Quino Villa
Varios

Es evidente el gran desarrollo que la neurociencia ha tenido durante las últimas décadas. La forman un conjunto de disciplinas científicas que estudian muy diversos aspectos del cerebro y su funcionamiento. Y nos ha mostrado realidades asombrosas que ni siquiera podíamos haber imaginado. Voy a citar un simple ejemplo. La mente no sólo reside en el cerebro, sino en todo el cuerpo. Bien, hasta aquí, podemos ir haciéndonos una idea. Pero es que la apuesta aún va más lejos, pues la mente abarca más allá del cuerpo. Cuando menos interesante, ¿no? En alguna ocasión nos detendremos en ello. Hoy donde queríamos hacer una parada es en otra cuestión de vital importancia para la tercera edad.

Una puntualización: tercera edad, vejez, senectud, ancianidad… son nombres, todos ellos, que arrastran prejuicios en torno a esa etapa de la vida que comienza con la jubilación. Yo, que también formo parte de ese ‘club’, prefiero hablar de edad madura, denominación que no hace sino llamar la atención sobre aspectos positivos de la madurez que hemos ido consolidando día a día. Y no se trata de una simple mención, sino que el hecho de cambiar nuestra actitud acerca del fenómeno del envejecimiento, podría aumentar nuestra esperanza de vida en más de siete años; y es algo que ha sido avalado científicamente.

DPH

Si te apeteciera abundar más en ello, te propongo que visites un vídeo TED de la doctora en salud pública Paloma Navas: «previniendo el envejecimiento imaginario». Apenas te llevará un cuarto de hora. ¡Y podrían ser los quince minutos más rentables de tu vida!

Pues muchas veces, al hablar de edad madura, sale a colación cómo prevenir la demencia, o cómo retardar el Alzheimer u otras enfermedades neurodegenerativas.

Y ahí es cuando necesariamente debemos acudir a la neurociencia. Tomaré como referencia investigaciones de la Fundación Argibide, con Javier Tirapu a la cabeza, investigador que ha adquirido un gran respeto en el ámbito científico internacional. Tirapu es claro al presentar evidencias avaladas tanto por la práctica clínica como por la investigación: existen cuatro factores protectores de la demencia y perturbaciones afines; y los señala en un determinado orden (igual que una casa hay que comenzarla por los cimientos, en este caso habría que comenzar por consolidar el punto 1, y así hasta el 4):

  1. Realizar ejercicio físico regularmente. 
  2. Cultivar las relaciones sociales.
  3. Prevenir accidentes vasculares, cuidando la dieta, previniendo el estrés… 
  4. Afrontar retos y desafíos cognitivos.

Hoy vamos a comentar el punto primero: la importancia del ejercicio físico regular. Y en artículos sucesivos, iremos abordando el resto de puntos.

Lo primero que se me ocurre es algo de cajón: que el ejercicio físico regular —ejercicio aeróbico, o andar o pasear un buen rato—, enlentece la pérdida de masa muscular que acompaña a la edad madura. Y previene la artrosis. Y la osteoporosis. Incluso los accidentes cerebrovasculares. Pero todo ello es bien conocido; y seguro que más de una vez nuestro médico de familia nos ha amonestado en ese sentido. Por ello quería incidir en otros aspectos tal vez no tan conocidos, y que tienen que ver con el funcionamiento cerebral.

Lo más obvio es que el ejercicio físico facilita que el oxígeno y la glucosa sigan fluyendo y alimentando cada estructura cerebral. Incluso hay razones que vienen de muy lejos —de hace millones de años—: tanto nuestro sistema nervioso como nuestro cerebro evolucionó como consecuencia del movimiento. Y para estar sanos, no podemos prescindir de él.

Pero hay más. El ejercicio físico aumenta los niveles de una molécula cerebral conocida como BDNF (factor neurotrófico derivado del cerebro). Es el hipocampo una de las estructuras más beneficiadas, que se encarga de consolidar la memoria a largo plazo, también resulta clave en la formación de nuevos recuerdos, y en la percepción espacial.

Y aún hay mucho más. El ejercicio físico incrementa neurotransmisores como la noradrenalina, implicada en la atención. La serotonina, responsable, en parte, de un estado de ánimo positivo. Y la dopamina, que además de regular el sueño, nos hace estar motivados; se la conoce como la molécula de la felicidad, por algo será.

Una investigación llevada a cabo en Suecia a lo largo de varios años, y con una muestra de más de un millón de personas nacidas entre 1950 y 1976, va más lejos, al concluir que los beneficios acumulativos del ejercicio físico ejercen un efecto protector contra el Alzheimer. ¡Como suena!

Dejamos todo ello aquí para que, si te apetece, le des unas pocas vueltas. Al fin y al cabo, tenemos la llave maestra en nuestras manos. Y hacer ejercicio no tiene por qué costar un duro.

En algún otro momento, continuaremos comentando los puntos protectores: el dos, tres y cuatro… No, ahora no… Porque no puedo… Imposible… Porque me voy a dar un paseo.

 

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