Se dice que la Noche de las Ánimas, el Samhain celta, el Día de Muertos amerindio o la festividad cristiana de los Difuntos, las almas del Purgatorio que no han encontrado su camino hacia el Cielo, rasgando el invisible velo que separa ambos mundos, vuelven a entrar en contacto con los vivos, pero en ninguna parte se menciona que puedan hablar con ellos.
Todo lo que quedó sin arreglar en vida quedará, por lo mismo, sin posibilidad de solución o reparación tras la muerte, por más que nuestros difuntos se empeñen en volver. Lo único que, encendiendo candelas, podemos hacer los que estamos aún aquí es tratar de guiar a las almas errantes hacia su destino eterno. Porque lo que nos asusta de esta festividad no son los horrorosos disfraces de Halloween, más cercanos a la sátira o al esperpento que a la sacralidad de los ritos ancestrales, sino el hecho incontestable de que únicamente vuelven las almas en pena y, además, mudas.
No está claro, entre las varias tradiciones que conozco al respecto, si las ánimas oyen, sin embargo. Según se dice, hay un periodo de tiempo tras la muerte en el que pueden escuchar a los vivos, aunque no contestarles. Esto, para el que se ha quedado con algún sentimiento de culpa o con algo importante por decir, podría servir de alivio, pero no para quienes se quedaron esperando una explicación o una respuesta que jamás llegó.
No es su silencio un helado castigo. Tampoco una respuesta de retraimiento ofendido. No aplican con su mutismo una “ley de hielo”, ni menos aún supone una “retirada emocional”. La imposibilidad de hablarnos es de una envergadura trascendental o metafísica, porque incluso regresando al mundo terrenal contra todas las leyes conocidas de la ciencia, lo hacen sin voz, sin el humano don de la palabra. Y, a pesar de todo, no están inanimados, sino que vienen, se mueven, vuelven. La impresión de su presencia puede ir acompañada de un aroma familiar, un extraño reflejo, la sensación del toque helado de una mano, la llamada de un ruido o algún roce de pasos… pero ni una palabra. Ni una palabra sola.
No me extraña que vuelvan si, al igual que de vivos, son incapaces de desengancharse de aquello que los lastimaba, con la absurda esperanza de que lo otro, o los otros, podrán, un día, cambiar. No es extraño que vuelvan los que, cuando en vida expusieron verbalmente sus sentimientos, fueron acusados de hacer chantaje emocional, y cuando callaron, de castigar con el silencio… Parece que, de vivos y de muertos, somos adictos a las mismas trampas. Prendamos una vela por ellos, y por nosotros.



1 comentario
. Yo lo he recibido siempre y noto como un sonido de ‘hola, estoy aquí, bien y cerca de vosotros’, me dicen; ¡¡me impresiona, pero me hace feliz!!, porque recibo el amor que tanto necesito expresarles y que podré hacer cuando me reúna con ellos en su plano actual. Desde ambos mundos unión paz y bendiciones. aa