Despuntaba el sol sobre el perfil triste de la ciudad cuando mis padres vinieron a recogerme, tras una caminata de varias horas, al refugio nocturno donde todos los días me aseguraba de dormir junto con decenas de niños como yo, que temían ser secuestrados bajo el amparo de la oscuridad por los Maï-Maï, los crueles rebeldes en perpetua guerra contra el gobierno de nuestra República Democrática del Congo.

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Tras despedirme de mis compañeros y del responsable del refugio, mis padres y yo nos encaminamos hacia el centro de la ciudad, donde habíamos concertado un encuentro con los traficantes que nos iban a ayudar a atravesar todo el extenso territorio africano que nos separaba del mar Mediterráneo.

Cuando localizamos el destartalado autobús escolar en el que viajaríamos durante nuestra primera etapa, los demás viajeros ya estaban abarrotando el techo metálico con sus equipajes. Había cambios de última hora en nuestra ruta hacia España. Se había endurecido la vigilancia policial sobre el estrecho de Gibraltar, por lo que se reducía de manera considerable las posibilidades de éxito del viaje. Como estaba previsto, llegaríamos hasta Libia, pero la patera tenía que salir ahora desde un nuevo puerto, el de Tarfaya, en la costa saharaui, mucho más alejado, y de allí embarcaríamos para dirigirnos directamente a Almería. Eran setenta kilómetros más de un mar peligroso. Ninguno de los tres sabíamos nadar.

El cochambroso autocar, sobrecargado de sueños, comenzó viaje con un petardeo poco halagüeño, rodeado de manos desconocidas que lanzaron al viento deseos ajenos y propios de buenos augurios. Tras horas de una selva densa e inacabable, nos detuvimos para comer junto a un bosque de bananeros.

Aún estaba soplando sobre mi tortita caliente, cuando de una abertura en la espesura apareció a toda velocidad una camioneta de techo abierto, llena hasta los topes de sudorosos soldados rebeldes, los Maï-Maï. Iban a la caza y captura de niños, me buscaban a mí.

En medio del caos violento que se formó, la sabiduría de mi padre, que yo continuamente menospreciaba porque era demasiado cauta y limitaba mis ansias de volar, volvió a florecer de sus labios crispados por el pánico. En un susurro nervioso, mi padre me ordenó que disimulara mi rostro lampiño, que me hiciera invisible a la codicia de aquellos asesinos.

No supe hacerlo. Aunque tenía una constitución robusta, seguía teniendo once años, una edad que me delató de inmediato al hacerme llorar. Quería que mi madre me abrazara, y la llamé con el rostro bañado en lágrimas. El profundo silencio que se produjo a mi alrededor enfatizó mi súplica, y la convirtió en una sentencia. Estaba perdido. Fue entonces, cuando supe realmente qué clase de hombre era mi padre. Al que yo siempre había considerado un cobarde.

El jefe rebelde se adelantó para apresarme, pero él saltó como un resorte y se interpuso entre nosotros con una determinación que yo nunca le había visto, ni había imaginado si quiera que tuviera. ¿Por qué no hacía nada mi madre? ¿Por qué permanecía callada? ¿Por qué no dejaba de temblar y sollozar y me ayudaba?

El jefe rebelde descargó un brutal puñetazo sobre mi padre, que cayó al suelo como un muñeco roto. Sacó su pistola y lo amenazó con ella. <<Ya está –pensé-, no se atreverá a hacer nada más. Ahora papá dejará que venga mamá y que ella lo solucione todo, como siempre hace>>.

Estaba equivocado. Mi madre sí hizo algo, pero no fueron mis brazos los que buscó, sino los de su marido. Se tiró al cuello de ni padre sin tan siquiera lanzarme una mirada de reojo, los ojos arrasados de lágrimas, y con su cuerpo deformado por los numerosos partos defendió la vida de su hombre. No la mía.

-¡No, por favor, a él no! –suplicó mi madre con desesperación. Después se volvió hacia su esposo y trató de convencerlo de que no hiciera nada, que no pusiera en peligro su vida-. Sin ti toda tu familia morirá de hambre. Tenemos más hijos. ¡Podemos tener más hijos! Deja que se lo lleven –añadió sin dejar de mirarle con firmeza, obligándole a suavizar su locura, a rendir una vez más su voluntad a la suya.

El jefe rebelde se hartó de tanto drama, la escena era siempre la misma aunque variasen los actores y, además, hacía demasiado calor. Con un gesto de la cabeza mandó a sus hombres que subieran al camión, y a mí con ellos. No me lo podía creer. Se me estaban llevando. Mis padres me abandonaban. Me daban por perdido, muerto. Busqué los hermosos ojos de mi madre, grandes como monedas. Ella me observaba con una tensa serenidad. Los labios apretados. Mi padre, en cambio, tenía la cara congestionada por el dolor y la vergüenza.

