Mi abuelo, Jesús Román, sastre procedente de Palo (La Fueva) que aprendió el oficio en Barcelona y luego probó suerte en París hasta que estalló la Guerra Civil y decidió instalarse en Barbastro, cuentan –murió muchos años antes de que yo naciera– que era un hombre con bastante guasa y le encantaba gastar bromas. Siempre que viajaba a Barcelona para comprar género para la sastrería, pasaba por tiendas de artículos de risa y se traía todo tipo de artilugios que no se veían por aquí.
En uno de esos viajes a la Ciudad Condal allá por 1956 descubrió en una tienda dos espejos muy curiosos, uno con la luna cóncava y otro convexa, que deformaban la imagen según te veías en ellos. Con lo que debió pensar: “esto a la gente de Barbastro le va a gustar”. Y acertó. Pidió que Transportes Viñola se los trajera y los puso primero dentro de la Sastrería Román, que estaba situada en los bajos de casa Palá, donde ahora está la pastelería Biarritz Albás. Y luego le pidió al carpintero Martín Pera que los enmarcara, para poder ponerlos de cara a la calle y que resistieran mejor a la intemperie.
El éxito fue rotundo y duradero, ya que casi todos los barbastrenses de una cierta edad se acuerdan de buenos ratos frente a ellos. Carmen Clavero, del Estanco Avenida (Paseo del Coso, 1-3), recuerda como ella y su padre escuchaban desde dentro de su comercio las carcajadas de la gente que se arremolinaba ante los espejos. Gerardo y Pilar Encinar, de la Librería Moisés, que durante muchos años estuvo situada pared con pared con la Sastrería, recuerdan como su padre, Ricardo Encinar, les contaba la divertida anécdota de que una mujer se rio tantísimo al verse en esos espejos que no lo pudo evitar y se hizo pis encima.
“Pasar por delante de los espejos de la Sastrería Román era una virguería, una atracción de feria, un juego de la geometría que reflejaba figuras deformes”, escribió hace unos años Francisco Molina. Esos cristales devolvieron el reflejo de cantidad de militares que por aquél entonces ocupaban el cuartel General Ricardos de Barbastro, gente de los pueblos que bajaba en autobús a la Estación, el mítico guardia urbano Portella, que dirigió el tráfico durante muchos años en ese extremo del Paseo del Coso y muchísimos niños que se apiñaban ante ellos muertos de la risa.
Mi abuelo murió en 1969 y las riendas de la Sastrería las cogieron mi padre, Jesús Víctor Román (también conocido como Romané), y mi madre, Conchita Fierro. Adaptándose a los nuevos tiempos decidieron transformarla en una moderna tienda de telas. Pero aunque los modas cambiaban y las costumbres también, los espejos seguían siendo una parada obligatoria para muchas familias. “Vienen a mi memoria los paseos dominicales por Barbastro junto a mis padres y hermano. Mientras mi madre se paraba a mirar el escaparate de Textil Román, nosotros nos divertíamos mirándonos en aquellos dos míticos espejos y nos reíamos viendo cómo nuestros cuerpos se deformaban, engordando o adelgazando”, rememora Fernando Torres, alcalde de Barbastro. “Recuerdo la cantidad de críos que se paraban delante de los espejos cuando bajaban del colegio Los Escolapios. De hecho yo mismo hacía lo mismo de pequeño. Los domingos después de misa íbamos al Carré a comprar chucherías y a mirarnos en los espejos de Román”, cuenta Javier Cía, miembro en activo de la Policía Local de Barbastro.
Y tanto llamaban la atención que incluso sobrevivieron a un intento de robo. Allá por los años 80 vino un grupo de rock a tocar a Barbastro. “La banda salió a dar una vuelta por el pueblo y cuando vieron los espejos se pasaron ratos y ratos mirándose en ellos, lo que llamó la atención de Adrián Morán, el entonces jefe de la Policía Local –me cuenta mi padre–. Esa misma noche el agente pasó por delante de la tienda y ¡zas!: los espejos habían desaparecido. Así que cogió el coche y a toda velocidad fue a ver si veía a los ladrones. En esas se encontró la furgoneta de la banda que acababa de tocar ya saliendo de Barbastro, los paró y efectivamente llevaban dentro los míticos espejos, así que no les tocó otra que devolverlos”.
Desde 1992, año en que mis padres cerraron definitivamente Textil Román, los famosos espejos duermen en un almacén. Aunque durante unos días en 2017, los hermanos Encinar, de la Librería Moisés, decidieron rescatarlos del olvido y colgarlos delante de su fachada con motivo del Día del Libro. “Fue un éxito. Se paró muchísima gente joven a hacerse fotos con el móvil delante de ellos”. Y es que aunque el mundo ya no es el mismo desde que Jesús Román pasara por aquella tienda de Barcelona donde descubrió aquellos curiosos espejos, en el fondo nos sigue sacando una sonrisa algo tan simple como ver nuestros reflejo distorsionado.

