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"Manolo intentaba convencernos de que, ante el riesgo de perdernos  y que anocheciera, la mejor solución  era construir un vivac en la nieve". En la foto, Pedro Solana. Pedro Solana (Montañeros de Aragón. Barbastro). Al final mis temores se cumplieron. Una niebla gris muy oscura nos envolvió por completo y no nos atrevíamos a progresar temiendo cualquier desnivel imperceptible.

Los tres compañeros comenzamos a debatir nuestro plan de bajada. Dos de nosotros, Joaquín y yo mismo, insistíamos en poco a poco perder altura pues era seguro que aún estábamos a cuatro mil metros. Manolo, mientras, intentaba convencernos de que ante el riesgo de perdernos y que anocheciera, la mejor solución era construir un vivac en la nieve.

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Esta solución nos era familiar, la practicábamos cada invierno en los cursos de iniciación al esquí de montaña, pero precisamente por eso sabíamos de su dureza.

Me daba cuenta de que la premonición sentida el primer día con el anciano montañero se estaba cumpliendo aunque, por fortuna, podía contestar otra vez que disponíamos de todo el material necesario para salir del aprieto de un vivac en altura.

Este primer debate se zanjó cuando sacamos las palas de aluminio y comenzamos a cavar a la vez que elevábamos los muros de nuestro refugio con bloques de nieve. Concluimos la techumbre del vivac entrelazando los esquís y bastones con los correajes de las fijaciones. Un par de capelinas de lluvia cubrieron esta tela de araña y luego ya no quedaba más que echar nieve encima.

Al menos, veíamos que teníamos dónde cobijarnos y la verdad es que no tardamos en meternos dentro ya que en el momento en que acababas de moverte el bajón tremendo de temperatura por la niebla te hacía sentir un frío glacial.

Sin duda yo , al menos, sufría de angustia ya que me coloqué dentro del saco de dormir con las botas de esquí puestas, los pies helados y deseando entrar en calor con el saco de plumas. No fue así ya que, a pesar de estar acurrucados en tan poco espacio y sintiendo el techo de la construcción muy cercano a nuestros rostros, en toda la noche pudimos sentir el más mínimo confort y, en mi caso al menos, volví a permanecer en vela aunque el cansancio me hacía dormitar de forma intermitente.

Dentro del saco, excepto en los pies, que casi no sentía, sí que notaba el suficiente calor como para poder decir : -¡Estamos salvados!- .

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