“La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo” (Quijote I, IV). Así da comienzo Cervantes al capítulo que da cuenta “De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta”. La elipsis del sustantivo hora, que confiere la máxima relevancia a la palabra alba, ha pasado a constituir un lugar común temporal, “la del alba”, ampliamente empleado y bien conocido por todos. Parecería que al ilusionado caballero, de tanta felicidad, le resultara insoportable esperar a que acabase la noche, de tan impaciente por iniciar sus andanzas.
En la primitiva lírica de las lenguas romances, la del alba era la hora jubilosa de los encuentros amorosos, lo que dio lugar al origen de un género, muy tratado en la poesía occitana, cuyas composiciones eran conocidas en provenzal precisamente con el nombre de albas. En la península, las alboradas (la llegada del amor) o las albadas (la separación de los amantes) son composiciones que expresan, como se ha dicho, alegría o tristeza según se trate del encuentro o la despedida de los enamorados[i]; pero también el amanecer es el momento místico por excelencia, por lo que muchos poemas religiosos aluden a este instante mágico que simboliza la renovación espiritual. Al alba se produce ese “tiempo intermedio” en el que el velo entre lo terrenal y lo sutil se adelgaza hasta rasgarse. Representa el triunfo de la luz sobre las tinieblas, y posee la energía de los nuevos comienzos; la del alba es la hora sin ruido psíquico, la hora sagrada de la claridad y la verdad, de la pureza y la blancura (albus = blanco) donde lo oculto se revela gracias a esa apertura de los portales místicos. Y es, también, el momento en el que el sueño resulta más profundo y sus imágenes más vívidas y fáciles de recordar.
Por eso, quizás, nos resulta tan chocante que la del alba sea también la hora luctuosa de los ajusticiamientos, la de los recuerdos de los perdedores y los reos, como sucede en Crónica del alba de Ramón J. Sender, la hora de las ejecuciones: el título de la célebre canción de Luis Eduardo Aute, “Al alba”, convertida en un himno contra la dictadura y la pena de muerte, recuerda precisamente aquellos últimos fusilamientos del franquismo, que tuvieron lugar en 1975.
Posiblemente las ejecuciones se realizaban al alba para evitar disturbios, en la hora más quieta, la del sueño profundo del que solo los enamorados se zafaban, para despedirse o encontrarse.
La larga tradición de las albadas en el folclore aragonés llega ampliamente hasta nuestros días[ii], y para terminar esta brevísima incursión literaria y musical, acudo a la entrañable –y guerrera– Albada de Labordeta:
Las albadas de mi tierra
se entonan por la mañana
para animar a las gentes
a comenzar la jornada.
Que así sea, y que para eso sirvan las albadas.
[i] Véase, del catedrático de literatura en la Universidad de León Armando López Castro: https://barricadaletrahispanic.blogspot.com/2012/04/el-alba-en-la-tradicion-poetica-romance.html
[ii] Por ejemplo, está en el nombre mismo de la Agrupación Folclórica Aragonesa “Aires de Albada”.




