Dice Blanca Riestra, autora de esta obra, que «La memoria no es plana. Está hecha de la acumulación de imágenes, de objetos, de huellas, de pistas» y creo que no hay mejor forma de definir este libro… Porque es precisamente eso, una acumulación de recuerdos, recuerdos propios, suyos, de Blanca, pero a su vez ajenos, míos, de Rita, de Ángela, de Jorge.
Desde el principio dije: este libro me gusta, y al acabarlo tuve esa sensación de necesidad de volver a leerlo. Y lo hice, sin cerrarlo, lo leí de nuevo, para captar aquello que se me escapó en la primera lectura. ¿Por qué? Porque esa primera lectura me traslada a mi colegio de monjas, a mi infancia de pueblo, a mis primeros amores, a mi impaciencia, a Madrid de noche. Y creí que encerraba algo más. No me equivoqué, este libro encierra, como muy bien define la autora, muchos objetos, sí, pero también huellas y pistas de lo que nadie nos explicó, de porque queda ese vacío tras la muerte, de porqué actuamos de determinada manera a determinada edad. Encierra el misterio de nuestras vidas, cada uno vive la suya, y luego, la lectura te lleva a escenas similares en otros mundos que no son el tuyo. Esas huellas de tu juventud que creías borradas por el paso del tiempo, y están ahí, encerradas en una narración ajena.
Pregúntale al bosque es un libro autobiográfico construido en una olvidoteca que te hace recordar. Son recuerdos, hechos fragmentados contados de forma casi laberíntica pero fluida. Uno de esos textos que sorprenden al lector desde el comienzo. Es, además, el premio Novela corta Ciudad de Barbastro del 2013, un motivo más para leerlo.
Fragmento de Pregúntale al bosque
Ella sueña con álamos o sueña con nadar, el mundo
está lleno de agua, como una piscina, los cuartos están
llenos de agua y es posible avanzar dando brazadas y
agarrar algo sobre una mesa buceando. Las cosas no
flotan, sólo flota ella y, al día siguiente, la impresión
que le queda es tan poderosa que se pregunta si el
mundo no será así, ingrávido, y ella debiera arrojarse
encima de la masa densa y bracear.
Luego, se ve años después, en un cuarto del Franco-Britannique
con sus dieciocho teñidos de rubio y
un bote de Coca-Cola sobre la mesilla de noche repleto
de ceniza mientras una amiga que no ha vuelto a ver
le habla de Rayuela. Están acostadas cada una en su
cama. La residencia del Crous es vetusta, las paredes
se caen a trozos. Y fuman. Tienen un hambre atroz.
Fuera se abre París y es agosto. Les espera una infinita
posibilidad de tíos. Eso quieren pensar y es lo único
que importa.

