Antón Costa defendió esta mañana, durante su intervención en el Foro Rural Somos Litera, que la llegada de población extranjera tiene efectos positivos a corto y medio plazo sobre la economía y el empleo, pero advirtió de que su rápido crecimiento obliga a reforzar la vivienda, la educación, la sanidad y las políticas de integración. El presidente del Consejo Económico y Social de España (CES) puso el foco en cómo gestionar esa nueva realidad demográfica y en los retos que plantea la inmigración en Binéfar y en otras pequeñas localidades.
Costa puso cifras a la transformación experimentada por España en apenas dos décadas y media. El país ha pasado de ser fundamentalmente emisor de emigrantes a contar con alrededor de diez millones de personas nacidas fuera y se sitúa, en términos absolutos, como el cuarto del mundo, por detrás de Estados Unidos, Reino Unido y Alemania.
La singularidad, destacó, está también en la velocidad del cambio. Mientras otros grandes países receptores llevan más de medio siglo gestionando importantes flujos migratorios, España ha tenido que afrontar esa transformación en poco más de veinte años.
La inmigración también está cambiando el medio rural
El fenómeno empieza además a modificar el mapa demográfico. La inmigración, que hasta hace pocos años se concentraba especialmente en Madrid y la franja mediterránea, se está extendiendo hacia pequeñas ciudades y zonas rurales.
Costa señaló que ese flujo está contribuyendo a “renovar demográficamente” numerosos territorios. Mientras continúa la salida de población del medio rural hacia las grandes ciudades, la llegada de inmigrantes está compensando esa pérdida e incluso aumentando el número de habitantes en determinados lugares.
El balance que ofrece el CES es positivo. “Los efectos de corto y medio plazo nos salen positivos”, afirmó Costa al referirse tanto al ámbito laboral y económico como, en términos generales, al social.
Sin embargo, esos datos conviven con un cambio que preocupa al presidente del Consejo: la percepción social de la inmigración está variando con rapidez. Las encuestas españolas y europeas muestran, explicó, “un giro muy importante” en la actitud de los ciudadanos hacia el fenómeno migratorio.
Costa planteó entonces una de las preguntas centrales de su intervención: si los impactos son positivos, ¿por qué empeora la percepción?
Para explicarlo recurrió al denominado teorema de Thomas: aquello que una persona o un grupo social percibe como real termina teniendo consecuencias reales en su comportamiento. Según el análisis expuesto por Costa, esas percepciones se vuelven más preocupantes en los lugares donde existe una mayor concentración de población inmigrante.
Vivienda, educación y sanidad, el principal reto
Ahí situó una de las principales carencias de la gestión realizada hasta ahora. Costa explicó que España ha incorporado durante estos años a un volumen muy elevado de población sin prestar la misma atención a las consecuencias sobre determinados servicios públicos.
Educación, sanidad y vivienda fueron los tres ámbitos que citó expresamente. “Creo que tenemos que poner el foco en ese punto ciego, especialmente en comunidades como Binéfar”, afirmó.
Su advertencia no cuestiona el efecto positivo de la inmigración sobre la economía. El problema, según planteó, aparece cuando el crecimiento de población no va acompañado de vivienda suficiente, recursos públicos y políticas capaces de favorecer la integración.
Costa diferenció además las responsabilidades de cada administración. La Unión Europea actúa fundamentalmente sobre las fronteras y el Estado regula cuestiones como la residencia o la nacionalidad, pero la integración real se juega en las comunidades y en los municipios.
“El esfuerzo que hay que hacer en el ámbito de las comunidades, de las pequeñas localidades” será, aseguró, extraordinario no solo durante los próximos años, sino durante las próximas décadas.
El reto llegará también con los hijos y nietos
El presidente del CES puso finalmente la mirada en las siguientes generaciones. La primera, explicó, compara las oportunidades que encuentra en España con las que tenía en su país de origen. Sus hijos y nietos, en cambio, compararán sus expectativas con las de los ciudadanos autóctonos de su misma generación.
Es ahí donde, según recordó a partir de la experiencia de otros países europeos, pueden aparecer mayores dificultades de integración si las oportunidades no son equivalentes.
El desafío, por tanto, va más allá de cubrir puestos de trabajo o compensar la pérdida de habitantes del medio rural. Para Costa, España tendrá que conseguir que una inmigración que ya contribuye a la economía y a la renovación demográfica encuentre también vivienda, servicios públicos y oportunidades suficientes para integrarse plenamente en la sociedad.
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