Actividad física en la tercera edad

En las dos entregas anteriores hablamos de la primera y segunda condición para la  PREVENCIÓN de ENFERMEDADES NEURODEGENERATIVAS en la edad madura. Hoy vamos con la tercera  de ellas, y tercera en orden de importancia: prevenir accidentes vasculares, cuidando la dieta, y  controlando el estrés

Por estudios recientes conocemos que los factores de riesgo vascular multiplican hasta por  200 la posibilidad de desarrollar un cuadro de Alzheimer.

gobierno de aragón

¿Pero qué factores son esos?

Inactividad física, hábitos alimenticios insanos, sobrepeso, hipertensión, tabaquismo… esto es, un  determinado estilo de vida.

Un tal David Snowdon, profesor de epidemiología de la Universidad de Kentucky, en  EEUU, en 1986 eligió, para su estudio, a 200 monjas del Convento de Nuestra Señora, en  Makato. Y las eligió, fundamentalmente, por dos razones: por su longevidad —había muchas que  habían alcanzado los 100 años, o incluso los habían sobrepasado—, y también porque apenas  sufrían cuadros de demencia, y en concreto de Alzheimer.

¿Pero qué razones podían explicar  todo ello?

Snowdon se dio cuenta de que la dieta de aquellas monjas estaba implicada. Pero muy  especialmente el estilo de vida: no fumaban, no consumían bebidas alcohólicas, no habían estado  sometidas al estrés de un embarazo, y estaban disfrutando de una vida plena.

A medida que Snowdon fue estableciendo mayores lazos de confianza con aquellas  religiosas, le dieron la oportunidad de analizar varios diarios de hermanas ya fallecidas,  custodiados en los sótanos del convento. Y encontró que las más longevas eran quienes habían  plasmado sus semblanzas con mayor riqueza de vocabulario, expresando una más amplia  diversidad de pensamientos.

El estudio fue ampliando su envergadura

Fue entonces cuando muchas de las monjas estudiadas decidieron donar sus cerebros a la investigación: de la misma manera que durante su vida se habían entregado al servicio de una buena causa, tras su muerte podrían seguir siendo generosas con la ciencia, y seguramente con muchas personas que podrían verse beneficiadas en cuanto a la prevención del Alzheimer.

No tardó en conocerse algo realmente sorprendente

Parte de ellas mostraban cerebros con las características placas del Alzheimer —muy frecuentes  en la mitad de la población de más de 85 años—; sin embargo, a pesar de ello habían sido  capaces de preservar sus facultades mentales prácticamente intactas.

¿Pero cómo habían sido capaces de hazaña tal?

Llevando una vida rica en estímulos, y sometiendo a su cerebro, en el día a día, a una buena actividad mental. Así era como nuevas conexiones neuronales habrían ido compensando los efectos nefastos de las marcas biológicas de una enfermedad neurodegenerativa.

Este último descubrimiento nos llevará a abordar, en una de las siguientes entregas, la  cuarta condición preventiva: la gran importancia de los retos cognitivos.

No obstante, hoy hemos pasado por alto un aspecto importantísimo: el del estrés.

Debemos reconocer que el estrés, en sí, es bueno; se trata de un mecanismo adaptativo  que nuestro sistema nervioso autónomo pone en marcha en situaciones de emergencia.

¿Cuál es  el problema?

Que esas estructuras neurológicas tan sensibles, hace miles de años interpretaban como riesgo, por ejemplo, si una fiera salvaje estaba acercándose sigilosamente a la aldea con no muy buenas intenciones. Entonces las hormonas del estrés movilizaban al individuo bien para huir y evitar la arriesgada situación, o bien para enfrentarse a la alimaña y hacerle abandonar su  tentativa.

Pero hoy, a diferencia, nuestra mente decreta el estado de emergencia cuando nos encontramos, sin ir más lejos, en un atasco de tráfico, y sentimos que no vamos a llegar a tiempo  al colegio a recoger a los niños, o que vamos a llegar tarde al trabajo. Y el efecto sobre el  organismo es el mismo que el de nuestros lejanos antepasados, sólo que hoy los mecanismos y hormonas del estrés, en lugar de ponerse al servicio del fin para el que habían sido diseñadas, lo que hacen es intoxicar nuestro organismo.

Y por más que hagamos sonar el claxon, por más que  vociferemos a través de la ventanilla, por más niveles de cortisol que vayamos acumulando en sangre, el atasco continuará, inflexible, en el mismo punto. Y entendamos el del atasco de tráfico  como un simple ejemplo.

Está demostrado que a partir de los 65 años las personas tienen más riesgo de sufrir un  derrame cerebral. Pues un nivel de estrés crónico aumentaría ese riesgo justo al doble. ¡Casi  nada! Así que está más que justificado que hagamos una parada, en una próxima edición de esta revista, para abordar la cuestión de cómo prevenir el estrés. Está en juego nuestro bien más  preciado: ¡la vida!

Mientras tanto, no está de más recordar que todas estas cosas que vamos comentando, se hallan al alcance de cualquier persona, y que en un mundo eminentemente materialista en el que a todo se le pone precio, no cuestan un duro. 

De ti depende. 

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dph

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