ciudadanos

Quien lo probó lo sabe.Hace dos años compró un jabón superconcentrado capaz de eliminar las manchas más incrustadas en platos, cubiertos y demás.

Lo usaba casi a diario, pero en poca cantidad. No había suficiente complicación en los restos adheridos a la vajilla. No permanecían sucios más que unos minutos o unas horas con lo que la función principal del superjabón no estaba siendo bien empleada.

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En el recipiente quedaba ya poco, muy poco. Y apareció una bandeja de cristal, una de esas que debía de ser muy transparente en origen, pero que tras años de polvo y una última receta de a saber qué, tenía totalmente pegados restos de algo indefinible.

Usó lo que quedaba del milagroso ungüento y no logró quitar más que pequeñas briznas de porquería. Permanecían soldadas al cristal como si fueran parte de él.

Así terminó el líquido desinfectante, así la bandeja… Y mi amigo con cara de póquer pensando que llevaba dos años preparado para el desastre y algo había fallado.

Compró todo tipo de jabones milagrosos y repitió y repitió la secuencia de fregado. No hubo manera. Incluso se metió en la ducha con ella obteniendo idénticos resultados. No consiguió nada. La bandeja de cristal se quedó opaca para siempre.

Desalentado, la colocó en el armario con el resto de sartenes y cazuelas.

Inmóvil y de pie, miró detenidamente el armario abierto. Por la cabeza se le cruzó la idea de que no todo se puede limpiar. Hay cosas que marcan, sean buenas o malas, mentiras o verdades, jabones o bandejas…

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