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INTRODUCCIÓN

La Revolución Francesa de 1789 representó el final de una etapa, conocida como el Antiguo Régimen. La estructura social y política se modificó para siempre y nada volvió a ser igual.

Franco Molina
MONZON

En 1790 la revolución se enfrentó a la Iglesia Católica, que era el mayor terrateniente del país, y pasó a depender del Estado. Se eliminaron los privilegios del clero y se confiscaron sus bienes, la nueva legislación convirtió al clero en empleados del Estado y se les obligó a jurar la Constitución Civil. El 80% del clero rechazó el juramento y los eclesiásticos que no lo hicieron tuvieron que emigrar a otros países.

Las diócesis del norte de España comenzaron a recibir un importante número de religiosos refractarios (contrario a jurar los principios revolucionarios) casi todos procedentes del oeste y suroeste de Francia: Bilbao sobre 2000 eclesiásticos, Calahorra 1477, Huesca 140, Zaragoza 115, Vic 240, Barbastro recibió más de 400 eclesiásticos. En la Histoire des maitre generaux de l’Ordre des Freres Precheurs del P. Mortier  se da la cifra de 6322 en toda España.

Fueron años de gran represión para el clero, la masacre y prisión fueron normales durante este tiempo hasta que se firmó el Concordato de 1801 entre la Asamblea y la Iglesia, en la que se establecieron nuevas normas de convivencia.

El día 18 de septiembre de 1792, se encontraba en Luchon (Francia) el sacerdote Jean-Pierre de Jèze con la intención de pasar por el puerto de Benasque a España; llevaba un salvoconducto del Directorio del Distrito de Neste, fechado cuatro días antes, en el que solicita a todos los municipios que lo dejen pasar y prestar ayuda y asistencia si lo necesitara.

El padre Jean-Pierre Jèze era arcipreste de la ciudad de Castelnau (Francia), su ciudad natal, cuando estalló la Revolución. Primero fue elegido como alcalde, cuyo cargo ocupó desde el 27 de enero de 1790 hasta finales de año; emigró tras su negativa a prestar juramento y no volvió de la emigración, como la mayoría de rebeldes, hasta 1812, tras haber ejercido una cátedra en Valladolid. A su regreso fue nombrado Canónigo Honorario de Tarbes. Murió en Castelnau el 11 de octubre de 1833, a los 89 años.

L’AFFAIRE BARBASTRO

Este es el relato que el L’abbe Jean-Pierre de Jèze, escribió del episodio que él vivió en la ciudad de Barbastro; “Jugué un papel en este asunto, y hasta el principal para ponerle fin, y para obtener la ordenanza por la que al Obispo le agradaba ponerle fin”.

“A finales de septiembre me encontré en el mismo Barbastro con mis compañeros de viaje, además de trescientos o cuatrocientos sacerdotes franceses, que ya estaban allí o que llegaron poco después. Lo que nos animó a no seguir internándonos, fue la esperanza de regresar pronto a Francia, donde la mayoría no tenía la menor duda de que pronto serían retirados por el efecto de alguna revolución, probable o fantasiosa”.

 “Algunos sacerdotes franceses se habían detenido en Graus, (donde se encontraba la casa de campo del obispo de Barbastro, Don Agustín Abbad y Lasierra, ex benedictino, natural de  Estadilla), entre otros un eclesiástico comentarista, ex doctrinario, quercine o albigense. Su verdadero nombre era Jacques Descas, y con el consentimiento del conde de Arcambal, había adoptado el sobrenombre de Arcambal.

El eclesiástico  Arcambal, era distinguido por algunos de sus compañeros, pero para nada el obispo, siempre lo dejaba aparte, y nunca quiso verlo ni admitirlo en su presencia, ni en su mesa.

Unos días más tarde, Arcambal, dejó Graus y se dirigió a Barbastro, donde tenía muchos seguidores entre los sacerdotes franceses, se había jactado de gozar de la amistad del obispo y se anunció en Barbastro como un personaje importante y muy poderoso. Se puso a la cabeza de los sacerdotes franceses; ordenó que se hicieran novenas. Los sacerdotes se dejaron llevar por este hombre, como si hubiera sido su superior, su obispo.

Finalmente, el 4 de noviembre, el eclesiástico Arcambal celebró pontificalmente una misa en la catedral, asistido solo por sacerdotes franceses, la misa fue en honor de San Carlos, patrón de Carlos IV, Rey de España”.

