Hay martes aparentemente normales, con su justa cuota de jubilados apocalípticos, de juventud irreverente y de acelgas en la perola en los que uno se pregunta si la vida solo consiste en administrar pequeñas decepciones. Y sin embargo, si el día siguiente es miércoles de cine raro le entran a uno ganas de conquistar Perejil al alba con ligero viento de poniente. Puede que sea por esa agradable sensación de compartir oscuridad con tus conmilitones, cuando entras con los prejuicios bien amarrados y sales sin atreverte a decir lo que piensas, más por miedo a la insurrección colectiva que al diagnóstico médico. También puedes abandonar la sala sin haber entendido nada, lo cual constituye una forma bastante honrada de conocimiento y, al cabo, es lo que les pasa a toda esa cuadrilla de indocumentados que no piensan lo mismo que tú.
El cine raro puede ser una forma bastante sospechosa de cultura cuando viene gente dispuesta a emocionarse, aunque también haya insensibles que solo quieran confirmar que el mundo sigue siendo exactamente como lo habían dejado. En ambos casos es una temeridad, así a lo loco, sin haber leído ninguna app que te diga en qué lado termina un triángulo. O una provocación, sobre todo cuando te preguntan de qué va o te dicen, tras un plano fijo de siete minutos, que el tempo no es convencional. En esencia solo es un desafío al mercado, ese lugar con guiones repetitivos en el que cualquier dislate termine siendo una serie de ocho capítulos.
Para no reincidir este primer cuatrimestre va a ser todo comedia, que programan un spaguetti western y los acusan de polarizar. Podríamos hacer una sesuda crítica de cada película, pero entre que no las hemos visto (es verdadera devoción lo que tienen en el cine raro por la sorpresa) y que si le pasas a la IA el título de una peli y cuatro esdrújulas, fácil que te caiga un Planeta (o un planeta), y no estamos para correr riesgos innecesarios. Además, si la has visto ya sabes cómo termina y eso no es ético, ni cívico, que te ven reírte después del mondongo que se ha montado al atropellar a la chica de la carretera del bosque por la noche y se creen que estás mal del bolo.
En octubre, cuando aún es de día a las seis de la tarde, la gente empieza a desear feliz Halloween y Murakami sigue sin ganar el Nobel tenemos Segundo acto, comedia de enredos franceses, valga la redundancia. Va de un lío de esos que pasan en las películas y no en el Melo, pero te ríes más habiendo bebido menos, situación, qué duda cabe, meritoria.
En noviembre caen las hojas amarillas, cantaba el gran Bambino, y en los miércoles cinerrarunos cae Puan, comedia argentina en la que hay filosofía, universidad y la lucha por una plaza docente, ingredientes perfectos para demostrar que filosofar es importante, pero conseguir un puesto fijo lo es todavía más. Descartes se hubiese identificado…si hubiese conseguido presentar la documentación por triplicado. Ideal si eres argentino y necesitas somatizar, de una vez, la final del Mundial.
En diciembre, tras las elecciones, cuando media España sueñe con sumar hasta 176 y la otra media con que los años pasen rápido, pues para muchos hiperventilados los últimos años han sido años perro (por la duración, digo), llegará Ninjababy, irreverente comedia noruega que se ríe de las expectativas sociales, la inmadurez y el pánico a convertirse en adulto, ¿le suena? Pase lo que pase, si piensas en el bebé de Trainspotting, ni tan mal.
Ya en 2027, uf, Bugonia, de Lanthimos, uf,uf. Va de dos conspiranoicos que secuestran a una poderosa empresaria convencidos de que es una extraterrestre empeñada en destruir la Tierra, que de esos ya hay unos cuantos (de lo segundo, no de lo primero) La película es una sátira negra en la que la paranoia, el capitalismo y la estupidez humana compiten por ver quién resulta más alienígena. Tablas. Argumento, el de la vida extraterrestre de escasa actualidad, pues convendrá conmigo que desde que la gente pasa el día abocinada al móvil se han extinguido las avistaciones extraterrestres y las apariciones marianas. Y es que vamos patrás, pero con batería.
Si quieres saber qué hay, tendrás que venir. Ya terminarás la trilogía de la iridiscencia otro rato.


