Adecco

Irene Abad Buil (Historiadora). La historia no sólo está en los archivos y en los libros, sino también en algunos espacios que, por cotidianos, parecen carecer de la relevancia de los grandes acontecimientos o de la influencia de personajes ilustres. Hay espacios que por el simple hecho de haber estado siempre allí se convierten en referentes de una historia local construida por hombres y mujeres que hicieron transcurrir su vida en un mismo lugar. Almacenes Sierco en 1959. De izquierda a derecha: Luis, Lolita, Lola y Serafín. Foto: Familia Sierco.

Desde 1959, Almacenes Sierco sigue estando en la misma esquina del conocido cruce comercial de Aínsa. Ha presenciado los cambios de medio siglo de un pueblo, se ha adaptado a las necesidades de los habitantes de la comarca y ha ido pasando de generación en generación manteniendo la esencia de lo que fueron sus orígenes: la sastrería.

Franco Molina
MONZON

Cincuenta años son un aval suficiente para incluir a este establecimiento en los anales de la historia del Sobrarbe. Una historia que tiene nombres propios y que, al mismo tiempo, abarca trabajo, esfuerzo y sueños, muchos sueños hechos realidad, sueños que fueron el punto de arranque de la historia a la que nos referimos. Fachada de la tienda antes de su primera reforma a finales de la década de 1970. Foto: Familia Sierco.

Cuando se va a contar una historia, a veces es muy difícil establecer el inicio de la misma y éste es el caso. Quizás podríamos empezar diciendo que ya fue Juan Plana quien comenzó la saga de sastres y que luego continuaría Ramón Sierco recorriendo los pueblos del Sobrarbe, con sus hijos y una máquina de coser al hombro, ofreciendo los servicios a la gente de la zona. Juan Plana , nacido en el Pueyo de Araguás en 1834, era el tatarabuelo de Montse Sierco. Él era sastre y como su hija Maximina se casó con otro sastre, Ramón Sierco, de Sesué, tuvo prolongación el oficio. O también sería un buen comienzo el momento en el que se colocó la primera piedra de Almacenes Sierco en Aínsa. Sin embargo, parece el más adecuado el que cuenta cuando Serafín, uno de los hijos de Ramón, llegó a Barcelona y, tras el impás que para toda España supuso la Guerra Civil, comenzó a reconstruir su vida.

Mª Dolores Brunet Jimeno, más conocida como la Señora Lola, acudía frecuentemente a una lechería que había cerca de su casa familiar a las afueras de Barcelona. Ese establecimiento pertenecía a una señora que, como en muchas ocasiones le había dicho a Lola, era de Aínsa, un pueblo de la montaña aragonesa. Un día, en plena Guerra Civil, cuando el centro de Barcelona era el punto más asediado por las bombas de la contienda, la lechera le pidió si un matrimonio procedente de su pueblo y que vivía en pleno centro de la ciudad podía refugiarse en su casa. Y así lo hicieron Avelina Sierco y su marido, José. Cuando finalizó la guerra en abril de 1939 Serafín volvió a Barcelona y a través de su hermana Avelina conoció a Lola. Poco tardaron en casarse.

El espíritu emprendedor de Serafín y la búsqueda de un medio de vida en una época donde las necesidades económicas eran la tónica general del país, le llevaron a la creación de un taller de confección en la calle Vigatans, número 8. Allí trabajó incansablemente el joven matrimonio, hasta el punto de que en poco tiempo consiguieron tener a varios empleados en la confección de ropa de caballero y señora.

El éxito del taller de confección llevó a Serafín a la apertura de una sastrería en la calle San Pablo y a la compra de taxis, donde consiguió colocar a gente que desde el Sobrarbe, y durante la década de los cincuenta, se tuvo que trasladar a Barcelona en busca de nuevas oportunidades económicas. Para aquel entonces ya habían nacido los hijos del matrimonio Sierco-Brunet: Lolita. y Luis. La estabilidad en su situación económica hizo que Serafín cumpliera la ilusión que desde hacía tiempo tenía y que era volver a su tierra. Así lo decidió la familia. Él volvería al lugar que le vió nacer y Lola se alejaría del suyo para llegar a un nuevo ambiente, totalmente diferente al de su Barcelona natal pero en el que enseguida consiguió adaptarse. Con ellos se mudaría Lolita, que entonces contaba con dieciséis años, y Luis lo haría dos años más tarde, cuando terminó sus estudios de comercio.

