Dice el poeta Manuel Neila: “Son la voz de la tierra, las palabras”. Con esa voz ha compuesto un libro de título para mí premonitorio, pues, sin saberlo yo aún en Soria, donde pude hacerme con un ejemplar en Expoesía,anunciaba lo que traerían los incendios que sobrevendrían unos días después en Jaca, en los lugares amados ysagrados, durante la Feria del libro de esa ciudad y bajo una nube de humo, en la caseta de Olifante Ediciones de Poesía, entre cuyas novedades se encontraba su antología poética La llama y la ceniza (2026) que, con un bello prólogo del también poeta Javier Lostalé, nos sumerge en “las estancias vacías de la noche” que quedan al descubierto del material ignífugo del sueño, en el tránsito de lo diurno (“Existir es arder; /vivir, quemarse”) a lo nocturno:
TRÁNSITO
A la orilla del tiempo
te detienes. La brisa
reviste de oro viejo
los follajes del alba.
¿Quién respira? El sol
pulsa el arpa del cielo.
Floración imprevista
de la luz. Ni sorpresa
ni júbilo: desnuda
celebración del tránsito.
Figuración del poeta como un “ser de paso”, un “transeúnte” que visita de manera asombrada la belleza y a la vez es un “hombre que dialoga con sus sueños” en ese camino donde lo precario de la existencia humana constituye su mayor certeza:
“Entre la precariedad del existir y la conciencia de la precariedad del existir existe un litigio de lindes que solo se resuelve en los tribunales de la poesía».
Transitar la existencia bajo las cenizas de todo lo que ha ardido es mucho más llevadero cuando nos acompaña la buena poesía, desde luego, esa que se construye con las palabras que son la voz de la tierra, como las de La llama y la ceniza de Manuel Neila.

