Viernes, hoy es el día grande.
Ha puesto la gasolina justa, tampoco tiene para mucho más, el coche sólo ha necesitado un poco de agua, ni siquiera jabón porque solo acumula una capa de polvo casi imperceptible. Prácticamente listo.
Lleva esperando una semana y la impaciencia se nota en cuanto arranca el motor y pisa el acelerador, en seco, sin marcha engranada, a fondo, hasta la zona roja del rango de revoluciones del motor. Los vecinos del garaje son los primeros en enterarse, por el ruido y las vibraciones, de que el recorrido está a punto de comenzar.
Con un bramido, el motor transmite hasta el último tramo del tubo de escape el rugido artificial del vehículo, un pequeño utilitario convenientemente disfrazado para que parezca solo digno de ser conducido por las expertas manos de un piloto profesional.
Conduce por el garaje hasta la salida, como un gladiador que se dirige a la arena, ansioso de recibir el respaldo de la masa y seguro de su victoria.
Comienza la ruta.
Las calles se suceden una tras otra a ritmo de una música machacona y a todo volumen que le va dictando los acelerones y frenadas, tan frecuentes e inconvenientes como necesarios para que su presencia no pase inadvertida al resto de los (pobres) mortales que arrastran su condición de peatones o conductores de vehículos sin alma, identidad propia y sin claxon, que esa es otra.
Cada cierto tiempo, al vislumbrar a un amigo, conocido, a una pibita o simplemente porque le sale de ahí toca con estruendo la bocina para saludar. A veces incluso se para a charlar con otro espécimen de su clase, el tunero, con quien intercambia opiniones que la música no le deja oír o simplemente para saludarse.
Lo de menos es que ralentice o llegue a paralizar el tráfico. Que esperen, es mi día. Ahora mando yo.
De nuevo viernes.
Paco sale de casa consciente de que para él es el peor día de la semana para circular por las calles de la ciudad, para pasear o simplemente para tomarse algo en una terraza sin tener que aguantar y sortear una manada de estúpidos pilotos que, a bordo de vehículos de segunda mano modificados a base de plástico con más recursos que gusto y que han conocido tiempos mejores, dedican parte de la mañana y la totalidad de la tarde a molestar y poner en riesgo al resto, circulando por las calles como si del mismísimo Mónaco, en fin de semana de Gran Premio se tratase.
Música a todo volumen, motores rugiendo de manera adulterada y una velocidad impropia para las vías urbanas, toman las calles, aceras y rotondas en un esperpéntico desfile de pilotos todo a cien y aprendices (malos) de Fernando Alonso buscando su minuto de gloria, que poco más se llevan después de malgastar tiempo, dinero y recursos a lo largo de toda una tarde al tiempo que ponen en peligro a más de uno.
Estúpidos niñatos que creen estar por encima de la ley, mirando a sus representantes por encima del hombro y que no dudan en ir a llorar dónde sea (empezando por papá y mamá) cuando una más que merecida multa pone a cada cual en su sitio.
Y aún hay quien les hace caso, que esa es otra.
Estas son las dos visiones de una situación cotidiana, aunque está claro que realidad no hay más que una y da la razón a Paco cuando se queja de los viernes y su impenitente procesión de tontainas con coches de plástico, 5€ de gas oíl que dan para lo que dan, muchas ínfulas y muy poca educación.
Viernes, el día de las carreras en circuito urbano; el día de los sobresaltos.
Hoy de nuevo es viernes.

