Decidir en escasos segundos quién cede el paso en la acera de la calle General Ricardos se ha convertido en un gesto de cortesía imprescindible para el viandante barbastrense. De lo contrario, se corre el riesgo de quedar atrapado en la estrechez de la acera o de verse obligado a poner un pie en la calzada; un desplazamiento lateral no exento de peligro cuando coinciden un bordillo elevado, el tráfico rodado y algún patinete despistado.
La escena se repite una y otra vez en los tramos más angostos de acera de cualquier calle céntrica de la ciudad. Los encontronazos entre peatones, en la mayoría de las ocasiones, se resuelven con un “pase, pase” o con un leve cabeceo que indica la cesión del paso. Es el código que activa mentalmente la luz verde que permite avanzar, como un semáforo invisible que regula el tránsito peatonal, y que vuelve inmediatamente al rojo cuando llegan los siguientes caminantes, obligados a repetir el mismo ritual.
Todas estas piruetas para moverse a pie por la ciudad –no digamos en silla de ruedas o con un carrito de bebé– nos devuelven a una época en la que el urbanismo mimaba al coche e ignoraba al peatón. El ejemplo de General Ricardos en el tramo comprendido entre las calles Romero y Argensola es paradigmático de esta situación: resulta más fácil detener unos minutos el vehículo en la calzada sin interrumpir el tráfico que pararse en la acera a saludar a un vecino sin taponar la circulación peatonal.
Las calles y la movilidad de Barbastro nos anclan en el ayer. Mientras otras ciudades han optado por pacificar el tráfico, ampliar el espacio para el peatón o fusionar calzada y acera eliminando barreras, aquí seguimos sorteando transeúntes como en una gincana. Basta con recorrer la Gran Vía de Zaragoza, el Coso de Huesca o la calle Santa Bárbara de Monzón para comprobar cómo otras ciudades han ido adaptando sus espacios urbanos al peatón.
Barbastro se ha quedado al margen de este cambio. Aquí se ha decidido que debemos seguir instalados en los años noventa del siglo pasado y caminar en fila india por unas aceras insuficientes. ¿Reformar las calles para hacerlas más humanas y accesibles? Ni hablar.
En la película Regreso al futuro, de Robert Zemeckis, Marty McFly lucha por volver a su tiempo desde un pasado que no es el suyo. No le vamos a pedir al Ayuntamiento que viaje al futuro -innovar sería pedir mucho-; bastaría con que aterrizara en el presente, como en la película, y echara un vistazo a lo que se hace ahí fuera.



