Benito Bibián en el bar Olimpia de Huesca, poco antes de jubilarse. Foto: Antonio Moliner.Estela Puyuelo. Ser camarero es algo más que atender una barra o preparar unas tapas en la cocina mientras los clientes echan un café y repasan el periódico del día. Quien trabaja en la hostelería sabe que en torno a un bar se crea una gran familia que comparte risas cuando alguien cuenta un chiste, preocupación si ocurre una desgracia, recuerdos, proyectos, confidencias… Por eso un camarero siempre está al día de las noticias, especialmente de las locales, y se convierte en un informante excepcional de la microhistoria de una ciudad. Un camarero siempre hace más horas de la cuenta y no le importa porque el bar es su casa y los clientes sus huéspedes.

Benito Bibián, nacido en Labata, se jubiló el pasado viernes 10 de mayo. Su marcha trajo consigo el cierre del bar Olimpia, donde ha trabajado más de 30 años, y la desaparición de la tildada por muchos “mejor tortilla de Huesca” y de sus insuperables empanadillas caseras. Quedamos a tomar un café el pasado sábado por la mañana para escribir una entrevista en homenaje a su trabajo y mantuvimos la conversación que transcribo.

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¿Cómo empezaste a trabajar en el bar Olimpia? Jamás pensaba que iba a ser camarero yo. No me gustaba la hostelería, me gustaba más la agricultura. Era muy tímido para estar en una barra, pero trabajaba en la tienda de electrodomésticos contigua, que también era de Ángel Sanagustín, y como estaban tan apurados los camareros yo les ayudaba en la cocina. Antes iba mucha gente al bar, algunas veces había hasta tres filas de clientes esperando en la barra. Y empecé a hacer la tortilla y como gustaba seguí preparándola. Después me entró “el gusanillo” y me gustó cada vez más mi trabajo.

Benito abre las puertas del bar Olimpia. Una imagen diaria que no se volverá a repetir. Foto: Antonio Moliner.Ahora que te jubilas cuéntanos el secreto de la tortilla. Nada [risas]. Buen aceite, buena patata y buen huevo. Y al hacer tantas le das tu toque.

Después de muchos años tras la barra de un bar tendrás anécdotas memorables. Cuéntanos alguna. Las empanadillas de escabeche, pimiento y tomate también gustaban mucho. Tenía un compañero que nos gastó una broma. Falsificó un artículo en la prensa donde se informaba de que una empresa inglesa quería comprar la patente de las empanadillas del bar Olimpia por una cifra multimillonaria. Estaba tan bien pegada la hoja que nos lo creímos. Y yo les decía: “Mientras no manden los dineros la patente no se la podrán llevar”. Además conocí a muchos de los pintores de talla internacional que exponían en la galería S’Art, que solían acudir al bar, y me gustaba visitar las exposiciones, como las de Alberto Duce, un artista que me encanta, muchos acuarelistas…

¿Has apreciado una evolución en la clientela desde los inicios? Ahora tenemos menos clientes pero son mejores, nunca hay problemas en el bar con la gente y aunque les gastes una broma no se enfadan. Llega gente de todas las edades. Antes trabajábamos mucho más. Ahora el rato fuerte es por la mañana. La crisis ha hecho mucho daño en la hostelería. Y la juventud me da mucha pena. Antes nos divertíamos con un tocadisco e íbamos al Jai-Alai o al Penny Lane… pero teníamos trabajo. Ahora los jóvenes no pueden ganar dinero ni emprender su vida… Estamos atravesando por una situación muy delicada. Hay que pasar el bache.

¿Cómo se viven los Sanlorenzos en el Coso? Estás dos meses preparando y durante el San Lorenzo siempre se contrata una persona más porque estamos desbordados. Muchos veranos me ha ayudado mi hija Sara, además de María, la camarera habitual. El día nueve se dan cientos de almuerzos y después hay que atender la Cabalgata. Y preguntan mucho por la tortilla; algunos la compraban para llevársela incluso de viaje, como unos franceses que me preguntaron cuánta tortilla podían comprar con el dinero que les había sobrado tras las fiestas.

¿Cómo se han tomado los clientes tu jubilación? Estos días se han acercado al bar muchos amigos para despedirse de mí, vecinos de Labata… y quienes no sabían que me retiraba han mostrado gran sorpresa y decepción. Se acordaban de la tortilla… Lo que más me duele de la jubilación es no ver a la gente. Los echaré mucho de menos. Algunos incluso me hacían madrugar para abrir el bar. Otros me traían la prensa cuando me lo impedía el trabajo, me ayudaban a poner las sillas de la terraza… Y unos clientes habituales me hicieron, antes de cerrar, un reportaje fotográfico en el bar, que me regalaron. Pero hay que dejar paso a los jóvenes. Todos estamos de paso.

Mientras conversamos, la camarera nos comunica que un cliente ha pagado nuestra consumición, a quien Benito saluda y entablan una breve conversación sobre el ya vacío bar Olimpia. Los echaremos de menos, como se añoran a las buenas personas, a los lugares en los que se ha sido feliz. No se jubila del todo porque siempre compatibilizó la hostelería con la agricultura y de la última “uno no se retira nunca”, dice ilusionado. El secreto de la tortilla de Benito se lo lleva su compañera María que ha trabajado tres años con él. Seguro que, pese a los tiempos que corren, no tarda mucho tiempo en encontrar empleo.

DPH

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