Inés Plana

No sé cómo empezó todo, en qué momento, cuál fue la sensación, cuándo supe que la escritura era el espacio que elegí, o me eligió, para expresar mi mundo, por poco que fuera. No recuerdo el instante, pero irrumpió a una edad muy temprana. Mi padre Santiago escribía muy bien, me leía poemas de grandes autores, me familiarizó desde pequeña con la escritura y los universos que puede generar. Mi madre Victoria era pintora, me transmitió la sensibilidad por la belleza. Tuve esa gran suerte.

Creo que sucedió un invierno. Yo debía de tener seis años. Regresábamos en coche a Barbastro desde Huesca, mis padres, mis hermanos y yo. Era noche temprana, el cielo repleto de estrellas, quizá preparándose para una helada, porque no recuerdo haber visto tantas en mi vida, o al menos de esa forma. De repente, se me ocurrió una poesía. La expresé en voz alta a medida que se me iban ocurriendo los versos. Hablaba en ella precisamente de las estrellas, a las que yo, desde la simplicidad de la infancia, comparé con diamantes incrustados en el firmamento y de los que solo veíamos la punta, la más afilada y brillante. Mi padre me preguntó si podría recordarla cuando llegáramos a casa, para escribirla en un papel; le dije que sí, pero se me fue olvidando por el camino. Ese fue el primero de otros muchos poemas que luego sí recordé y escribí y que el paso del tiempo enterró en alguna libreta. Quizá fuera ese el momento que yo afirmo no recordar, en el que, se supone, decidí mi camino.

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Tras los poemas llegaron los pequeños cuentos, luego los relatos. También las largas cartas a mis amigas. No existía internet, eran el papel, el sobre, el sello y el buzón. Escribir cartas, en una España en la que se invertían muchas horas para recorrer en coche doscientos kilómetros –estábamos todos muy lejos unos de otros–,  creo que me ayudó a saber expresarme, a colocar las palabras en el lugar correcto para que dijeran ellas lo que yo quería decir. Los libros, a su vez, me fueron aleccionando sobre el modo de describir mundos y vidas, pero sobre todo excitaron mi imaginación y me descubrieron el lenguaje literario y sus posibilidades infinitas.

Inés Plana

Estudié la carrera de periodismo para no alejarme nunca de las palabras. Desde aquel poema improvisado de mi niñez hasta que me sentí preparada para abordar la complejidad de una novela pasaron muchos años, muchos intentos, muchos borradores. Tampoco sabría decir de qué modo exacto llegó a mi mente “Morir no es lo que más duele”, mi primera obra publicada, mi sueño hecho realidad, el estreno de mi historia y de su protagonista, el teniente de la Policía Judicial de la Guardia Civil Julián Tresser. Cuando Belén Bermejo, la editora de Espasa que leyó el manuscrito, me dijo que lo iban a publicar, sentí que la felicidad era eso, la toqué, no era un mito, la tenía conmigo, realmente existía. Regresó cuando publiqué “Antes mueren los que no aman” y ahora la siento de nuevo con la tercera, “Lo que no cuentan los muertos”. Escribir para mí es esa experiencia siempre única e irrepetible en cada novela; recibo sensaciones nuevas en cada nueva historia. Me mido, me reto de modos diferentes, vivo la vida de otros, mis personajes, durante el largo proceso de escritura. Para mí la felicidad es eso: inventar mundos, mezclarme en ellos y disfrutar de esa aventura extraordinaria.

 

 

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