Estos días la lluvia fría nos anunciaba la llegada del invierno. El Coso, verdadero pasillo de nuestra casa, se llenaba de hojas muertas y da mucha pena que los plataneros se desprendan de un ropaje tan mullido.
Atrás queda la frescura facilitada en verano bajo unas hojas enormes, serviciales y reparadoras más que presuntuosas. Finiquitado el otoño cambiante, los más queridos árboles de Barbastro se quedarán desnudos, solitarios y helados por las nieblas persistentes. Pero ahí quedarán, como soportales ansiando renacer en primavera. Aún con todo, la tibieza primaveral queda lejos y ahora es momento de acariciar cuanto nos ofrecen.
Propongo caminar despacio bajo sus brazos abiertos que consuelan al solitario transeúnte. Solo él es capaz de apreciar cómo el desvencijado pasillo de casa se vuelve cálido mientras ofrece su postrero y húmedo abrazo.
Nada más traspasar el umbral, la alfombra ocre, rojiza y aún verde acomoda nuestros pies. Da gusto recibir cariño y abrazos al deambular melancólico de quienes se saben a gusto en el corazón de la casa.
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