Juan Carlos Marco

Nací en Fonz. En mi casa, al principio, no había libros, así que me convertí en un devorador de prospectos de medicamentos y etiquetas de champús. Alguna entidad bancaria concibió la brillante idea de entregar, al ingresar cien mil pesetas a plazo fijo, jabones, colonias y algún libro. Nunca se lo agradeceré lo suficiente; también por los jabones y las colonias. Si sumamos a lo anterior los tebeos y libros juveniles que de vez en cuando me regalaban y que yo releía como si no hubiera un mañana, queda descrito mi ecosistema literario casero. El segundo lugar del que yo obtenía material de lectura era la escuela, pero como los libros de texto implicaban tener que examinarme de sus contenidos, prefería entretenerme con los champús y los medicamentos. En tercer lugar estaba la biblioteca municipal. Entrar en ella, ojear sus estanterías y escoger un libro cualquiera suponía para mí una experiencia cuasimística.

Siendo ya adolescente descubrí que, en esa misma biblioteca, se reunían una vez por semana unos cuantos vecinos, capitaneados por Enrique Badía, para hablar sobre la riqueza lingüística del pueblo. Yo me apunté, y así fue como empecé a ser consciente de que teníamos algo valioso que debía preservarse. Allí entré en contacto con la literatura en ribagorzano. La primera vez que leí “El banco viejo de los viejos”, del estadillano Cleto Torrodellas Español, decidí que yo también quería escribir.

TORNO DE BUERA VERANO 2020

En resumen: la culpa de que yo escriba la tienen el gran Cleto (uno de Estadilla, qué raro…), y mi amigo Enrique, que supongo que no es consciente del gran favor que me hizo, pues nunca se lo he dicho.

Mis primeros escritos consistieron en poemas en ribagorzano. A ellos les siguieron relatos cortos, y posteriormente escribí en castellano en estos mismos géneros. Publiqué una novela corta en ribagorzano que luego se tradujo. Sigo escribiendo, mucho menos que lo que ¿debería?, aunque a medida que pasa el tiempo la necesidad de hacerlo es mayor.

Aunque estudié Ciencias Físicas y trabajo como profesor de Matemáticas y Física y Química, a mis alumnos siempre les digo que la asignatura más importante a la que deben dedicarle sus esfuerzos es a la de Lengua. No suelen entenderme, pero yo ya sé lo que me digo. Mi intención no es la de convertirlos en escritores ni en lectores eruditos. Bastaría con que intuyeran que el lenguaje es la principal herramienta que usamos para comunicarnos (lenguajes no verbales aparte), y que muchos de los problemas que nos quitan el sueño se solucionarían comprendiendo cómo afecta a nuestras emociones. Ya sé que soy un idealista, pero es tarde para arreglarlo. Utilizo la lectura para conocer cómo funciona el mundo, y la escritura para conocerme a mí. Escribo porque me apetece, igual que hago teatro o canto ópera, si bien la escritura sobrepasa con mucho el efecto que me produce cualquier otra manifestación artística. No aspiro a cambiar nada con mis textos. Cuando escribo tengo la sensación de estar reunido conmigo mismo, en una emocionante relación en la que tanto el uno como el otro conversamos sobre los sentimientos más íntimos. Para una persona que creció con una timidez enfermiza, el descubrimiento de la escritura no ha estado nada mal. Quizás por esto, por mi propia experiencia, si yo fuera médico de cabecera recetaría cajas de paracetamol a la par que relatos cortos, aunque entiendo que lo primero tiene doble beneficio: el principio activo y el prospecto.

DPH

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