Estación de esquí aragonesa. Foto S.E.
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Si tuviera que elegir un argumento a favor de la organización de unos juegos olímpicos en nuestro Pirineo este sería, sin lugar a dudas, el de la reparación de la deuda histórica contraída con los habitantes de las montañas tras décadas de abandono institucional, de colapso social de los pueblos y de emigración masiva. Este sentimiento de desamparo, manifestado en cientos de análisis y artículos, y del que ahora el territorio empieza a resarcirse,  debería estar presente estos días en los despachos encargados de dar forma al proyecto olímpico. También tendría que estar en la agenda política  ese requisito fundamental que debe primar cuando se habla del futuro del Pirineo – o de cualquier otro territorio- que es poner en el centro de las decisiones públicas las condiciones de vida y de realización personal de los ciudadanos, en este caso, de los montañeses .

No son estos argumentos los que, con total seguridad, se deben estar defendiendo en la mesa de negociación que debe alumbrar la candidatura olímpica. Otras motivaciones y recompensas, ocultas al gran público, ocupan el tablero de juego y el agrio debate territorial en el que estamos enfrascados no ayuda a esclarecerlo. Lo que está claro es que, con independencia de cariz que tome el asunto político, para una mayoría de la población la celebración de unos juegos olímpicos se traduce como una oportunidad para espolear la economía de las comarcas pirenaicas y atraer esa población que nuestros pueblos necesitan para evitar caer en la despoblación. Desgraciadamente, solo el estudio de la candidatura, y del proyecto técnico que la acompaña, nos va permitir evaluar el impacto de la celebración de la Olimpiada. Hasta ese momento, solo podemos especular sobre el alcance económico de un evento de estas características fijándonos como otros territorios olímpicos rentabilizaron esos mismos efectos.

GOB ARAGON surge

Aspirar a completar el mapa de obras y de proyectos, y a situar el Pirineo en el mapa ante el mundo es un objetivo legítimo social y políticamente. Aprovechar la designación oficial y la abundante financiación posterior, para finalizar esas infraestructuras planeadas y no realizadas en cada presupuesto estatal – y alguna más-, es además, necesario. Pero en ningún caso puede ser el final de toda esta historia, tanto si resulta la candidatura elegida para representar a nuestro país, como si no hay suerte y debemos esperar mejores contrincantes. Los problemas y desafíos de los territorios de montaña, y del medio rural en general, seguirán allí, necesitando de respuestas políticas avanzadas y duraderas, no circunscritas únicamente al desarrollo satisfactorio de un evento deportivo.

Flaco favor se haría al Pirineo si abierto el debate político sobre la organización de los juegos olímpicos este acaba cerrándose en falso. Aprovechemos este momento, entonces, para reconsiderar, reevaluar o reactualizar, llamémoslo como queramos, el modelo económico que se ha ido conformando en nuestros valles y que, aquejado de una gran dependencia del turismo, está mostrando ya sus limitaciones laborales, de vivienda o medioambientales. Empecemos a sentar las bases de una estructura empresarial más diversificada, innovadora y sostenible, que sirva, como decía al principio, a los habitantes de las montañas, a todos ellos. Sólo con la vista puesta en este objetivo podremos aspirar a un Pirineo vivo… todos los días del año.

(Parece ser que, al final, va a resultar improbable el acuerdo. Los intereses políticos y los políticos con intereses harán naufragar una candidatura conjunta en ambos territorios. Un espectáculo lamentable que pone el contador a cero en el diseño de un nuevo proyecto olímpico y suma un rival a la convocatoria.)

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