Por mucho incienso que le echemos al modelo occidental de la democracia, no deja de ser obra de hombres y, como tal, con sus imperfecciones. La más notable, que abre la puerta de par en par a sus enemigos, con un aureolado pretexto al que llaman tolerancia, y que en el fondo es otro eslabón en la cadena más destructora de la libertad que se conoce: el miedo.

Cuando mucha gente clama de estupor y escasez ante el devenir de la factura de la luz, pocos de ellos conocen o recuerdan el pistoletazo de salida, la moratoria nuclear de 1984, que desde la astucia política, sin análisis consistente de ingenieros capacitados, se cimentó en el miedo. Dos años después, Chernobyl se tomó como una sólida razón, cuando en realidad se trataba de otra secuencia de desatinos políticos, en este caso soviéticos, destacando la sobrecarga de un reactor que llevaba años reclamando una parada y revisión sin que los técnicos fueran oídos.

gobierno de aragón

Pasaron desde entonces bastantes lustros, sin que faltaran sustitos, probablemente el más acusado el efecto dos mil. Se borrarían las cuentas de ahorro de los bancos, se iban a abrir los silos nucleares y disparar sus misiles por todo el planeta… Al final, nada. No critico a quienes adoptaron medidas de prudencia para prevenir el posible desastre, porque la prudencia nunca está de más. Pero la ola del miedo, trajo, como siempre, la resaca de los aprovechados, los salvadores que nos librarían del fin del mundo, que se inflaron los bolsillos.

Y al fin llegamos al susto mayúsculo, el covid chino. Cabe hacer una recapitulación sobre la reciente historia de China. El mundo había hecho desde antiguo patrones de la riqueza a los metales preciosos, en concreto al oro y a la plata. Aparte de su alta densidad y su baja reactividad, por la que pueden encontrarse y conservarse en estado puro, no tienen otro valor que el convencional. Se acepta que son un valor universal y punto. Muchos lo han atribuido también a su escasez, pero esto no es cierto. Precisamente los metales nobles realmente escasos, como el platino o el iridio, han sido rechazados en el patronazgo económico por insuficientes, ya que no pueden crear reservas ni acuñar monedas por su poca cantidad.

En el siglo XIX, este convencionalismo excluyó la plata. El ratio de equivalencia (cantidad de unidades de plata que se necesitan para adquirir una de oro) cae en ese tiempo de 1/10 a 1/33. Grandes naciones, como Alemania y Estados Unidos, se pasan al patrón oro y obvian el de plata. Después de la gran guerra, Inglaterra, acuciada por las deudas, hace lo propio en 1925 para estabilizar su moneda, que había sido la divisa por excelencia. Demasiadas potencias occidentales para pensar que no es un tiro concertado, y sólo puede tener un objetivo, la gran nación del patrón plata: China. Parece desoído el viejo consejo napoleónico de no agitar a China, porque espabilarla sería funesto para Europa. Y. por extensión, para Occidente. En 1935, China es el último de los países en abandonar el patrón plata, tras otros vulnerables como Méjico o Perú. Queda en una situación de bancarrota con millones de hambrientos.

Así llega la gran solución, la revolución maoísta, que logra multiplicar aun más la hambruna bañándola en sangre. En la lucha contra el nacionalismo, se distingue un chino bajito, Deng Xiaoping, que llegó al Partido Comunista Chino desde su formación europea, en París y Moscú. Hombre peligroso porque tiene ideas propias, algo letal para cualquier régimen colectivista. Viendo amenazado su poder absoluto, Mao termina purgándolo. Pero sólo medio año tras fallecer el gran mandarín rojo, es rehabilitado y uno más tarde alcanza el liderazgo de China. La imposibilidad de mantener la convertibilidad del papel moneda en oro acaba también con el patrón oro. El nuevo patrón es el dólar USA. Por aquellos tiempos, la desestalinización (Stalin, el tirano con más crímenes bajo su bota de la historia europea, había muerto en 1953) llevaba ya 20 años de andadura. En la Comunidad Europea intentaba abrirse camino una doctrina denominada eurocomunismo. Básicamente, consistía en mantener el ideario comunista pero eliminando la dictadura como forma de gestión, ajustándose a los cánones de la democracia occidental. Xiaoping tomó buena nota… para hacer exactamente lo contrario. Desmanteló el comunismo y mantuvo la tiranía. Inventó ¡la propiedad privada! Flexibilizó salarios, despidos y contrataciones de trabajadores, además de la fijación de precios. A un guardia rojo, Wei Jingsheng, se le ocurrió decir que faltaba una reforma, la democracia entendida como la apertura del juego político a otros partidos que no fueran el Comunista. La broma le costó 15 años de cárcel. Pero el impulso ilusionante de los cambios llenó de ánimo a la mayoría del pueblo chino, que dio a Xiaoping el sobrenombre de “Arquitecto Principal de la Reforma”. Reinó hasta después de morir. Tras dos años, la Constitución fue reformada para dar paso al “socialismo a la manera china” y tras diez se aprobó por fin (con trece de tormentosos debates previos) la ley de la propiedad privada. Las reformas de Deng Xiaoping iniciaron el despegue de China, que no ha parado aún y que parece acelerarse en lugar de moderarse.

