Laura se encaminaba con paso lento a la Biblioteca y aunque desde donde vivía podía acceder a ella por diferentesLos porches de la plaza del Mercado (Barbastro). Foto: Luisa Fernanda Barón Cuello. caminos, y alguno más corto, siempre le gustaba pasar por la Plaza del Mercado, era uno de sus sitios favoritos. Le gustaba porque conservaba su personalidad a pesar de las reformas que había sufrido y reconocía que todos habían salido ganando con la renovación. Ahora se podía pasear tranquilamente por ella sin correr el riego de ser atropellada, era una delicia transitar o incluso pararse y sentarse a tomar algo en los diferentes veladores que la adornaban. Cada una de sus mesas y sillas era de diversos colores, ese toque la daba vida y alegría. Pero a Laura lo que realmente le emocionaba eran sus dos porches, uno enfrente al otro adornando y dándole esa personalidad tan especial que poseía.

Se adentró en la plaza y sin pensarlo, como un acto mecánico se dirigió a uno de los porches. Pasar por cualquiera de ellos le hacía soñar o incluso fantasear sobre los innumerables personajes que habrían pasado por ahí o las múltiples historias que aquellas columnas guardaban para sí como preciados tesoros. Aquel día eligió el que tenía a su derecha.

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Caminaba con paso sosegado poniendo atención en cada pisada que daba y su mirada solo alcanzaba a ver las grandes placas de piedra gris que vestían la plaza. Avanzaba casi sin levantar la vista, pero de reojo observaba, con la mirada de una niña, las enormes columnas que formaban el porche, aunque algunas eran visiblemente más pequeñas, le encantaban todas ellas, cada una configuraba la identidad de la plaza. Se asombraba y a la vez admiraba su robustez, algo de lo que ella carecía, por eso muchas veces cuando había poca gente paseando, acariciaba la fría piedra de la columna, pero que a ella no le parecía tan fría, pensaba que tras ese roce intencionado algo de su fortaleza recogía.

Se sintió triste y la vez notó una punzada en el corazón, una intuición nefasta le hizo pararse y levantar la cabeza. Delante de ella, a escasos metros se encontraba él, el causante de su desdicha, el que le había roto el corazón, pero no podía escapar aunque en esos momentos le hubiera gustado volverse invisible. Se armó de valor para continuar su camino y no dar media vuelta, tenía que hacerlo aunque solo fuera para demostrarle que en apariencia estaba bien, que no se sentía dolida por el hecho de que la hubiera dejado, suspiró y sacó una de sus mejores sonrisas. Se detuvo a saludarlo pero lo que en principio parecían unas simples palabras de cortesía se convirtieron en la llave que abriría el baúl de sus rabias.

La ira paseaba a sus anchas por su cabeza desasosegando su en apariencia tranquilidad. Las breves palabras intercambiadas parecieron eternos segundos de veneno para su herido corazón. Se dio media vuelta rodeada de furia y sin darse cuenta chocó con alguien. La vergüenza de tropezar por un despiste suyo, hizo que toda la negatividad se volatilizara. El rubor vistió sus mejillas y levantado la vista se topó con los ojos azules más intensos que jamás había visto. Por un momento sintió que el tiempo se detenía cuando se adentró en esa mirada tan impactante. Enmudeció, las palabras se convirtieron en un suave suspiro. Notaba cómo le faltaba el aire y le costaba respirar y sin pensarlo se agarró a su brazo para no caerse. El contacto con su piel le erizó el bello y el corazón comenzó a latirle más rápido de lo habitual. Sentía un nudo en la garganta y miles de mariposas revoloteaban en su estómago. Oía que el extraño le hablaba pero notaba su voz tan lejana que apenas distinguía con claridad lo que le decía. Respiró varias veces profundamente y tartamudeando acertó a decir:
– Lo…lo.. siento..
– ¿Estas bien?- le preguntó él con voz calmada

Su voz era serena como todo lo que emanaba de él. Se restregó los ojos para comprobar que él era real. A sus ojos él parecía un ángel, un hombre que con tan solo un roce, con un mínimo contacto le había elevado al cielo.

Él percibió que ella era especial y diferente, pero sabía que debía dar carpetazo a todo lo anterior, a todo el sufrimiento pasado para que el amor floreciera de nuevo. Él tuvo la certeza que era ella su alma gemela, el amor que siempre había estado esperando. Lo había visto en sus ojos, en esos maravillosos ojos negros que se habían clavado en su alma. Puso su mano en el brazo de ella, tenía que conseguir que se calmara aunque le resultaba difícil ya que sentía miles de cosquillas en su estómago.

Mantenían sus miradas el uno en el otro, y para ambos el mundo se había detenido en ese instante, en ese lugar sintiéndose solos como sino no existiera nadie más.

Laura había borrado de un plumazo todo lo que había vivido anteriormente, ya no sentía rabia, ni odio, ni furia. Un nuevo sentimiento había aparecido con la fuerza de un huracán, un sentimiento lleno de ilusión, de alegría y de esperanza al amor.
Él agradecía al universo haberla encontrado en esa pequeña ciudad donde había venido a pasar unos días de vacaciones para probar sus maravillosos vinos.

Laura más calmada y sin dejar de mirarlo volvió a disculparse:
– De verdad que lo siento, iba distraída y la verdad… no te vi, no sé de dónde has salido…
– Estaba allí, en la vuelta de la columna… esperándote a ti- le contestó con la ilusión de que ella tuviera la misma sensación que nacía en él.

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Luisa Fernanda Barón Cuello

“Escribir es ejercer, a veces, el peligroso hábito de transcribir a corazón abierto y alma descubierta todo lo que mi imaginación crea. Y ella de momento no conoce límites”.

Luisa Fernanda Barón Cuello inicia una sección dedicada a la narrativa de ficción en Ronda Somontano.

Luisa Fernanda Barón Cuello realiza una sección dedicada a la narrativa de ficción en Ronda Somontano.

También podéis leerme en: elrincondelafansatia.blogspot.com

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