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Club Montisonense de Montaña.
Un momento del descenso. La sección de Senderismo del Club Montisonense de Montaña ha emprendido este domingo una ruta por la Sierra de Guara destinada a desvelar algunos de los secretos mejor guardados del cañón del Alcanadre.

Como viene siendo habitual, quedamos junto a la Azucarera de Monzón donde nos reunimos un grupo de nueve personas, dispuestos a realizar una ruta circular calificada de dificultad media – alta, esto y la previsión de mal tiempo a veces hace que algunas personas se lo piensen, pero la buena salud de ésta sección de senderismo hizo que todos mostrásemos nuestro mejor ánimo partiendo de buena mañana, a las 7,30 horas.

varios

Nos encaminamos hacia Bierge, de allí por la carretera de Rodellar justo en el k. 8 existe un buen aparcamiento donde dejar los autos. Nos abrigamos bien, pues a diferencia de otras veces, comenzamos bajando al barranco. Siguiendo una pista en buen estado y un trecho de senda, no tardamos en llegar al Mirador del Alcanadre, espectacular e inesperado acantilado desde donde 200 metros más abajo descubrimos el cauce del río y el paredón enorme bajo el que una diminuta ermita quiere dejarse ver.

Foto de familia en la ermita. Comienzan las emociones al preguntarnos por dónde bajaremos allá abajo, pues bien: la primera sorpresa es descubrir en mitad de una mole rocosa una «grieta» en diagonal. Se trata de la «Faja del Ordio», por la que de modo casi inverosímil iremos descendiendo sin agobios ni grandes dificultades. Bastará prestar atención a los resbalones para no tener una caída, y no despistarse mirando el imponente panorama de covachones y murallas rojizas sobre carrascales colgados de las laderas.

Llegados al cauce, pretendimos descender por la margen izquierda no sin serias dificultades ya que el caudal es aún bastante importante de las recientes lluvias. Incluso en una inclinada roca de obligado paso por la orilla hubo que montar una cuerda de seguridad «pasamanos» o quitamiedos, y así asegurarnos que nadie se caería a una badina ¡con lo fría que está el agua!

Los senderistas por Guara. Superados estos puntos de mayor dificultad, solo queda disfrutar del paso sobre la badina del quejigo por el remozado puente, y llegaremos en pocos minutos a la base del citado paredón en el que está la ermita de San Martín del Alcanadre.

Es el momento de descansar, comer un buen bocadillo y hacer fotos. La construcción de la ermita resulta más curiosa e inaudita que realmente interesante a nivel arquitectónico, pero ello no le resta mérito ya que está enclavada en un lugar realmente inhóspito.

Repuestos al sol que calienta levemente, regresamos al cauce y remontamos solo la mitad del trecho que antes descendimos desde la Faja, y en la orilla opuesta vemos un cartel semi escondido que nos indica por dónde debemos subir a la Costera de Naya, que es como otra faja situada sobre los murallones de la ermita enfrente del primer mirador.

Para ello debemos pasar a la margen derecha del río, así que ya no queda más remedio que remangarse el pantalón, quitarnos las botas y calzarnos las chanclas que llevamos por si las moscas. El remojón se hace sentir y las risas y regocijos suenan a la par que uno a uno nos vamos metiendo en el agua, sensaciones que quedarán en el buen recuerdo de la jornada. Ya nos podemos ir secando que queda mucho por andar, de nuevo con las botas en los pies y a subir sin tregua hasta lo más alto de las murallas de roca desde la que, ahora a la inversa, miraremos lo que llevamos recorrido. ¡Parece imposible haber hecho este trecho!

La fuerte subida por pedreras y senda emboscada nos ha hecho sudar y ya hemos guardado el forro polar en la mochila, salimos de la costera a una pista por la que nos dirigimos al Pinar de Morrano, el verdor es excepcional en el valle entero y la pendiente nos obliga a andar mucho más aprisa, atravesando el valle hasta el fondo y subiendo a un colladito. Es hora de reencontrarnos con el mundo de las sorpresas y aparece como de la nada una mole rocosa, el Huevo de Morrano en toda su magnitud. Bien es cierto que nadie salvo el guía había realizado este recorrido, motivo de más para expresar auténtica emoción de poder pasar por tantos lugares tan bonitos y próximos unos de otros.

Este curioso murallón de roca arenisca y conglomerado está muy bien comunicado por el Camino Natural del Somontano de Barbastro, que será por el que vayamos descendiendo en dirección a la Fuente de Tamara. Es desde lejos cuando la magnitud de esta montaña se transforma en siluetas que asemejan a un enorme barco sobre el pinar, y cuya «proa» es el citado «huevo».

Llegados a un cruce señalado del pueblo de Morrano, nosotros seguimos el sendero a la Fuente descendiendo junto a barranqueras pobladas de una maravillosa variedad de plantas y árboles. Destacable es la presencia de miles de romeros en flor, que aromatizan nuestras ropas al pasar y también las amarillas flores de las aliagas.

Ahora ya no es emoción sino júbilo y alborozo el que expresamos a nuestra llegada a las badinas de la fuente de Tamara, tan preciosas que hasta con la fresca jornada que hemos pasado apetece mojarse un poco. Llega un grupo de barranquistas franceses por los estrechos de La Peonera y los fotografiamos mientras nos deleitan con sus saltos a las pozas, es un lujo de día que quien ha salido de casa no puede dejar de disfrutar.

El domingo se va acabando, una hora larga de descanso junto a estas playas de grava y arena han sido suficientes. Nos vamos con cierta nostalgia pensando que parece que hayan sido varios los días que hemos pasado en esta excursión, mientras dejamos atrás las aguas del Alcanadre y atravesaremos pinares y carrascales en busca de nuestros coches, de nuestras casas, y de nuestro baúl de recuerdos que mañana estará a rebosar de sueños cumplidos.

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