En medio de todos los ruidos de estos días, pero también desde el silencio profundo que como nunca se escucha en nuestras calles y en nuestro interior, me pregunto hoy cómo estarán mis alumnos, cómo estarán llevando esta situación, qué pasa por sus cabezas y por su corazón. De algunos sé, porque a pesar de que no es lo mismo, no puede serlo, una pantalla que un abrazo o una conversación afable en un pasillo, camino del aula, la aldea global digital permite que nos veamos las caras y, sigue pasándome, que algo salta de alegría dentro de mi cuando veo sus rostros, algunos en pijama o chándal, con el pelo recién lavado, un poco avergonzados tras la cámara, pero dejándose ver, con esa mirada inconfundible adolescente… y me pregunto y les pregunto qué va a pasar con ellos.
A todos nos ha pillado de improviso el “golpe” y si a nosotros, los adultos, nos ha costado mucho encajar la situación ¿cómo lo estarán viviendo ellos? Palabras como aislamiento, enfermedad, muerte, confinamiento, paro, soledad, miedo, angustia, trufadas con tecnicismos médicos han pasado a ser cotidianas y por ello eternas, pero ¿qué nueva carga de significado asociado tendrán para ellos cuando las usen?
Esta generación, apática de puro confortable, que apenas ha tenido que luchar por nada, formada por buenos chicos que rehúyen el compromiso; con mucho acceso a la información, pero con pensamiento líquido; de buenos sentimientos y gran desconocimiento de la realidad, “blanditos”, sentimentales, crecidos a base de tópicos y a los que les hemos “rateado” el hábito de la reflexión. A quienes casi todo se lo perdonamos y quienes se creen con derechos tan sólo por existir y felices y tardíamente aniñados, de pronto les hemos metido en un mundo de adultos, les hemos obligado a ver noticias escalofriantes, a convivir con la angustia de la muerte (la innombrable muerte… (una vez un padre me prohibió que a su hijo se le hablara de la muerte en clase…) de conocidos y queridos. Les hemos dejado sin sus amigos (bueno, un poco, porque tenemos pantallas, siempre las pantallas), sin sus deportes favoritos, sin su equipo, sin la descarga de adrenalina diaria y el cansancio que les permitía dormir. Y descubren que “el día después del cumpleaños” no era lo que pensaban que iba a ser… ¿cómo encajarán el futuro?
Como educador me pregunto si para su salud mental y la nuestra es el momento del “telecole” y los mil ejercicios o si no es más importante trabajar la trama afectiva y la capacidad de pensamiento. Que lean alguno de los grandes clásicos que han formado la historia de la humanidad y su identidad colectiva; que aprendan mitología o ciencias naturales, por ejemplo, o que vean grandes películas para las que nunca casi hay tiempo; que conozcan y hablen de su historia, de la de sus padres, de sus abuelos, de lo que han vivido, de los pormenores del trabajo (o del paro) de sus padres, que escriban sus experiencias en este encierro. Que vean fotos antiguas y de cuando éramos pequeños. Que vean la importancia del valor del aquí y el ahora. Enseñarles que el pasado sirve para no repetir errores y el futuro es una incógnita que construir, pero que siempre nos queda, les queda, el presente. Que hagan esas mil cosas que “haré un día de estos cuando tenga tiempo”. Que se aburran, por favor, que se aburran, que es muy sano. Que toda investigación viene de la curiosidad suscitada por la observación atenta de la realidad. Y que descubran, de paso, el valor del silencio. En una generación crecida a golpe de estímulo, en la que los padres hemos acabado siendo casi los animadores socioculturales de nuestros hijos, y de las mil actividades que todos hacen, ahora toca parar. Y eso, ¿les hará bien? ¿les obligará a pensar? ¿hemos sido capaces de hacerles ver la diferencia entre lo urgente y lo importante?
Les escucho. Me sorprendo con que algunos me han dicho que no quieren volver a lo de antes. Que madrugar es duro. Que ir a escuchar a profesores que dan sus materias sin mucho calor no tiene mucho sentido. Que ahora están con sus padres más y mejor que nunca. Que han aprendido a jugar al mus. Que han visto conciertos y que alguno ha ido a la ópera, por primera vez. Otros han descubierto que se puede viajar mejor desde el salón de su casa. Alguno ha desempolvado la vieja guitarra. Y alguno hay, incluso, que se ha atrevido a ojear ese libro del estante… Alguien me ha dicho que ha descubierto ¡¡¡¡que hay mucha vida dentro de casa!!!!! Muchos se han sentido queridos, más que nunca. Porque muchos de los adultos les hemos dicho en estos días que les queremos, que son lo más importante de nuestras vidas. Y claro, no quieren volver a la vida normal. Normal, yo tampoco.
