Amaneció Rodrigo Cuevas al concierto cantando en la caja de un todoterreno y tenía algo esa aparición de western y de Mad Max, cuando el mundo conocido deja paso a uno nuevo y las reglas del juego van cambiando mientras se camina. El artista pedía que se demostrarán la ganas de vivir y el público sabía que empezaba la fiesta, la risa y el calor, como si quisiese compartir el secreto para dejar de conjugar la felicidad siempre en tiempo pasado, esa triste costumbre. Arengó a los cronopios del fondo para que se acercasen a sus semejantes, pues no había cartujos, ni famas ni conversos en aquel monasterio. Defendía la toponimia, criticaba formas de agricultura que parecen incuestionables, mezclaba el regadío y las tibias humedades, la afinación y la sirena de un barco, la romería y la verbena, la ronda y la rave, sorprendente coyunda de antónimos huérfanos.
Y cantaba, claro, cantaba. El folklore agitado, no removido, ora bloody mary, ora molotov, se adentra por caminos en los que hay dragones, injusticias y bosques, pero también antepasados o un sintetizador en la niebla. Recordaba a Rambal, maricón de nacimiento, vindicación de la libertad por encima de modas y dignificación del léxico popular que describe sin ofender o mezclaba sin complejos el castellano y el asturiano en esa canción del verano (de tu vida) que es Cómo ye. Podría glosar cada una de las canciones, pero da mucha faena licuar adjetivos y, ejem, la death line del periódico, que no perdona. Entre nosotros: una crónica, al día siguiente, es actualidad; hasta el mes, historia contemporánea (la mejor pagada) y a partir del mes, historia antigua. Y faltan solo seis días.
Hacía falta un tipo como Rodrigo Cuevas en la música española, alejado de la irreverencia mainstream o de la sexualidad lela que tanto divierte a depilados, iconoplastas y separadas. Un músico que mira la tierra sin complejos ni servidumbres, un forastero en madreñas que sabe dónde pillar wifi, un partisano del folklore que retoza con la electrónica. En realidad no existe gente adelantada a su tiempo, sino canarios en la mina. Son esas personas que advierten antes que los demás hacia dónde va el mundo mientras otros viven en el pasado, esa arcadia feliz en la que todo está en su sitio y uno cree tener siempre razón.
¿Se imaginan un concierto como este aquí? Yo tampoco.




