Cuando hay control no hay disfrute porque es el miedo el que dirige tu vida. Los padres y madres tratamos muchas veces de controlar la conducta de nuestros hijos, ya sea a través del autoritarismo y los castigos o a través del permisivismo y del complacer; sin embargo, ambos extremos son lo mismo y la finalidad que los mueve es el control.

Cuando tratamos de controlar estamos en el miedo, que es lo opuesto al amor y lo justificamos con pensamientos como: «es por su bien, si no lo corrijo se va a volver un tirano, nadie lo va a aguantar…» Miedo, miedo y más miedo.

Muchos de nosotros no somos conscientes de que educamos desde el miedo porque hemos normalizado y justificado esas conductas, porque ese fue el modo en que nos educaron y forma parte de nuestra historia personal.

Cuando tienes un hijo que se rebela, se niega a ser protegido, cuestiona tu estilo educativo y sientes que saca lo peor de ti, es cuando comienzas a darte cuenta de que estás en el control.

Quiero que comprendas que esta situación, lejos de ser un problema, es una maravillosa oportunidad de transformación. Ese hijo es tu maestro porque te brinda el escenario perfecto para que observes tu sombra, para que comprendas qué sucede en ti cuando se niega a obedecer, cuando no se deja dominar ni manipular. Gracias a lo que la conducta de tu hijo despierta en ti, puedes observar cómo el miedo, el estrés y la ansiedad se apoderan de ti con tanta intensidad que hasta te asusta.

Te invito a hacerte la siguiente pregunta: cuando mis hijos no hacen lo que yo espero, cuando me retan y desafían ¿Qué emoción surge en mí? ¿Cuál es mi reacción? Observarte, sin juicio ni culpa, simplemente con la finalidad de tomar consciencia y desde allí mejorar como persona.

Suelta el control y deja que la esencia única e irrepetible de cada uno de tus hijos se manifieste, no la ahogues con tus expectativas y juicios. Para a soltar y aceptar lo que son, has de comenzar a reparar, coser y bordar con amor cada uno de tus rotos, aceptarte tal y como eres, validarte y amarte cada día un poco más. Es entonces cuando nos convertimos en la mamá o papá que nuestros hijos realmente necesitan.

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