Pueblos.

En el pueblo estamos contentos porque hay una nueva residente. Es para estarlo ya que no quedan muchos habitantes fijos todo el año. Para decir la verdad, nuestra aldea rara vez entra en los planes de alguien pero aquí está ella, instalada como si llevara toda la vida. Como casi todos en el valle trabaja en el sector turístico y tuvo que marchar de Benasque por los elevados alquileres de las viviendas. Son muchos kilómetros para llegar al curro, trayectos de ida y vuelta todos los días, pero está feliz por tener un hogar para ella y sus mascotas.

Llega al Sobrarbe una pareja de Zaragoza. Son jóvenes, de esos que escapan de la ciudad para encontrarse con la naturaleza. Ya conocen el valle donde desearían pasar una buena temporada, y quien sabe, quizás echar raíces. No tienen ningún contacto en el pueblo, algún conocido y poco más. Llevan un mes buscando un apartamento en alquiler y no encuentran nada. Se sorprenden porque los pueblos se ven bastante vacíos a esa altura del año y unos nuevos vecinos, piensan, siempre darán un poco de vida al lugar y más estando el rollo de la despoblación tan en boga. Por fin, han encontrado algo pero en Sabiñánigo. Todas las ofertas de vivienda al alcance de su bolsillo les obligaba a dejar la propiedad en junio, al principio de la temporada turística.

Veintimuchos y todavía en casa de mis padres. Trabajo las tierras de la familia y gano lo suficiente para independizarme. Estoy a gusto en el pueblo pero me gustaría tener mi espacio. Sé que es imposible, pocos alquileres y solo para el verano. Para colmo, por una era a las afueras y en ruina me piden un dineral, y suma el proyecto, los albañiles… un lío majo. He empezado a bajar a Barbastro de vinos, me quedo en casa de un colega. Con los meses le he cogido el gusto, compartimos el piso y los gastos. Ahora voy a trabajar al pueblo y cuando toca a comer a casa de los padres.

Las historias anteriores son reales y recientes, no son casos excepcionales. Todos hemos escuchado testimonios parecidos con otros protagonistas y en otros pueblos. Son personas que se ven desplazadas, como emigrantes en un mismo territorio, por un mercado inmobiliario disfuncional que desarrolla su negocio, paradójicamente, en un territorio despoblado, en un desierto demográfico, como son muchos de nuestros pueblos y comarcas.

La dificultad en el acceso a la vivienda en el medio rural encaja mal con el discurso contra la despoblación de las administraciones públicas: ¿cómo puede necesitar nuevos pobladores el mundo rural, y a la vez, rechazar a aquellas personas dispuestas a vivir en el pueblo? ¿por qué se dice que falta gente en los pueblos y luego somos incapaces de acoger nuevos residentes ofreciendo viviendas asequibles? Es evidente que este fenómeno es más complejo de lo que, a priori, podemos pensar y de lo que la clase política llega a asumir. En parte, porque la “política” forma parte del problema que se trata de solucionar y reconocer las limitaciones de sus iniciativas no entra en el vocabulario de nuestros gobernantes.

Bastaría con admitir que el mercado inmobiliario es un negocio más, ya sea en Arcusa, en Aínsa o en Madrid. Que el comportamiento de las personas va a tender a buscar la mayor rentabilidad de sus propiedades, da igual que sea una ciudad o que sea en el campo (eso en el caso que tengan la necesidad de sacar al mercado esos bienes que, muchas veces, permanecen en la familia por razones sentimentales o por las que sean). Y que, además, para satisfacción de los propietarios de viviendas, este mercado de reducidas dimensiones, y precisamente por ello, siempre negociará unos precios elevados de compraventa y de alquiler.

Todos los habitantes del medio rural están a favor revertir la despoblación de sus pueblos. Otra cosa es que para lograrlo se tenga que renunciar a unos, siempre bienvenidos, ingresos económicos. Aquí es donde nuestro bienintencionado deseo empieza a flaquear. No somos dados a comportamientos altruistas cuando hay dinero que ganar, sobre todo, en esas zonas con una sobrevaloración de los inmuebles por razones turísticas o de otra índole. Y si no que se lo digan a esa pareja de jóvenes zaragozanos de los que hablábamos antes y que debían dejar el pueblo porque se iba a destinar su vivienda a apartamento turístico los meses del verano. Por estas razones dejamos a las administraciones públicas el arreglo de los problemas de la vivienda, de la despoblación, y lo que haga falta, y por eso se sigue fracasando en el empeño.

No mareemos más el asunto de la vivienda en los pueblos con jornadas, estudios y declaraciones grandilocuentes. Tampoco con ONGs de acogida de urbanitas descontentos. Solo cuando se desarrolle un potente y atractivo mercado: laboral, inmobiliario, cultural… la gente volverá a repoblar el territorio. Este es el único camino.

A día de hoy, hay una despoblación mayoritaria, impuesta y desgarradora; y otra, acotada a determinados territorios y más reciente en el tiempo, deseada y lucrativa. Si la política busca, realmente, una solución a los problemas de la vivienda que se deje de discursos engañosos y apriete la tecla legislativa. Hasta entonces, que no nos hagan perder el tiempo.

 

 

 

 

 

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