¿Alguna vez has sentido que sabes cosas, entiendes matices y puedes hilar ideas, pero nadie te deja decirlo todo?
Infinitud de exámenes que exigen memorizar un océano de información para luego vomitar solo unas gotas en un papel. Conversaciones donde te interrumpen antes de que termines, correos que te obligan a resumir hasta la esencia mínima, reuniones que acaban antes de que tengas tiempo de explicarte. Y, a veces, ni siquiera puedes expresar tus emociones ante una escena injusta; sientes rabia, tristeza o indignación, pero no te permiten hablar, y esa imposibilidad quema por dentro.
Es doloroso ver cómo tu mente se expande, pero tus palabras quedan atrapadas. Se nos exige retenerlo todo, pero solo podemos mostrar una fracción de lo que sentimos y pensamos. Cada límite, cada recorte, es un recordatorio de que la riqueza de nuestra mente no encaja en sus marcos.
Y duele porque la complejidad, la duda, la contradicción, los errores, todo lo que hace que el pensamiento sea humano, se pierde en la reducción. Queremos explayarnos, mostrar nuestras ideas en toda su dimensión, dejar que respiren, que crezcan. Pero rara vez se nos permite.
Hablar y escribir no es solo comunicar; es desplegar la mente, permitir que las ideas y las emociones existan plenamente. Limitar esto no es solo injusto; es un ataque a nuestra curiosidad, nuestra creatividad y nuestra humanidad.
Todos necesitamos reclamar el derecho a explicarnos por completo. Porque mientras nos obliguen a callar o a comprimir nuestra voz, una parte de nosotros seguirá atrapada, invisible y perdida, como si nunca hubiera existido.
¿Hasta cuándo seguiremos dejando que nuestros pensamientos y nuestras emociones se encojan para caber en los límites de los demás?
¿Cuándo despertaremos para dejar de permitir que nuestra voz se reduzca a un número definido de palabras?



3 comentarios
Muy buena reflexión sobre esta sociedad cada vez más despreocupada.
muy bien, Gabi.
Un vez más seleccionando las palabras indicadas para expresar una realidad más que cierta. No hay nada más triste que imponer barreras a las ideas buenas de nuestro mundo interior.