Camino por las calles de Barbastro sin rumbo, mis pies me llevan, pero no sé dónde; realmente no me importa. Ando yEl río vero a su paso por Barbastro. Foto: Luisa Fernanda Barón Cuello. tengo la sensación que mi mente no dirige mis pasos, no la noto conmigo; me siento como una autómata a la que han dado cuerda y la han dejado suelta. Mis pensamientos saltan como verdaderos saltimbanquis; ninguno de ellos se queda en mi mente. Son escurridizos y maleducados, pero hoy no me importa.

El ruido del agua, el fluir de la corriente del río, llama mi atención y mi cabeza, casualmente, se centra en él. Aparto cualquier pensamiento en ese instante, nada tiene importancia; el agua ahora, lo es todo, su discurrir inunda mi ser.

Paso mis dedos por el frío pasamanos y sin saber porqué, me veo bajando las ruidosas escaleras de hierro. Me asomo a la barandilla atraída por el suave murmullo del agua. Mi pensamiento se lo engulle e intenta asimilarlo. Me maravillo al ver discurrir del agua pero su imagen, su esencia, me devuelve la pregunta tantas veces formulada:

-¿Por qué?, ¿por qué yo no puedo fluir?

Deseo tanto fundirme en esa agua, que inclino mi cuerpo sobre la barandilla pero el vértigo aparece. Las alturas siempre me han dado miedo, me han producido una extraña sensación de mareo, y esta vez no ha sido diferente. Recupero mi compostura y pienso:

“¡Qué daría yo por estar ahí!, ¡Quiero estar allí y ser como ella!”

Parece fácil fluir; pero para mí ahora, no lo es. Nada es sencillo. Ya no encuentro salida

Pensar siempre me da dolor de cabeza. Siento los rayos del sol de mediodía calentando mi rostro. El calor aumenta el dolor. Ya no quiero pensar, no quiero sufrir. Quiero salir de aquí, pero, ¿cómo?

Eva sube las escaleras de hierro con la única idea de aliviar su dolor de cabeza. Avanza por las calles de Barbastro casi corriendo, como si la persiguieran. Sus dolores de cabeza, cada vez son más frecuentes, tanto que ya no puede pensar.

Entra en su casa y tras cerrar la puerta, se adentra sin encender las luces. Se desprende de lo que la  molesta, sin pensar en donde cae. Se sienta en una de las sillas de la cocina y coge los analgésicos. Saca dos y mientras se los traga, bebe agua de la jarra que tiene fuera de la nevera. Tantea la silla y se sienta en ella como quien se deja caer en algo que la va a salvar, pero el llanto le devuelve a la realidad. El dolor martillea sus sienes, es agudo, persistente; solo quiere que desaparezca. Cierra un puño fuerte, siente que el dolor juega con ella; pero no es solo físico, es una mezcla del sufrimiento, del desasosiego que hay dentro de ella, de la rabia por su dejadez…

La rabia se ha instalado dentro de ella. Sus ojos miran en un punto perdido de la blanca pared y sin saber lo que hace, como si no fuera ella la que maneja sus manos. Se toma uno tras otro todos los analgésicos de la caja.

El llanto invita al nerviosismo a instalarse en ella. Un nudo se forma en su garganta, la respiración se le acelera. Agarra con furia los ansiolíticos; primero toma uno, pero sin pensar lo que está haciendo, traga uno tras otro hasta terminarse la caja que ayer compró en la farmacia. Las lágrimas se espacian, con los ojos enrojecidos mira detenidamente la caja y comprende lo que acaba de hacer.

Es verdad, los suicidas no avisamos, no planeamos… simplemente sentimos que una mano nos lleva a una salida… real o no… pero para nosotros es una salida.

Eva sintió que los párpados le pesaban y despacio, con la sensación de abatimiento en el cuerpo, caminó hasta el salón. Un último pensamiento pasó por su mente cuando se desplomó en el sofá. Era tarde para avisar a alguien, aunque realmente no sabía a quien. Ella se sentía sola en un mundo que creía cruel y devastador.

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2 Comentarios

  1. «La vida transcurre como agua en cesto», es algo más que una frase, es un hecho cierto.
    Nadie está exento de un mal pensamiento, jamás nadie puede afirmar con veracidad que no vaya a tenerlo en mente en algún punto de su existencia. En el relato, Luisa Fernanda Barón Cuello, ha sabido conjugar unas imágenes que fluyen y escapan hacia lo desconocido. ¡Enhorabuena, señora escritora!

  2. Con cada relato te superas a tí misma Luisa Fernanda. Has conjugado la fustración del personaje con el fluir del río Vero de forma magistral y has conseguido transmitir la tremenda carga emocional que está soportando. Mis felicitaciones por este relato

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