En el extremo del valle vivía un hombre conocido por cumplir siempre su palabra.
Cuando prometía algo, lo hacía. Cuando aceptaba una tarea, la terminaba. No era un hombre cobarde, tampoco débil. Era prudente. Quizá demasiado.
Por eso, una mañana de invierno, el Consejo de los Ancianos le entregó una pequeña llave de hierro.
Ha llegado tu hora, le dijeron. Cruza la montaña y abre la puerta que aguarda al otro lado.
El hombre aceptó la misión con respeto. Era un gran honor.
Pero aquella misma noche empezó a preguntarse si de verdad era él quien debía hacerlo.
Pensó en otros viajeros. Algunos parecían más fuertes. Otros más sabios. Otros tenían esa seguridad extraña de quienes no miran demasiado atrás.
Él no era así.
Pasaron los días.
Luego las semanas.
Después los meses.
Mientras tanto, estudiaba mapas, comparaba rutas y calculaba posibilidades. Quería elegir bien. Quería no equivocarse. Quería estar seguro antes de dar el primer paso.
A veces discutía con otros viajeros sobre cuál era la mejor senda. Otras veces imaginaba peligros que quizá ni siquiera existían.
Y cuanto más pensaba, más razones encontraba para seguir esperando.
La llave seguía en su bolsillo.
La montaña seguía allí.
El camino también.
O eso creía.
Una mañana volvió al lugar donde comenzaba el sendero.
Había decidido partir.
Pero el paso estaba cubierto de hierba, piedras y tierra vieja. La entrada se había borrado casi por completo. El tiempo había hecho su trabajo en silencio, sin ruido, sin enfado, sin avisar.
El hombre se quedó quieto.
Apretó la llave entre los dedos.
Entonces entendió algo sencillo.
No le habían pedido ser perfecto, ni ser el mejor.
Ni siquiera le habían pedido estar preparado del todo.
Solo le habían pedido caminar cuando llegó la hora.
Y allí, frente a un sendero que ya no existía, comprendió que algunas oportunidades no se pierden porque alguien nos las quite.
Se pierden porque esperan demasiado.
Quizá por eso hay momentos en los que la vida no pide más explicaciones.
Solo un paso.
Aunque tiemble.
Aunque no esté todo claro.
Aunque no sepamos todavía qué habrá al otro lado de la montaña, detrás de la puerta.
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A veces no llegamos tarde porque nos falte valor.
Llegamos tarde porque esperamos sentirnos preparados.
Porque confiamos más en nuestras dudas que en la llamada que llevamos tiempo escuchando.
No siempre es fácil distinguir cuándo ha llegado la hora de avanzar, cuándo conviene esperar y cuándo el tiempo de espera ya ha cumplido su función.
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