenes. Como él tenía miles de tiros pegados, en Radio Nacional y emisoras sin cuento, en La Nueva España, Diario del Altoaragón y otros periódicos, lo que hacía yo era fijarme y aprender los trucos y resortes de quien iba sobrado de experiencia. Y de las improvisadas lecciones me quedé con un catecismo de tres mandamientos: trabajo (las horas que hiciera falta), responsabilidad (es decir: que nadie te pille en fuera de juego) y el ánimo siempre «ojo avizor» para cazar la pieza el primero o de los primeros.

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Las asignaturas del trabajo y la responsabilidad las aprobé, creo, con buena nota. La del «ojo avizor», sin embargo, me quedó para septiembre por mi forma de ser, más amiga del texto reposado que de la primicia a vuelapluma. Antoñito, sin embargo, tenía alma de periodista de raza, ese que escudriña, busca, llama por teléfono a las once de la noche, barrunta y, gracias a una legión de amigos y contactos, sabe lo que ocurre en el frente de batalla al tiempo que se entera el capitán. ¿Acaso no tenía defectos?, se preguntarán. Pues sí, uno y gordo: le perdía el amor por Monzón, por el castillo y la catedral, por los rojiblancos aunque no dieran pie con bola, por Conchita Martínez hasta en sus horas bajas, por Eliseo Martín incluso constipado, por la ribera del Cinca, por Las Loberas, por la ermita de la Virgen de la Alegría… y, por supuesto, por Pilarín y la familia y por la cohorte de colegas y amigos, que siempre sabíamos adónde acudir en caso de necesitar un favor o un consejo.

Antonio era religioso, íntegro y cabezón. Si se percataba de algún tejemaneje o decisión política que se abría a varias lecturas, y que a su entender perjudicaba o minusvaloraba a la ciudad que era su cuna y su edén, se encendía, soltaba dos tacos tibios y luego iba a confesar. Pero antes escribía lo que consideraba. Yo no le pondría un diez en redacción (“ese gerundio, ese gerundio no va ahí”, le decía con cariño), y a veces, porque nos teníamos mucha confianza, le recriminaba que abusara de imágenes y metáforas en crónicas futboleras en las que le habían adjudicado poco más de veinte líneas y cabían poco más que las alineaciones y el apellido del árbitro (por cierto: literatura muy celebrada por sus incondicionales), pero todo eso pesa menos que una pluma cuando en el otro lado de la balanza brillan la porfía, el arte de comunicar y conectar con el respetable, la bonhomía y el carisma de esas personas que a todo el mundo caen bien. Y mira qué problema hay en que Antoñito, cuando le venía en gana, hiciera cabalgar a Don Quijote por el “Isidro Calderón”.

Yo utilizo muy a menudo la expresión «¡saludos cordiales!» para romper el hielo cuando entro en un corro. En realidad, el tándem encierra una redundancia, pues la palabra «saludos» lleva implícita la cordialidad. No obstante me parece muy simpática y campechana. Muchos amigos creen que es de mí cosecha, pero no es así: la parió el periodista deportivo José María García, quien en su programa radiofónico nocturno decía «¡buenas noches y saludos cordiales!», y ocurrió que Antonio la hizo suya para despedir sus intervenciones en Teledimo. Con el paso del tiempo se la adjudiqué como seña de identidad, y hasta se la robé, como acabo de confesar. Hoy, en el triste momento de la despedida de un compañero y amigo, mi oración es muy corta: “Bien jugado, chaval, bien jugado. En el cielo en el que creías y estás, recibe saludos cordiales de los que te echamos de menos… y descansa en paz”.

 

 

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