ECOEMBES COMARCA

Durante el confinamiento de 2020 vi algunas veces por esta ventana al mundo que son las redes sociales a gente comentando que vivíamos esos momentos como personajes de los cuadros de Edward Hopper. Y no les faltaba razón, la verdad. Éramos aquella muchacha mirando la ventana desde la cama, el trabajador de gasolinera en un escenario vacío o una mujer tomando sola el café en la mesa del comedor. Nos pasamos un par de meses dentro de un decorado doméstico, con mayor o menor compañía, pero sobre todo con la sensación de vacío de alguien que no termina de ser consciente de determinada situación, el mismo vacío, esta vez físico y no emocional, que encontramos en Hopper.

Cambiando por un momento de tema, he dado la bienvenida al 2022 con un contagio de coronavirus que me va a mantener encerrado en casa por un par de días más aunque ya llevo la mayor parte de la cuarentena cumplida. Estar diez días en casa se acaba haciendo pesado, se han de buscar maneras de matar el tiempo y en mi caso suelo recurrir a Twitter. Hace unos días, unos tres o cuatro, vi que una chica publicaba unas cuantas fotos de obras de artistas alemanes, todos de las diversas ramas del expresionismo. De entre todas ellas me detuve un tiempo mirando un cuadro de Georg Scholz llamado Arbeit schändet, pintura que tiene ahora mismo justamente un siglo. El tema del cuadro es simple, dos personajes, presumiblemente un padre y su hijo, van caminando por la calle mientras un hombre de clase alta los observa desde su coche. La atmósfera que rodea el cuadro, a pesar de su sencillez atrapa hasta el punto de que no puedes dejar de mirarlo. Puedes sentir el aire frío que recorre la escena, el silencio casi absoluto roto únicamente por el motor del coche o también perderte en el ensimismamiento en el que se encuentran el padre y el hijo, que van avanzando a un ritmo maquinal por la calle.

Dijo el filósofo Theodor Adorno, que como a Georg Scholz le tocó también vivir en la Alemania de entreguerras, que lo que artísticamente produce el ser humano responde al contexto que le rodea y los acontecimientos que le acaecen. El movimiento al que pertenece Scholz, la Neue Sachlichkeit o “nueva objetividad” surgió después de la Gran Guerra y la crisis económica y moral subsiguiente presentando obras frías, silenciosas y estáticas como la anterior. De lo que no estoy yo ahora seguro es de si Adorno también habló del poder de interpelación que tienen las obras de arte y de su atemporalidad, pero es fascinante que un cuadro como este, con un siglo, pueda ser de rabiosa actualidad.

Así como hace ya casi dos años nos veíamos en Hopper, pasado el trauma que también nos trajo, gracias a Dios en menor medida, muerte y crisis en lo económico y en lo moral, no puedo dejar de vernos como estos personajes del cuadro de Scholz, vagando en silencio por unas calles que no terminan de llenarse, a veces sin más compañía que el frío del invierno. Por encima de lo más o menos trivial que pueda ser el tema del cuadro y más allá de las consideraciones que puedan hacerse sobre éste, lo que se respira en esta obra, el objeto sobre el que gravita toda ella, es el triste sosiego que sucede a la tormenta. Un sosiego cuyo silencio, como ahora, nos debe invitar a reflexionar.

dph

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