El salto de Bierge

¿Para qué tanta reunión si no hay solución?
Este verano vi la fotografía de una reunión, celebrada en la comarca, donde asistieron representantes de muchos organismos para tratar de poner orden en el caos surgido en torno al salto de Bierge. Se acordó posponer la solución para el año que viene…
Lamenté que hubieran invitado a la Guardia Civil, pues creo que su cometido no es deliberar sobre soluciones a adoptar, ni estudiar estrategias políticas que deban o no posponerse. La Guardia Civil se limita a hacer cumplir las leyes que los políticos aprueban. Decía Ortega que la policía es el bíceps del Derecho. Eso pienso de la Guardia Civil.
Pero los políticos no saben qué norma urdir para atajar el problema, y se han dado el plazo de un año para reflexionar y de paso concienciar al personal de que hay que respetar el entorno. Mientras tanto los turistas, venidos a manta de otras regiones, saben que no hay deber, y en ellos hay deseos y acción que todo lo estropean…
Es probable que con tanto organismo público en funcionamiento se ignore cual es el competente para atajar la vergüenza del salto de Bierge. Yo tengo mis dudas: por allá asoma el organismo de Medio Ambiente; a lo lejos se divisa el de Sostenibilidad, y a su lado el de Movilidad… Porque en Aragón hay una Consejería de Vertebración del Territorio y Movilidad. El problema es que la gente en el salto de Bierge no se mueve, es un asunto de inmovilidad, luego no cmpete a la Consejería de Movilidad, sino a la contraria…
Hay que crear una Consejería de Inmovilidad. ¡Me la pido!
En el franquismo cuando la policía veía en la calle una aglomeración no permitida de personas, se acercaba a los congregados y les decía aquello de “¡Circulen!”. Lo del salto de Bierge se arreglaría diciendo “circulen” a quienes toman el paraje como si fuera el cuarto de estar de su casa. Pero ¿quién le pone el cascabel al gato?

Este verano, en el Tirol italiano, visitamos el precioso lago de Carezza, donde los Dolomitas espejean su silueta. La imagen de los Dolomitas reflejados en el pequeño lago es una de las postales más vistas. En verano es visitado por miles de personas cada día, y bastantes menos al atardecer que es cuando estuvimos; el lago está a 50 m de la carretera y al otro lado de ésta hay un gran aparcamiento junto a una tienda y restaurante. El lugar está protegido por una simple valla de troncos de abeto. Nadie se baña, ni tira basura, ni pone sillas, ni grita…
En nuestro apacible paseo topé con el único vestigio de basura: una pisoteada gamuza de limpiar gafas de algún chino, o japonés… Quizás coreano, que hay muchos por todas partes.
La recogí, la lavé y ahora la uso para limpiar mis lentes. La he reciclado; era la única basura de Carezza. Y todos los días, cuando limpio mis gafas me acuerdo de aquel entrañable lugar, sorprendente y respetado.
Pedro Nono
La obstinación en el no de Pedro Sánchez me recuerda aquella antigua frase “No se puede vivir instalado en el no”, repetida como un mantra por los socialistas contra Aznar en el 2003, cuando se negó a dar más competencias a Cataluña. El eslogan, machaconamente reiterado, cuajó en el habla político español y pasó a ser usado contra cualquier persona no progre que osara mentar un “no” ante cualesquiera circunstancia. Son los efectos facilones de los eslóganes: se mastican enseguida y se usan sin necesidad de pensar o argumentar lo que se piensa.
Por aquel entonces fui invitado a una tertulia radiofónica local, y tras exponer mi opinión negativa sobre algún asunto (que ahora no recuerdo) un tertuliano sentado a mi vera me espetó malhumorado aquello de “No se puede vivir instalado en el no”…
Paradójicamente los autores del eslogan viven ahora instalados en el no, y queda por ver las consecuencias de esta estadía.
Los eslóganes son jaculatorias de corto recorrido, como cometas celestes, pero en su y en su efímero pasar producen indudables efectos. Y luego se olvidan, como los cometas.
Post Data: este artículo se escribió tres semanas antes del reciente Congreso a resultas del cual dimitió Pedro Sánchez



