Antonio Angulo, Carlos Allué y Santiago Marraco en el cambio de cabecera de la Nueva España a Diario del Alto Aragón.
Varios

Definirlo exclusivamente como un hombre bueno, aunque sea estrictamente cierto, es una auténtica simpleza que minimiza su dimensión humana e intelectual. Acostumbrados como estamos al artificio frente a la profundidad, me permito conectar con mis veinticinco años de aprendizaje y cooperación con Antonio Angulo, a los que han seguido casi once de intercambio de conocimientos, de pensamientos, de emociones, de sensaciones. No crea el lector que siempre estuvimos de acuerdo. En estas tres décadas y media, hemos sostenido debates formidables, a mi entender consistentes -no suene presuntuoso-, siempre respetuosos y, al final, fructíferos. Ambos hemos sido capaces de admitir no sólo la legitimidad, sino sobre todo la coherencia de nuestros planteamientos. Y, más allá de las discrepancias bien encauzadas, edificamos un ideario periodístico sólido cimentado en una crítica indisimulada a las malas prácticas y, sobre todo, en el alineamiento entre las convicciones amparadas en la deontología -ya saben, la ética profesional- y en el respeto al lector como eje de la vocación de servicio a la provincia de Huesca y a Aragón.

El primero de los postulados coincide con la gran proclama doctrinal de Ryszard Kaspuscinski: para ejercer el periodismo ante todo hay que ser buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Por este concepto, el lector, oyente o telespectador debiera en un consumo racional de la comunicación despreciar y desechar a los sensacionalistas, a los falsarios, a los inmorales, a los traficantes, que pululan entre postureos vacuos en medio de la inanidad.

GOB ARAGON surge

El segundo gran principio también fue formulado por el periodista y ensayista polaco: cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante. Con Antonio coincidíamos en que, efectivamente, la verdad no sólo es revolucionaria sino que transforma para bien a las sociedades y a los individuos, para erigirse en el gran soporte de la libertad concebida en torno a la responsabilidad. La verdad es la verdad, lo diga Agamenón o su porquero, y la sacralización de la forma no puede enterrar en el fango la trascendencia del fondo. Más hondura, menos superficialidad.

Un tercer concepto penetra de lleno en una de las causas del declive del periodismo en nuestros días. Explicaba Gabriel García Márquez, tan pegado siempre a la profesión de sus orígenes, que la mejor noticia no es siempre la que se da primero, sino muchas veces la que se da mejor. Y, si la primicia es de un medio de la competencia, no hay que castigar a la audiencia propia por esa presunta -y falsa- impericia, por lo que el objetivo una vez en nuestras manos para procesarla es la optimización con más y mejores contenidos.

Llegado a este terreno, lo que premian los lectores, los oyentes y los telespectadores es la coherencia, que sin duda es la llave para abrir el baúl de la confianza de nuestras audiencias, que quieren -valga la redundancia- medios confiables, éticos, seguros, ajenos a presuntas audacias que, en realidad, son más propias de terraplanistas que de profesionales con solidez. La congruencia otorga un tránsito apacible por los botones de la hemeroteca, porque no deja fleco alguno a las malas prácticas de la conveniencia.

Una quinta consideración es una de las raíces de la deontología: separación nítida de los géneros, diferenciación entre información y opinión. Una fórmula de respeto al lector, al que hay que proveer de los mejores elementos para que conforme su criterio, no darle el criterio construido y sin los basamentos. La única dirección del respeto a la madurez de la audiencia.

Un sexto aspecto peligroso para la integridad del periodismo y de los periodistas consiste en el chalaneo entre los agentes que confluyen en el hecho informativo, en el círculo de la comunicación. Demasiadas confidencias entre periodistas y políticos, excesivas y frecuentes comidas entre propietarios de medios y líderes institucionales, «cambios de cromos» en los que el contribuyente paga la juerga, el periódico desnuda las costuras de sus miserias y el mal dirigente obtiene tratos de favor para intereses no siempre limpios. Una atmósfera podrida -tendente hacia una cierta corrupción- por la concurrencia de personas sin escrúpulos. Sustitúyanse políticos por empresarios de dedos largos y sirve la misma orientación. AVISO A NAVEGANTES: este flujo es excesivamente común, y lo tenemos en nuestras narices. Antonio y yo, austeros en nuestro ejercicio, jamás propiciamos una comida o cena con el poder para influir en la distribución del pesebre.

Séptimo: la tecnología es una herramienta, un gran instrumento facilitador… que no puede sustituir el contacto humano. Con Antonio, compartimos la pasión por la sociedad, por la cultura, por el roce con los ciudadanos, por la mirada a los ojos de los lectores, por la presencia que nos exigía multiplicarnos para una escucha activa y una curiosidad sana que nos hizo beber de las mejores fuentes, y remangarnos en las mejores causas.

Y octavo: equipo, equipo y equipo. Una filosofía compartida, la de la participación, la de la transparencia, la del diálogo, la de la apertura a las ideas a la hora de adoptar las decisiones, sin tentaciones autoritarias. Nuestro ejercicio constituyó durante muchos años una conversación permanente, inacabable, abierta, sincera. Abrir las espuertas para que los cauces propiciaran los mejores resultados. Afabilidad y responsabilidad social, pero no cosmética, sino ética.

Hemos sido enamorados de la deontología, porque es un camino que exige continuidad para derrochar el músculo del servicio a la comunidad. El sentido real y único del periodismo, de la comunicación. Antonio ha sido una extraordinaria persona, sí. Un hombre generoso, por supuesto. El epítome de la afabilidad, naturalmente. Un ciudadano ejemplar, con mayúsculas. Pero yo reivindico su maestría en el periodismo, donde ha sido santo y seña. Porque, en las entrañas de nuestro oficio, se halla la necesidad del equilibrio. Ahí radica la verdad, que nos hace libres e independientes sin artificios.

Blog de Javier García Antón

dph

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here