E. Macron.
Varios

A fuerza de hacer de presidente todopoderoso, aparecen las decepciones. Esta segunda vuelta de las elecciones legislativas trae un montón de sorpresas que no lo son:

– E. Macron no tiene mayoría absoluta. La Quinta República, régimen presidencialista por excelencia, le sirvió gracias a sus mentores N. Sarkozy y F. Hollande hace cinco años. Gracias a su éxito en aquel momento, creyó que la historia continuaría. Pero no, ahora tendrá que compaginar con los diputados por los que hasta ahora tenía poco respeto.

GOB ARAGON surge

– JL Mélenchon ha conseguido devolver a la izquierda a un nivel electoral muy bueno, pero no solo. El NUPES no es un partido, es una alianza electoral donde cada uno hará lo que quiera al final. No será primer ministro, pero a partir de ahora será la voz de una izquierda con la que hay que contar, aunque siga siendo frágil

– La derecha republicana ha perdido escaños, y sobre todo se ha perdido a sí misma… Está dividida entre los que quieren seguir siendo opositores -y sólo opositores-, los que se unirán a E. Macron o que ya lo han hecho, y los que se aliarán con el “Rassemblement National” (Agrupación Nacional).

– M. Le Pen ha dado un golpe de fuerza, pero sin haber estado convencida al principio de que podía pretender tener un grupo parlamentario tan amplio. El funcionamiento del sistema mayoritario a dos vueltas en Francia favorece sólo a los partidos más importantes del espectro político en condiciones de gobernar.

– La abstención sigue siendo alta, y el silencio de los partidos sobre cómo combatirla es ensordecedor. Es como si pudieran tener un interés en ello…

Estos cinco puntos merecen ser profundizados, pero basta en este momento con tomarlos tal cual para comprobar una vez más hasta qué punto la política francesa se desintegra y navega hacia horizontes más oscuros… ¿pero quizás también salvadores?

La Quinta República nació en un contexto particular, llevada por el general De Gaulle preocupado por la independencia de Francia en todos los aspectos. Fue ante todo un soldado, pero también demostró ser un buen político y un gran visionario. Esta Quinta República fue un traje que los demás presidentes que le siguieron supieron llevar hasta Jacques Chirac, y el que lo llevó con garbo fue François Mitterrand que, sin embargo, lo vilipendió, hablando de golpe de Estado permanente…

Nicolas Sarkozy y François Hollande eran candidatos de una nueva generación, más arraigados en la economía liberal y la mundialización que sus predecesores; menos preocupados por el aspecto social de su nación, y que practicaron, cada uno a su manera, políticas de acercamiento, despreciando el equilibrio de los grupos parlamentarios, abusando de su presidencia, hasta el punto de borrar el papel de los primeros ministros, especialmente con E. Macron.

Hoy en día, hay un contragolpe. El Congreso de los Diputados ha recuperado un equilibrio roto, y podría, según las circunstancias, jugar el juego de la Cuarta República, que es bastante similar en su funcionamiento parlamentario a la Constitución española de 1978.

Los franceses han barajado las cartas, pero sólo la mitad de ellos se han expresado, y ahora han instalado un fuerte grupo de extrema derecha.

Hablemos de los extremos. Desde las dificultades de François Hollande con muchos disidentes del grupo socialista en la Asamblea Nacional, el principal elemento de lenguaje, retomado por E. Macron, fue calificar a la izquierda del Partido Socialista (el Partido Comunista y JL Mélenchon con su partido) como extremistas. Se trataba de confundir las cartas, y esto lo hicieron todos los partidos de gobierno. En consecuencia, para estas elecciones legislativas, todos los partidos han puesto el grito en el cielo con la extrema izquierda de Mélenchon, dejando que la “Agrupación Nacional” de Marine Le Pen haga una virguería.

La situación, como desde la campaña presidencial, sigue siendo esquiva a partir de ahora. Cualquier gobierno que se nombre estará con una espada de Damocles sobre su cabeza, e incluso sin alianzas tácitas, puede ser superado.

Francia se embarca en un futuro inestable que, a nivel internacional puede aislarla, sobre todo en Europa. En el ámbito nacional, los egos deberían pasar desapercibidos (más fácil de decir que de hacer) y analizar realmente el fenómeno de la abstención.

Si no se hace nada efectivo, la mitad de los abstencionistas de hoy pueden, a su vez, hacer el juego a la política antidemocrática.

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