José Alfonso Arregui (Torreciudad).– La República del Kazajstán es 5 veces más grande que España, aunque no llega a los 18 millones de habitantes. Caty trabaja en Almaty, una de las ciudades más importantes del país, y colabora en una asociación juvenil de tiempo libre. «La mayoría de la población es musulmana, y también hay muchos cristianos ortodoxos -explica-. Los católicos somos una pequeña minoría, en torno al 2%, y la convivencia entre las distintas religiones es pacífica. Eso me permite relacionarme con personas de creencias muy distintas, lo cual es muy enriquecedor». Eso no le impide en Navidad añorar la decoración urbana y las representaciones del Nacimiento de Jesús que es frecuente encontrar en las ciudades de Europa y América.
Su profesora de ruso es atea, y Caty le ha invitado en un par de ocasiones a observar el desarrollo del culto católico. «Lo que más le llamó la atención fueron las vestimentas de los sacerdotes y los cantos litúrgicos». El cristianismo despierta cierto interés en una población que se declara musulmana por tradición, pero que no vive el tipo de práctica religiosa que acostumbramos a ver en otros países como Egipto o Marruecos.
El idioma no parece ser una barrera infranqueable para esta intrépida peruana. «De manera informal he organizado sesiones con gente joven que quiere aprender castellano. Eso me permite aprender ruso, que es el idioma que utiliza la gente, y así también puedo entablar amistades». Se reúnen en una cafetería tranquila donde intercambian experiencias.
Caty ha encontrado en el pueblo kazajo un gran sentido de la hospitalidad: «son muy acogedores, y si te ganas su confianza te ofrecen lo mejor de sus hogares». Como costumbre curiosa, cuenta que ella fue obsequiada con los ojos de una cabeza de cordero asado, que es la mayor muestra de aprecio que una familia puede dar a un visitante.
Durante los días que estuvo en el Altoaragón pudo visitar Alquézar, Barbastro, Graus y Aínsa. «Me ha enamorado la arquitectura de esta tierra, transmite nobleza, igual que sus gentes». No olvida que su Perú natal cuenta con paisajes espectaculares, pero subraya la belleza del Pirineo oscense: «es majestuoso, imponente».
Antes de regresar pudo agradecer a la Asociación Pro-Kazajstán de Monzón la ayuda que prestan a proyectos de desarrollo en este país, el más reciente de ellos subvencionado en parte por el ayuntamiento montisonense. «Gracias a la generosidad de estas personas podemos ayudar al pueblo kazajo proporcionando formación humana y profesional».


