Jesús Escartín Celaya. La petición del barbastrense Luis Borruel al Papa para que le reciba en audiencia con motivo del viaje de Su Santidad Benedicto XVI a Barcelona y hablar de la devolución del legado religioso retenido en Lérida, vuelve a poner sobre el tapete de la actualidad que estamos nuevamente, como ya ocurrió con los límites diocesanos, ante otro largo proceso.

Y ante la negativa del Obispado de Lérida a cumplir las sentencias vaticanas, debido muy posiblemente a la presión de las autoridas políticas catalanas, uno se pregunta: ¿Qué será que existen problemas en nuestra tierra cuya solución se eterniza? ¿Qué será que las voces, los clamores, las justas reivindicaciones no reciben una respuesta rápida y de adecuada?

Si el procedimiento que siguió el asunto de los límites diocesanos, hasta que se consiguió, por fin, que los lindes eclesiásticos coincidieran con los geográficos y políticos, se prolongó extremadamente en el tiempo, este otro contencioso, el de la devolución de los bienes, apunta visos de características parecidas, y lamentablemente va a ser necesario volver a derramar ríos de tinta para mantener viva la llama de la reclamación hasta lograr que los bienes artísticos pertenecientes a las iglesias objeto de cambio de demarcación diocesana sigan vinculados a sus originarios propietarios, que es, en buena lógica y sin más estimaciones, lo procedente.

Si hay algo que el tiempo no borra en el ánimo de las personas es su pertenencia a un pueblo, a una zona, a una región. Ello lleva consigo un timbre de gloria, una forma de ser, de vivir ciertos acontecimientos y, también, cierta nostalgia hacia unas costumbres y tradiciones primigenias, que no se olvidan, y que se afianzan cuando, por las razones que sean, las personas ven desgajado de su terruño lo que desde siempre les perteneció, y más aún si se trata, como ahora es el caso, de un legado religioso que suscitó devotas veneraciones desde tiempos inmemoriales.

Los pueblos, las ciudades, las comarcas, las regiones tienden a tener cada día una personalidad más pujante. Y el hecho de reclamar lo que es propio no tiene por qué crear antagonismos entre las regiones, ya que no atenta contra nada ni entabla disputas inútiles que no vengan a cuento. Estamos ante una cuestión que plantea simplemente recobrar un patrimonio que ahora la pertenece a la Iglesia de Aragón y que no admite alternativas ni negociaciones al respecto.
Se lleva ya mucho tiempo -si no recuerdo mal va para diez años- que las diócesis afectadas comenzaron a hablar del patrimonio en litigio en el seno de una comisión designada por la Nunciatura Apostólica, sin que, por lo que se puede deducir, se llegara a acuerdos significativos. Y eso que Aragón pidió con tono apremiante y con voz exigente que se avanzara con paso firme en la ejecución del decreto de junio de 1998, firmado por el Nuncio del Papa, que obligaba al Obispado de Lérida a devolver el patrimonio de las parroquias altoaragonesas desmembradas de su diócesis, decreto que, por cierto, fue ratificado por el Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica en mayo de 2001, al desestimar el recurso presentado por el Obispo de Lérida.

Desde entonces hasta ahora otras instancias catalanas han tomado partido, lo cual ha llevado a judicializar el asunto ante la jurisdicción ordinaria, dando lugar a la celebración de vistas y a la presentación de recursos, lo que aumenta la complejidad del asunto y retarda la solución final al problema. Más que no cunda por eso el pesimismo, la desesperanza y la desolación, porque Aragón tiene que seguir adelante con la reclamación.

¡Faltaría más!

TIENDAS ONLINE

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here