No fue un traslado inmediato. El objetivo que se plantearon fue abrir otra sastrería, pero como sus otros tres hermanos varones, Emilio, Ángel y Ramón (Ramón Sierco tenía su sastrería en Barcelona, pero Emilio y Ángel tenían la suyas respectivas en Aínsa) también se dedicaban a ese oficio consideró que junto a las telas también se venderían otro tipo de productos.

Serafín compró un solar con una casa totalmente derruida durante la guerra, a partir de nada comenzó las obras de lo que pronto se convertiría en Almacenes Sierco, aunque la primera idea había sido llamarla «bazar». La construcción de los almacenes le llevó numerosos viajes entre Barcelona y Aínsa, ya que hasta la finalización de las obras la familia continuaba viviendo en la ciudad. Fue finalmente en febrero de 1959, coincidiendo con la celebración de la Ferieta, cuando se inauguró la tienda. Entrando a la izquierda era donde estaba la perfumería, la sección de lanas, la mercería y la ropa interior, el punto, los accesorios y el apartado donde se podían comprar regalos. A la derecha estaba la ropa del hogar, las telas y la sección de confección, lo que suponía una verdadera novedad. Vendían mucho género, salvo uno concreto, los trajes hechos a medida, de esta manera evitaba la competencia con sus hermanos. Con este nuevo establecimiento se ampliaban las ofertas comerciales que por aquel entonces ya tenía Aínsa: Casa Chéliz, desde 1929; la Harinera; Casa Paulino; Emilia Puyuelo, que regentaba la gasolinera junto a un comercio; Ricardo Fantova, en Banastón; Casa Rivera; Zapatería Mata; Almacenes Bernad; las sastrerías de Emilio y de Ángel Sierco; Cincara, Carnicería Lafumanala; la farmacia y Muebles Sabás. La mención de estos establecimientos es producto de la memoria de la época, susceptible, por tanto, a posibles olvidos. Espero que estos últimos no sean tenidos en cuenta.

En 1974 moría el fundador de Almacenes Sierco, pero ni mucho menos suponía el fin de todo el trabajo allí invertido. Su hijo Luis tomaría las riendas del negocio con la misma dedicación con que lo había hecho su padre. Además las circunstancias de la época también beneficiaban la prosperidad de la tienda. Por un lado, la apertura del túnel de Bielsa en 1976, con la consiguiente llegada de turistas franceses, y por otro lado, la ya superada crisis económica de 1973, lo que permitía a la gente de la zona alcanzar mayor poder adquisitivo y a los de otros puntos de España tener Aínsa como lugar de vacaciones.

Los últimos años de la década de 1970 fueron en España los años del cambio, del despertar social, de la búsqueda de nuevas expectativas, de libertades, de mayor movilidad, de dejar de ver las cosas en blanco y negro y poderlas ver en color. Y esos cambios también se percibían en una localidad que como Aínsa se nutría y lo sigue haciendo del turismo. Con la llegada de nueva gente, llegaban nuevas necesidades y Luis Sierco enseguida lo percibió, adaptando la tienda a esa situación. De esta manera se realizaba la primera reforma en el establecimiento unificando las dos partes en las que se dividía en una sola. Los cambios incluso afectarían al color de la fachada y el rosa de los comienzos fue sustituido por un beige.

Luis y su esposa, Marisa Chéliz, al igual que lo habían hecho Serafín y Lola tiempo atrás, estarían al frente del establecimiento, trabajando junto a las diversas dependientas que fueron pasando a lo largo de los años, seleccionando el género a vender y, en muchas ocasiones, sin el descanso de un solo día para conseguir que el negocio se mantuviese a flote. La implicación familiar era considerada la pieza clave del éxito y así se lo inculcaron a sus tres hijos: Montse, Pilar y Luis.

Desde el año 2001 es Montse la responsable de la tienda. El cambio generacional, y dos años más, le llevó a una nueva reforma que llegó a afectar a todo el edificio. Surgía el nuevo Almacenes Sierco, ahora conocido como Sierco 1959, no sólo porque después de cincuenta años seguía especializado en lo que fueron sus orígenes, sino también como guiño a la larga presencia del establecimiento en la vida de una localidad.

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