Antonio Lachos.

Excepto si uno es presidente del Tribunal Constitucional, es apropiado informar sobre para quien se trabaja, por lo que pongo en su conocimiento que soy juez y parte de lo abajo narrado. Algo que, por otra parte, no tiene que hacerle dudar de mi objetividad: jamás existió.

No es tarea de artistas ofrecer respuestas. Para eso están los políticos, los periodistas y los sacerdotes. El artista debe plantear preguntas, debe inquietar, debe comunicar lo ininteligible, debe ser honesto. O al menos, intentarlo. En la muestra en el camino hay diferentes preguntas que solo esperan ser recibidas. ¿Respuestas? Búsquese usted una religión.

Convendrán conmigo que si el camino es todo, nada es el camino. Que hay cosas de difícil encaje en una temática, aunque nada se pueda exigir. Trabajar sobre un tema concreto es más libre que trabajar sobre cualquier tema ya que la obligación deviene en estepa como la certidumbre en agujero. Sí nunca ha intentado crear algo ciñéndose a un tema déjelo, no sabe de qué estoy hablando. Pero esto no es importante.

Contemplamos las obras y creemos estar más cerca del artista. Las creencias son solo eso, actos de fé, y tal vez lo que hacen es intentar intelectualizar el mundo de las emociones. Allá cada uno con las suyas. Imagino que la verdadera tarea del artista en Barbastro es no morir atropellado en un paso de cebra para poder tapar un trozo de pared en un futuro cercano. A mí me gustan los artistas de esta muestra porque tengo la indemostrable convicción de que hacen lo que les gusta, algo que, a este paso, pronto será un acto de rebeldía igual o mayor que el simple acto de contar algo en una pared. Lo intrigante es hablar con emoción de Pep Arasa, Rothko, la bolsa de plástico de American Beauty, Altamira o el Guernica. Lo inquietante es reconocer que se comparte una cierta mirada sobre el mundo. Pero esto tampoco es importante.

A veces uno siente la necesidad de contar algo. Otras, de contar eso mismo a los demás. Parece un acto de escasa utilidad, pero en ocasiones tiene consecuencias. Al margen de la especulación propia del mercado del arte como medio empresarial de búsqueda de beneficios, existen otras razones para comprar algo colgado en una pared. Son muy parecidas a las que le hacen a usted comprar cuadretes de cristal esmerilado y marco blanco en el Ikea. Cumplen la misma función sociológica que cumplían los cuadros de ciervos de dos metros en los años setenta. Tampoco tiene que comprar nada por la pura jeta de quién se lo ofrece, esto no son preferentes. No es eso. Hay que comprar obras por el placer de hacerlo, por el placer de poder verlas cada día, porque uno cree en sí mismo. Está todo en venta, menos la actitud. Eso es lo importante.

Exposición de Artes Plásticas En el camino
Centro de Congresos de Barbastro. Hasta el domingo 13.
De 18:30 a 20:30 horas.

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