Días después una segunda misa fue celebrada con la misma solemnidad, sin ninguna autorización, ni del rector ni del obispo. El rector acudió él mismo sólo para ver sus peculiaridades y estar seguro de la poca consideración por su persona, por su autoridad, y por su jurisdicción.

El Proveedor de la Diócesis Luis Torrens, estuvo observando los acontecimientos y no dijo nada, días después mandó llamar a L’abbe Jean-Pierre de Jèze, siguiendo una orden que le había dado el obispo para que fuera a comer con él. Era debido a el arzobispo de Auch que entonces se encontraba en Montserrat, tuvo la amabilidad de recomendárselo al obispo para hacer de intermediario.

Después de estos acontecimientos, y a pesar de que en un principio el obispo Íñigo Abbad estableció un servicio de acogida a los sacerdotes franceses, que llegaban en completa miseria, se vio obligado a dictar una orden general para que todos los sacerdotes franceses abandonaran la diócesis en un plazo de 10 o 15 días, bajo pena de encarcelamiento e incluso suspensión.

La orden se entregó al Abbé d’Arcambal para que lo comunicara a todos los sacerdotes franceses.

Podemos juzgar la situación de los sacerdotes franceses, que convocaron de inmediato una asamblea en la iglesia de los Trinitarios. Las reacciones fueron muy originales, unos querían apelar la ordenanza del obispo al metropolitano de Zaragoza, otros decían que era necesario apelar al Papa y que incluso querían que el obispo fuera depuesto. Estos comentarios fueron del agrado de Sr. d’Arcambal, que sólo quería brillar entre sus compatriotas, y que por estos inconvenientes quiso hacer que el obispo se arrepintiera de no haberlo considerado más. Lo cierto es que los sacerdotes que estaban en Barbastro escribieron a sus compatriotas que estaban en otras ciudades de España hablando del obispo de la manera más indecente; de lo que resultó que los sacerdotes franceses consideraban a este prelado como su enemigo, por no decir su perseguidor.

Después de las deliberaciones sobre el rumbo a seguir, se resolvió que el señor d’Arcambal fuera a Zaragoza con otros dos, uno de los cuales era el abate Faydel de Cahors, a quien había conocido en París, para obtener la protección del capitán general y asesorar sobre los acontecimientos del clero francés en Barbastro.

El Sr. d’Arcambal y sus consortes llegaron a Zaragoza, llevando una carta para el Capitán General,   solicitando  tomara bajo su protección a los sacerdotes franceses, en el caso de que el obispo quisiera encarcelarlos.

Durante el viaje, los sacerdotes franceses no dijeron misa, para no incurrir en su suspensión y el l’abbé Jean-Pierre Jèze, que hacía de intermediario, y dos sacerdotes franceses se dirigieron a Graus donde estaba el obispo, solicitándole que levantara la pena de suspenso.

El obispo los recibió y con ellos se dirigieron a Cregenzán, hospedándose en casa del canónigo Don Manuel Baselga.

El obispo, cuatro o cinco días después, dio una ordenanza al l’abbé Jean-Pierre Jèze para que la comunicara a sus compatriotas. Era una sátira o una crítica al Abbé d’Arcambal que fue leída públicamente en la iglesia de la Merced y entregando tantos ejemplares de la misma como quisieran. Comunicaba que los sacerdotes franceses sabían que estaban bajo la jurisdicción, no del Sr. de Arcambal, sino del obispo diocesano, y seguidamente les autorizaba la celebración de la misa.

Finalmente, a fines de enero de 1793, casi todos salieron de Barbastro. El obispo habría querido que el l’abbé Jean-Pierre Jèze se hubiera quedado en Barbastro, pero no quiso separarse de sus compañeros de viaje, lo que sin embargo se vio obligado a hacer después porque eran demasiados y les dijeron formalmente que se dirigieran a Zaragoza y Toledo porque era imposible que fueran todos juntos.

Este asunto de Barbastro supuso una dura prueba para los exiliados franceses.

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1 Abbé FOURCAUD. L’abbé Jean-Pierre Jèze et l’affaire de Barbastro, (Diciembre de 1792). Revue de Comminges. Tomo LXXIV – Annéf 1961.

 

 

GOB ARAGON surge

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