Me subieron a la camioneta y desaparecí.

No lo supe hasta muchos años más tarde, pero una vez de vuelta en el autobús mi madre me lloró sin descanso durante días, inconsolable. Mi padre… mi padre no volvió a hablar una sola palabra hasta llegar a España, y solo rompió su silencio porque otra vida humana estaba en peligro.

Meses después, mi padre encabezaba un grupo de inmigrantes que avanzaba en fila a unos metros del límite de una carretera solitaria de Almería, procurando confundirse con la espesa vegetación de bajo bosque. Él fue el primero que oyó acercarse al coche que le cambiaría su futuro incierto de forma dramática, y quien ordenó enseguida a los demás que se tiraran al suelo.

Mi padre estaba irreconocible. Un saco de huesos. Un cadáver andante. Un fantasma. Todos ellos, en realidad. No entiendo cómo podían continuar andando. No hacía ni diez horas que los habían desembarcado en una solitaria y pedregosa playa de Almería. De ahí a apretujarse en el interior de una incómoda y maloliente furgoneta sin ventanas ni destino conocido. Pero solo para ser obligados por los traficantes a bajarse a punta de pistola media hora más tarde. Los habían abandonado a su suerte en plena noche, en una carretera desolada de un país extraño.

El conductor del coche que se acercaba a gran velocidad por la carretera se distrajo con la radio y no se percató de que el morro de un enorme tractor se incorporaba al tráfico desde un camino de tierra sin señalizar. Volantazo, chirrido de neumáticos y, de pronto, una imposible ingravidez que apenas duró unos segundos.

Los que iban con mis padres no se lo pensaron dos veces y huyeron a la carrera en cuanto vieron el accidente. No se esperaron ni a terminar de contar las vueltas de campana. Bastantes problemas tenían ya. Si aparecía la policía y los descubría… No circulaban más vehículos, pero no podían arriesgarse.

Mi padre dio un paso hacia el coche siniestrado, pero mi madre lo retuvo.

-No vayas. No es asunto nuestro.

Y entonces habló. Su voz ronca sonó como la del mismo Dios.

-Puede haber niños –dijo-. No voy a permitir que ningún otro niño muera. No si puedo evitarlo. No pienso vivir con más miedo. Se lo debo.

Apartó a mi madre y echó a correr hacia el coche, dispuesto a redimirse.

El coche estaba panza arriba. Mi padre notó en la nariz mucho antes de llegar la bofetada de la gasolina derramándose por la tierra. Se tiró al suelo y metió la cabeza por la ventanilla del conductor, hecha añicos. No había niños, solo un hombre de mediana edad. No importaba. Tenía que ayudarlo.

A duras penas, mi padre logró sacar a rastras al conductor y ponerlo a salvo antes de que el depósito de combustible se incendiara. El conductor estaba conmocionado, sangraba, pero no parecía herido de gravedad. Aunque él no era médico, claro. Mi padre dudó si debía marcharse, aún estaba a tiempo. Para su desgracia, apareció de la nada una pareja motorizada de la Guardia Civil. Y ya no pudo huir.

Una vez controlada la situación, un policía quiso interrogar a mi padre. Enseguida comprendió que era un ilegal, porque aquel héroe anónimo no entendía ni una palabra de español. Bueno, sí, sabía decir Fútbol Club Barcelona. Pero a mi padre, en ese momento, no le pareció que aquello fuera lo más apropiado.

Han pasado tres años desde la última vez que los vi. En ese tiempo he matado con certeza a trece personas, mujeres y niños incluidos. La mayoría a tiros, pero a algunos a cuchillo. A uno con una piedra. No sé cómo dieron conmigo, pero hace una semana llegó al Centro de Reinserción de Niños Soldado de Lalogui, donde resido desde hace dos meses, una carta procedente de Almería. En ella, mis padres me comunicaban que gracias a la generosidad de aquel español que sobrevivió al accidente iban a poder llevarme a España. Que mi hermana pequeña, a la que habíamos dejado con unos familiares en el poblado, ya estaba con ellos. Y que nunca más nos volveríamos a separar.

Mi padre entiende que necesitaré tiempo para poder perdonarlos. Me ha prometido que el dedo del gatillo dejará de temblarme.

 

 

 

 

 

dph

1 Comentario

  1. Este es un relato especialmente querido para mí, porque refleja muy bien una verdad innegable: todos somos personas, da igual la raza. Todos tenemos los mismos sentimientos, el mismo corazón. Este es el mensaje de mi nuevo libro Reencontrando el camino, en el que podéis encontrar (entre otros) este mismo relato. Que lo disfrutéis.

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