Parece que fue ayer, sigue vivo en la memoria como si lo fuera, pero hace ya un año de los terribles sucesos que acabaron con la vida del guardia civil José Antonio Pérez Pérez, aquella aciaga tarde del 4 de marzo de 2016.
Una de las peores que recuerdo.
Actos de carácter público y privado han honrado su recuerdo en el aniversario de su muerte. Hemos revivido pasajes de nuestras vidas ligadas a la suya, refrescando su lado más humano, más social, las acciones y momentos a su lado. Todo lo que nos evoca su figura.
Pero como una nube negra, sobre su recuerdo se alzan los quiebros del Derecho que han hecho posible que, a día de hoy, el autor de su muerte goce de una temprana e inexplicable libertad que él mismo negó a Pepe al quitarle la vida.
Todos queremos recordarle, sí; se nos pide que no caiga en el olvido, sí; estoy seguro de que eso sucede cada día, pero para lo que no estamos en absoluto preparados es para que ese recuerdo nos golpee la cabeza cada vez que vemos por la calle a quien nos lo arrebató.
Así no queremos recordarle. No hay nada más alejado de los sentimientos de justicia y rectitud que nos evoca su memoria que la situación con la que estamos obligados a convivir, sin él y con quien le quitó la vida paseando su indolencia por las calles de Barbastro.
Podemos invocar una mayor firmeza y dureza sobre la actitud de los menores al volante y bajo los efectos de sustancias, pero todo suena estéril cuando, a poco que el viento sople favorable, nuestras palabras puedan ser escuchadas desde el salón de su casa por quién aprovechó esas dos circunstancias para acabar con un hombre bueno sin que el Derecho haya sido capaz de hacer mucho para remediarlo.
Claro que habrá quien dé cumplida explicación procesal a la libertad de quien segó su vida de forma cruel y despiadada, eso ya lo sabemos, como sabemos que cualquier justificación de lo sucedido, por legalista que sea, no hace más que agrandar la diferencia que a menudo existe entre el Derecho y la Justicia.
Nos duele demasiado que el recuerdo a nuestro amigo, vecino y compañero tenga que venir marcado por la figura, en nuestras calles, de quién nos lo arrebató sin haber pagado por ello.
Parece que fue ayer, sigue vivo en la memoria como si lo fuera y sabe Dios que no caerá en el olvido, pero queremos recordarle por lo que fue y por lo que hizo.
No por lo que queda por hacer.

