ciudadanos

El trastorno que más frecuentemente aparece en mujeres que han sufrido violencia de género (VG, a partir e ahora) es la depresión: sumando la moderada y la grave, afecta a más del 69% de ellas. Pues precisamente uno de los síntomas depresivos más floridos es el sentimiento de culpa.

En una investigación realizada en 2014 por M. Santandrey y V. Ferrer, aún encontraron más incrementado el estado depresivo, pues alcanzaba al 86% de las mujeres; y no sólo eso, sino que el 62 % de ellas albergaban sentimientos de culpa. No es suficiente el haber soportado el peso de la violencia, en muchas ocasiones de una forma continuada en el tiempo, que encima muchas de ellas deben cargar con la pesada losa de la culpa.

GOB ARAGON surge

Cuando la agresión contra la mujer, en lugar de ser continuada, acontece en una sola ocasión, la autoinculpación aún suele ser mayor. En un estudio con 335 mujeres que habían sido violadas, el 74% de ellas se sentían culpables. No ayuda mucho el fantasma de ‘la primera mujer’, como así la denominan sociólogos de prestigio, en referencia al estereotipo femenino inspirado en la Eva pecadora y malvada, seducida por el espíritu del mal; un ser inferior al varón, ‘un hombre que no ha llegado a serlo’, como dejó escrito Aristóteles. Tan sólo la maternidad se ha salvado del castigo. Pues ese fantasma aún pervive, más o menos latente, en no pocas conciencias y organizaciones; se trata, al fin y al cabo, de una manifestación más del patriarcado.

La culpa surge de una evaluación subjetiva en la que la persona lleva a cabo un juicio de maldad de sus acciones, ya por acción o por omisión. Y, como consecuencia, siente que debe expiar la falta cometida. Así pues, la culpa es una emoción negativa, que no deja vivir, pues el censor interno machaca sin descanso, ya a través de autoacusaciones o de autorreproches.

En muchos casos, lo deseable es poder hacer las paces con ese sentimiento, transformando la culpa en nuestra aliada. A nivel de pareja, sabemos que la culpa lleva a la reflexión y a la autocorrección, empujando a la reparación del daño; y todo ello seguro que mejora la relación. Pero eso cuando la culpa es funcional, cuando se trata de un sentimiento adecuado.

En el caso de la violencia de género, la culpa claramente es disfuncional, está de más, sobra, luego hay que evitar que añada más sufrimiento innecesario. ¿Y por qué está de más? Porque las evidencias científicas internacionales son bien claras: el culpable de la VG es quien ejerce la violencia, no ella, que la sufre. Bueno, de forma indirecta también es culpable el ambiente, que la permite. Los medios de masas, que la ensalzan de muy variadas maneras. Y la familia, que muchas veces acaba culpándola a ella: por no haber sido más tolerante, o por ser mala esposa y querer separarse, o por no haber denunciado antes. Siempre la culpa para ella.

Bueno, pues si ella no es la culpable, ¡culpa fuera, y ya está!, ¿no? No, las cosas no resultan tan simples. Veamos. En el sentimiento de culpa se dan cita dos personajes: por un lado el culpable o culpables (de los que acabamos de hablar), y por otro, el culpador. En la VG, ejerce de culpador el crítico interno, la jueza interna de cada mujer maltratada. Y sí, habrá que apaciguar a ese personaje, que aunque no tenga entidad física, deja oír su voz en forma de bramidos. Así que la mujer maltratada deberá hacerle entender a ese ente que sus códigos morales tan estrictos, en ese caso, no tienen razón de ser. Y que debe entender que no hay motivo para culparla. Y que lo que debe hacer es ayudarla a salir adelante.

¿Pero cómo hablar con ese personaje invisible? Escribiendo, escribiendo un pequeño diario. La escritura personal, íntima, emocional puede hacer la magia, permitiendo que se libere un sentimiento varado en la penumbra. Una buena forma de canalizar el desahogo.

dph

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here