Mientras tanto, la asustada Europa se hunde cada vez más en un infantilismo que le parece protector. La cadena del miedo ha cerrado otro eslabón, el cambio climático. El planeta, al que hay que salvar con una urgencia casi histérica, pasa por fenómenos que ya han sucedido otras veces, aunque parece cierto que en esta ocasión los cambios vienen con más velocidad, a juzgar por las opiniones de científicos creíbles, difíciles de encontrar entre tanta basura como presentan las llamadas redes sociales, donde se permiten a individuos incalificables aconsejar a los adolescentes que beban detergente para entender el daño que le hacen al planeta. Han provocado graves enfermedades y tal vez (no se sabe) alguna muerte. No entiendo cómo no están todos en la cárcel con grilletes más gordos que los de Scrooge en el infierno. El dogma, si no se bucea en teorías más rigurosas, se llama calentamiento global y tiene al planeta camino de una incandescencia uniforme. En el 2050, todos ardiendo. No se considera, por ejemplo, una mayor uniformización de temperaturas en las orillas del Atlántico, donde la oriental es mucho más cálida que la occidental. Bastaría para ello que la alteración de niveles marinos ralentizara la corriente del Golfo. Y los gallegos que ya se han pertrechado de tangas, tendrían que cambiarlos por abrigos de pieles.

¿Y la indignación por la factura de la luz? Ya no existe. Los maestros del miedo dominan a la perfección a las masas. “¿Qué factura? Deberías preocuparte por el gran apagón”. De ése no habíamos oído hablar, pero ahí ha surgido en el momento justo. “¡No, por favor, salvador mío! Cóbreme lo que quiera pero no me corte la electricidad”.  ¿Existe realmente tal peligro? Estoy tan autorizado a hablar de ello como los maestros de marras, pero nada si me comparo con los verdaderos expertos. Creo que existe un peligro pequeño, aunque real, porque la llamada red eléctrica europea no es tal, sino una yuxtaposición de retales de diferentes edades y orígenes. Y los modelos de generación, resultado del oportunismo político y no del rigor técnico de los especialistas, son inflexibles y difíciles de transformar. Emmanuel Macron ganó las elecciones de Francia con la promesa de reducir su cuota (70%) de generación nuclear, eliminando al menos en el corto plazo 15 reactores. Hoy intenta decir lo contrario, justificándolo por el desarrollo en seguridad y contaminación cero de los reactores de tercera generación de agua presurizada. No olvidan los de pequeña potencia, herederos de los sistemas de propulsión de los viejos submarinos atómicos. ¿Cuánto tiempo le puede costar a Monsieur Macron construir y poner a funcionar una sola de estas unidades, contando con la contestación social y política, las barreras legales, las licencias exigidas, las promesas de “renovables”… ? China quiere iniciar este mismo año la construcción de 40. ¿Cuánto tiempo creen que le costará a China?

Da la impresión que el pueblo llano piensa que la fiebre de las nuevas tecnologías llamadas “limpias” (energía y también, destacadamente, automoción y comunicación) no sólo es beneficiosa sino prácticamente gratuita. Esas tecnologías están produciendo un crecimiento acelerado en el valor de los nuevos metales necesarios, de los que China, país con una dura experiencia histórica en la desvalorización de la plata, parece entender que el valor de los metales preciosos no hay que basarlo en una convención de grandes potencias (léase oro) sino en su utilidad. Tiene ya derechos de propiedad sobre el 87% mundial del antimonio, 85% del galio, 67% del germanio, 57% del indio y extiende sus garras hacia el tantalio africano (y su matriz, el coltán) y hacia el litio boliviano. Todos estos minerales no vendrán, claro está, del presuntuoso primer mundo. No vamos a hacer un agujero en el paisaje porque debajo haya una pegmatita de litio. Mejor plantar un pino encima. Un viejecito arrogante, llamado Trump, les enseño los dientes a los chinos por su veloz avance y de las consecuencias no haremos comentarios. No las sabemos. A otro viejecito más tímido y bonachón, llamado Biden, le han dicho los chinos “De Afganistán a Taiwán ve haciendo las maletas y, si te aburres, discute con Putin”. Y lo ha entendido muy bien. Como entiende las modas que se están implantando en la mal informada opinión pública. Las restricciones en explotaciones mineras en territorio federal aun se ignora dónde podrán llegar. Los nuevos minerales vendrán del tercer mundo.

Políticos incompetentes, que no saben qué hacer con la empanada que tienen ahora entre manos, nos están organizando el 2050. El decenio en que la islamización de Europa ya deberá haber conquistado, al menos, el 50%. Ha pasado medio siglo desde que Houari Boumédiène, un significado político magrebí de la era moderna, lo profetizó. La emigración en masa y la conquista demográfica. “Los vientres de nuestras mujeres – dijo – nos darán la victoria”.

El plan se estaba ejecutando tal como Boumédiène lo predijo. Hasta que el viejecito arrogante sacó los dientes. El covid no sólo ha llegado para quedarse, sino para cambiar la historia. El nuevo imperio, como el sol, parece que saldrá por oriente.

 

 

 

 

 

 

 

 

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