ECOEMBES COMARCA

La localidad del Campo y el monte Turbón, al fondo.Pedro Solana (Barbastro). Fue en el ascenso a Campo, donde de nuevo me propuse una marcha conservadora que me hacía perder la compañía de José Luis. Disfrutaba de una ventaja con la que superar la inexperiencia de ser bisoño en esta prueba: hace años que aprendí cada curva y cada resalte de este recorrido pues, a tramos, en numerosas ocasiones tuve el privilegio de disfrutar de estas carreteras y sus esplendorosos paisajes.Nada más cruzar la localidad de Campo, escuchaba complacido los comentarios de los participantes, sobretodo catalanes, sorprendidos por la altivez y belleza que desprendía la imponente mole del pico Turbón. Nos disponíamos a circundarlo en sus trescientos sesenta grados de macizo aislado del no muy lejano encadenamiento pirenaico. Ya en algunas de las rampas que nos conducirían al puerto de Serrate se podían leer carteles que nos advertían desniveles del 8%, circunstancia me hacía redoblar la prudencia, a pesar de sentirme muy bien.

A causa de unas obras en la carretera se produjeron algunos pinchazos, y no solo en las ruedas. Observé a un ciclista que acababa de ser atendido por la Cruz Roja y, al colocarnos a la par, quise interesarme por él. Me explicó que llevaba un tirón en un gemelo y sentía dolorosos «pinchazos».

Ya era el mediodía cuando llegando al segundo avituallamiento, en Egea, me encontré a mi compañero José Luis que me esperaba comiendo, como siempre, plátanos troceados.

Había muchos participantes que deambulaban entre las mesas repletas de dulces, pastas y fruta y, al mezclarme con ellos en las colas frente a las mesas, no podía evitar preguntarme cuántos decidirían bajar a Graus en el itinerario corto y si habría muchos que nos acompañasen a lo más alto del recorrido largo.

Otra vez intentamos arañar algún minuto arrancando pronto los dos solos en una última rampa antes de coronar el alto de Serrate.

En este preciso instante se produjo nuestra particular involución en forma de insospechada catarsis. Celebrábamos José Luis y yo la consecución de este segundo puerto cuando se nos acercó una moto de la Guardia Civil con su megafonía funcionando tan solo para nosotros dos : «¡Están ustedes fuera de tiempo…!». ¡No podía ser…! ¿Por qué no lo habían advertido a la multitud que se reunía confiada en el avituallamiento…?

Con evidente desazón le manifesté a mi compañero que esto no nos lo podían hacer. Quería, como fuera, convencerle de que seguiríamos hasta el final costara lo que costara.

Ahora todo eran prisas, iniciábamos un alocado descenso hacia el valle del Isábena observando que rebasábamos la moto en un pueblo en el que paraba para ajustar su programado cierre.

Menos mal, nos sentimos de nuevo dentro de la marcha y en el fondo del valle, ante la elección que nos propusieron los de la organización, respondíamos con brío que nuestra decisión era la marcha larga.

dph

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