Susana Diez de la Cortina Montemayor
ciudadanos

A la caída de la tarde del 11 de agosto de 1966, un alférez recorría en moto con otro soldado las calles de Huesca tocando desaforadamente una corneta, pero, tal vez, la pretensión de aquel alférez –mi padre– de que con aquel hecho se recordase allí mi nacimiento, quedó como  una curda más de dos militares en plenas fiestas de San Lorenzo. Lo cierto es que, por haber nacido en las “tierras altas”, lejos de los lugares de origen de mis padres, los familiares y amigos comenzaron a llegar unos días más tarde, para el bautizo, por lo que en el recuerdo de muchos de ellos quedé para siempre vinculada a los alrededores de la catedral de la capital del Somontano.

La capital del Somontano, en la que no nací pero que acoge mis artículos, inscribió por primera vez mi nombre por escrito en mi partida de bautismo, junto a los apellidos de mis padres. Casi todo lo que soy y sé, se lo debo a mi madre. Ella fue quien me enseñó a leer y a escribir las primeras palabras: to-ma-te, a-ma-po-la. Algo más tarde, en Becerril de la Sierra, donde mi padre estaba destinado como maestro, me fascinaron los folios donde mi madre escribía sus poemas con su característica letra redondita de trazos sueltos. Al ser mi madre zurda y no haber conseguido que escribiera a derechas por más castigos que le impusieron, las monjitas debieron consentir también esa rareza de la letra redonda y desenlazada, que nunca he podido imitar. Sí que la imité en lo de escribir poemas, de modo que mi madre fue mi primer vínculo con la poesía y con los libros.

GOB ARAGON surge

Los libros siempre ocuparon un lugar preferente en casa de mis padres; yo los veía como unos jóvenes muy guapos, cultos y modernos, que recibían en casa a amigos como ellos, a los que a veces enseñaban los pinitos de sus hijos, y en una de esas, siendo yo ya una adolescente, mi madre le pasó a su amigo Ettore Ferroni unos poemas que escribí con una Underwood entre los 14 y los 16 años. Ahí empezó mi carrera literaria, si es que puede llamarse así a algo tan lento y misterioso como el hecho de escribir.

Escribir es como cantar hacia adentro, tararear un monólogo, componer una carta dictada desde el interior, un soliloquio que uno trata de plasmar sobre el papel, donde adquiere la naturaleza, que tal vez no perderá nunca, de borrador. Ferroni, hombre excepcional que como todo esteta era a la vez serio y caprichoso, por un tema académico relacionado con la universidad italiana donde enseñaba, quiso estudiar la joven poesía española de la que consideraba la primera generación después de Franco, y de aquellos afanes surgió un libro bellísimo con una antología de mis poemas, que se tituló “Poesie” y quedó como testimonio de hasta dónde puede llegar la pasión humana por los libros. Murió nuestro amigo muy prematuramente, unas semanas después de que naciera mi segunda hija. Tal vez la alegría del bebé me permitió seguir a flote, pero no evitó que se hundiera en parte el mundo a un tiempo serio y caprichoso de la literatura: ante la belleza insuperable del libro de Ferroni, perdí por muchos años todo interés en publicar mis versos.

Mis versos, sin embargo, se amontonaban en los cajones de mi escritorio, para disgusto de mi marido. Me pregunto ahora cómo pude escribir tanto, con lo mucho que trabajaba dentro y fuera de casa. Lo cierto es que, con mi tercer hijo en colegio, me propuse aligerar de amargura los cajones: tiré cientos de folios, guardé los versos mejores para “La voz desnuda” y, más tarde, “El olivar azul”. Entretanto, di a la imprenta “El Castillo”, primera de mis edificaciones alegóricas, a la que siguieron “La senda impar” y “Mutaciones”, y a las que en breve seguirá “Migraciones”, mi próximo poemario.

Poemario de un viaje por la literatura, que me persigue de las formas más sutiles; mis estudios e investigaciones no son sino otra forma de experimentarla. Hace unos días mi padre colgó en uno de esos grupos de conversación del móvil unas cartas que envié a mi familia, cuando tenía 10 años, desde Galicia. Preguntaba por mis hermanos y mis padres quejándome jovialmente de la falta de noticias. Mi padre puso ese documento infantil, de ortografía calamitosa, con la evidente intención de mostrar que la adulta hoy distante fue en otros tiempos una hija cariñosa con él. Nadie hizo ningún comentario ante la carta de una niña a la que, terminado el colegio, enviaron a Vigo para cuidar de sus primos pequeños, mientras la madre de ellos trabajaba. Yo, la verdad, tampoco: siempre me ha encantado Galicia y no hubo entonces el menor reproche en mis cartas.

Cartas, he escrito centenares, tal vez millares. Y unas cuantas han vuelto a mí como aves migratorias. Un suceso extraordinario fue el de las cartas de mi maestra, Milagros Pindado. Hace dos años, tras la presentación de un libro, se me acercó una chica que me había estado mirando con insistencia durante la intervención del autor, con un gran sobre entre las manos. Su cara me resultaba familiar sin saber de qué, hasta que me dijo que era la hija de mi maestra y había pensado que, tras el fallecimiento de su madre, me gustaría tener los escritos que yo le había remitido durante años, y que ella siempre contestaba. Escribir para mi maestra, y escribirme con mi maestra, son dos de las actividades literarias más hermosas que puedo contarles a ustedes.

A ustedes, con los que hablo a través de esta misiva, con firma propia. Ahora que he vuelto a ser profesora de secundaria tengo aún más presentes a mi maestra Milagros y al profesor Ferroni. Su confianza en mí como lectores, sus ánimos, han sido mi mejor premio literario, y así sigo, escribiendo para ellos, hablándoles a través del tiempo. Y si hay algo que sé, es que ese soliloquio, el silencioso y caprichoso canturreo interior, no indica sino que estoy, que estaré siempre -como ahora con ustedes- carteándome con ellos.

dph

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here