Tengo alumnos que creen que están casi de “vacaciones”, pero sin viajar, en los que apenas se nota la incidencia, más allá de la soledad no buscada y del trabajo escolar vertebrador de los días. Pero incluso para ellos, la sensación de pérdida de sus amigos es real. Muchos lo están llevando muy bien a través de la pantalla, pero ¿es lo mismo? ¿Es igual sentir un apretón de manos o una palmada en el hombro o uno de esos empujones amistosos que se van dando por las esquinas, es lo mismo? Alguno echa mucho de menos la trama afectiva… ¿servirá para mejorar sus habilidades sociales en el futuro?
A otros les ha tocado madurar antes de tiempo. Es lo que hay. Padre o madre (o ambos) en servicios esenciales, fuera de casa. Chicos solos o a cargo de un hermano, sin poder contar con adultos. ¿Y los que están luchando con la enfermedad en la persona de sus padres o abuelos? ¿Cómo va a ser su vida adulta? ¿Cómo ayudarles a encajar el duelo en soledad? Hay heridas que tardarán mucho en ser cerradas. Otras lo harán en falso y se reabrirán en una ocasión adversa. ¿Serán capaces de recuperar la esperanza?
También tengo alumnos que han visto cómo el desamor es más duro cuando no se puede uno ir a dar una vuelta y cambiar de aires. Que no siempre la vida es un cuento de hadas. Que la peli no termina con un beso, sino con un adiós endurecido, que la convivencia es muy difícil… ¿serán estos chicos capaces de construir una relación estable? ¿Qué valor tendrá para ellos la idea de familia después de esto?
Muchos han visto estos días que ganarse la vida es duro. Y que el trabajo puede escasear y con él el dinero. Y que por qué no me ha tocado la parte del pastel que me encanta… Que nuestras casas tal vez sean muy justas para ser habitables. Que algunos no han visto el sol en muchos días. Que existe el paro, la soledad, la muerte y que ésta tiene nombre y apellidos y rostro. Que somos humanos, que no somos súper hombres. Que la ciencia no lo puede todo, que hay ciertos límites que el hombre no puede superar. Que tenemos que abrirnos a lo trascendente. Que hay que buscar el sentido. ¿Podrán creer que la vida es bella y merece la pena en cualquier circunstancia? ¿Abrirá sus vidas esta experiencia a la trascendencia?
¿Hemos puesto una carga demasiado pesada para hombros desentrenados? El tiempo nos dirá si la resiliencia es suficiente para vertebrarlos o, si, por el contrario, se producirá un repunte de hedonismo, ¿será otra oportunidad desaprovechada?
¿Servirá lo vivido para que los chicos y chicas entiendan el valor de las conquistas sociales y conciban la política como vocación de servicio al bien común? ¿Habrán de salir buenos y honrados ciudadanos de este momento histórico?
Los padres, los educadores, inmersos en nuestros problemas, nuestras angustias, ¿les estamos escuchando? ¿Sabemos dónde está la cabeza y el corazón de nuestros hijos, de nuestros alumnos?
La experiencia de vacío nos enfrenta a nuestra propia identidad y nos pone ante la pregunta por el sentido. No se la ahorremos a nuestros hijos y alumnos.
¿Cuál será la evolución de esta generación? Si nosotros ya no somos los mismos cuando volvamos, ¿cómo será el mañana de nuestros jóvenes en edad escolar?
Parémonos a escuchar su voz en medio de los ecos de estos momentos. Ellos son los que van a configurar el mundo en el que ya no habitaré yo. De ellos es el mañana. Escuchémosles e intentemos entender qué les pasa y qué mundo van a contribuir a formar…cuando esto termine…e impliquémonos con ellos en la búsqueda.
La “nueva realidad” nos está esperando. Ojalá sea eso, nueva realidad. Debemos buscar juntos el modelo de sociedad que queremos, debemos hacerlo. Recordemos que se deben tener los pies en la tierra, fuertemente enraizados en los valores que nos vertebran como sociedad, identifiquémoslos y valoremos el precio que estamos dispuestos a pagar para conseguirlos y mantenerlos. Y, a la vez, seamos capaces de ilusionarnos, de extender las alas para remontar el vuelo. Os necesitamos, jóvenes. El mundo está en vuestras manos. Os pertenece el futuro. Haced una buena lectura de lo que habéis aprendido estos días. Confiamos en vosotros.
Esta será la mejor de las consecuencias que pueda tener lo vivido en esta, vuestra generación coronada.
Que así sea. Por el futuro de todos.
Torrelodones, 4 de mayo de 2020

