Nunca llegué a leer la novela de Marcel Proust “En busca del tiempo perdido”, aunque no fue porque no me interesara su argumento, ya que sabía que en ella el autor trataba de abordar el tema más importante de todos: el tiempo mismo

Ahora quiero recordar, en el año del centenario de su muerte, lo que leí en un artículo periodístico, en el que se hablaba de él y especialmente de esta obra. Me llamó la atención el comentario que se hacía del principio del primer volumen, de los siete que componen su novela, titulado “Por el camino de Swann”, explicando en qué consistía la experiencia sensorial de la “magdalena de Proust”. 

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Comienza con el protagonista degustando una magdalena recién horneada, y cuando decide bañarla en el vaso de té caliente y se la lleva a la boca, las sensaciones que percibe le transportan a los recuerdos de su infancia. Por lo que allí leí, en la novela se narran los hechos que el protagonista recuerda a raíz de esta situación. 

Me resultó familiar el tema de los recuerdos involuntarios, aquellos que sin proponérnoslo son evocados después de experimentar estímulos al azar. Pensé en la cantidad de veces que había recordado situaciones del pasado, algunas de ellas de la niñez, después de oler o saborear algo. Y, centrándome en estas palabras de Proust, “un detalle contiene el universo”, reflexioné acerca de cómo emociones, pensamientos, experiencias… pueden agolparse y pasar por nuestra mente en algún momento de la vida, sin tan siquiera provocar nosotros ese recuerdo.

 

DPH

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