Juan López había dejado todo el trabajo en manos de sus empleados del taller para así poder marchar a la hora que élAyuntamiento de Barbastro. Foto: Luisa Fernanda Barón. pensaba que la encontraría. La conocía tan bien, que muchas veces no hacía falta que ella le dijera nada, tan solo con verla y observar sus expresiones podía adivinar lo que ella pensaba. Por eso sabía dónde y, sobre todo, a qué hora la iba a encontrar.

Se sentía tan nervioso como un colegial cuando va a ver a su enamorada. Se miró en el espejo del minúsculo baño y se peinó de nuevo; mientras lo hacía buscaba alguna excusa por si se encontraba con ella cara a cara. No quería que ella pensara que la estaba espiando.

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Juan aparcó el coche cerca del Ayuntamiento, sabía que Isabel tenía que ir hoy allí para solicitar día para renovarse el D.N.I.

Cogió unos papeles en las manos y los apoyó en el volante de su viejo coche, un Volkswagen Golf blanco del 93. Disimulaba que los hojeaba pero lo que realmente hacía era mirar por el espejo retrovisor esperando verla en cualquier momento. Acababa de pronunciar esas palabras cuando la vio aparecer a lo lejos.

¡Aunque estuvieras entre un millón, mi querida Isabel, siempre te reconoceré! Ese andar garboso que tienes, y que con el paso de los años no ha menguao ni una gota… ¡ayyyy!. Sí… es verdad que han pasao los años y tú me lo recuerdas cada día … pero tienes que reconocer que sigues siendo la misma… ¡Y qué poco que te gusta que te lo diga! ¡con lo preciosa que estás! Siempre me dices que soy un zalamero… y hasta alguna de las tuyas me sueltas ¡ayyy Juan!… y ¿tu qué quies conseguir cuando te pones así? Tú no me crees cuando te digo que no quiero na… que tan solo digo la verdad.

¡Ayy mi Isabel!

Eres pequeñeta pero mu salerosa y con cuatro trapos de na… ¡paeces una reina! Antes te decía «mi princesa» y aun recuerdo aquel día que dijiste que con la edad que tenías de princesa na… que ya eras por lo menos una reina… Me lo dijiste con esos ojillos que pones cuando te ríes…
¡Vamos pura coquetería!
Sí… lo que tú digas Isabel, mi querida Isabel… tú eres la reina, mi reina, la de mi corazón.

Y como más me gustas es… con la cara lavána de toas esas pinturas que te gusta ponerte… Yo te entiendo, ¡eres coqueta y lo sigues siendo!… No te digo na… porque eres una mujer decente y siempre me lo has demostrao

Pero, ¡qué le voy a hacer!, me gustas más sin na.
Ahhhh… y lo que más me gusta de to… son esos dos luceros grises que me miran de esa manera que tu sabes mirar… aunque no sé Isabel, si lo que más me gusta son: tus ojos o ese mirar que tienes tan pícaro que me quita el sentío

¡Ayy mi Isabel!

Juan la perdió de vista cuando Isabel entró en el Ayuntamiento.

Dejó los papeles en el asiento del copiloto y mientras ponía el coche en marcha para volver al taller sus pensamientos regresaron de nuevo con Isabel. Suspiró dando gracias a la vida por haberla puesto en su camino aquel 4 de septiembre en la verbena de las fiestas de Barbastro.

Se sentía contento de conocerla tan bien como la palma de su mano, afortunado por sentir su amor y podérselo demostrar cada día y emocionado porque a pesar de los innumerables baches seguían estando juntos y pronto cumplirían 30 años de casados.

¡Ay Isabel, mi esposa quería!

DPH

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