CEDER PUEBLOS VIVOS

Tholoa, el dios del disco solar, extendía sus largos brazos por lo que él consideraba que era su obra maestra. Ideó un trazado perfecto para albergar al hijo bastardo de su mujer y con sus propias manos construyó los muros que ocultarían la vergüenza del engaño. Durante años Tholoa se encargó de proporcionarle doncellas vírgenes que le sirvieran de alimento. El universo solar guardaba el estricto orden de la impermanencia.

Cuando el minotauro se enamoró perdidamente de Thais, todo el sistema comenzó a temblar. Sentimientos desconocidos le desbordaron, su pecho se inflaba y sus vísceras latían buscando poseer el objeto de su amor y se prometió a sí mismo que nunca volvería a probar la carne humana, y a Thais, amor eterno y abundante descendencia si ella accedía a compartir con él la eternidad del laberinto. Ella accedió, movida por el instinto de salvar su vida y la de sus compañeras, que gracias a la alineación cósmica del amor todavía seguían vivas.

Por primera vez, el minotauro sintió algo diferente a la feroz soledad y quiso permanecer en ese estado. La música del amor emanaba por las paredes del castillo solar y se respiraba esa especie de letargo que da la felicidad. Pronto el laberinto se llenó de pequeños seres que correteaban por las estrechas ínsulas, y todo era armónico, pero la ira de Tholoa se desató cuando descubrió que su plan había sido cercenado y que su vergüenza crecía porque el castigo había dejado de surtir efecto. Y con su estomago encendido, su mandíbula contraída y fuera de sí se presento en las puertas del laberinto gritando para reclamar la presencia del bastardo. El terremoto fue tan intenso que todos los niños y las mujeres se escondieron entre los recodos de los muros. Solo el minotauro intentó encontrar la salida guiado por los gritos de su verdugo, cuando por fin logro salir, Tholoa lo estaba esperando encendido y de una patada lo sacó fuera mientras le decía que ese sería su verdadero castigo.

El minotauro fue expulsado de su paraíso y quedó fuera, solo, desorientado por el cambio, sin saber qué hacer con su vida. Sus pequeños hijos vagaban desnudos con la intención de rellenar el vacío que deja la ausencia del padre. Las mujeres quedaron incompletas, sobre todo Thais, condenada a suplir el calor de la noche con humo.

La tristeza se apoderó de todos ellos, sin poder llegar a comprender que nada dura eternamente.

"El sol", por Joan Raven.

DPH SONNAR

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