Queridos romeros de la Ribagorza y Sobrarbe
También los que habéis venido de todos los rincones de nuestra geografía diocesana:
Hemos peregrinado hasta aquí para encontrarnos con nuestra Madre.
Y cuando los hijos se reúnen alrededor de su madre, las diferencias dejan de convertirse en distancias. Porque una madre tiene esa misteriosa capacidad de hacer sitio a todos sin quitarle a ninguno su nombre, su rostro ni su historia.
Desde hace cuarenta y siete años, esta Romería de las Vírgenes de Ribagorza y Sobrarbe va recorriendo nuestros pueblos. Nació precisamente como un encuentro de fraternidad mariana y, con los años, ha ido hermanando a hombres y mujeres, comunidades y pueblos de Aragón y Cataluña bajo la mirada de la Madre de Dios.
Y este año le correspondía llegar hasta Torreciudad.
Por eso hemos querido realizar un gesto sencillo, pero cargado de significado: que Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad recibiera a las demás advocaciones desde su ermita originaria; y que después nos pusiéramos en camino rezando el rosario hasta este templo para celebrar la Eucaristía.
Fijaos qué hermosa catequesis hemos hecho sin necesidad de muchas palabras:
la Madre nos recibe en su casa y la Madre nos pone en camino.
Nuestra diócesis posee un patrimonio mariano extraordinario. Hemos llegado a catalogar 137 advocaciones. Carrodilla, Pueyo, Guayente, Bruis, Peña, Alegría, Romeral, Pineta, Baldós, Obach, Torreciudad…
Me gusta decir que son como el fondo de armario de nuestra Madre.
¡Qué fondo de armario tan rico tiene María en esta diócesis!
Porque cada advocación es como un vestido con el que un pueblo ha querido expresar algo que descubrió en María.
Cuando necesitamos esperanza, la llamamos e invocamos como Virgen de la Esperanza.
Cuando experimentamos dolor, Virgen de los Dolores.
Cuando necesitamos ayuda, Virgen del Socorro.
Cuando el corazón recupera la sonrisa, Virgen de la Alegría.
Cuando necesitamos protección, Virgen del Patrocinio.
Cuando buscamos consuelo, Virgen de la Piedad.
Y así hasta 137 nombres.
Pero no tenemos 137 madres.
Tenemos una sola Madre.
Muchos nombres.
Muchos pueblos.
Muchas historias.
Muchas tradiciones.
Una sola Madre.
Y esto es también una preciosa imagen de la Iglesia.
Nuestra diócesis milenaria, misionera, mariana y martirial está tejida por pueblos pequeños, ermitas, parroquias, unidades pastorales, monasterios, familias, sacerdotes, religiosos, laicos, cofradías, movimientos y grupos apostólicos. Cada uno con su historia y su carisma, pero todos pertenecientes a una SOLA y MISMA familia.
El 1 de diciembre de 2019 los obispos aragoneses escribimos una carta pastoral “La Iglesia en Aragón al servicio del mundo rural. Nazaret era un pueblo pequeño” recordando la fecundidad evangélica de lo pequeño. Nuestras comunidades cristianas, «por pequeñas que sean», están llamadas a permanecer vivas, en comunión con la Iglesia diocesana, caminando juntas y haciendo corresponsables a sacerdotes, religiosos y laicos.
Porque Dios tiene predilección por lo humilde y lo pequeño.
Nazaret era pequeño.
Belén era pequeño.
La casa de María era pequeña.
La ermita-santuario de Torreciudad también es pequeña.
Pero lo pequeño no es insignificante para Dios.
Nuestros pueblos lo saben muy bien. Necesitamos poder entrar en nuestras ermitas, acercarnos a nuestras imágenes, tocarlas, besarlas, vestirlas, sacarlas en procesión. Necesitamos poder decirle a María lo que quizá no sabemos decir de otra manera.
Eso no es una fe de segunda categoría.
Es la piedad sencilla de nuestro pueblo.
Durante generaciones, hombres y mujeres se acercaron a Nuestra Señora de los Ángeles para mirarla, tocarla, besarla, vestirla, cantarle y confiarle cosechas, enfermedades, hijos, lágrimas y esperanzas.
Hay cosas que solo se comprenden cuando uno conoce el corazón de un pueblo.
Y la Iglesia no está llamada a arrancar esas raíces, sino a purificarlas, acompañarlas y hacerlas fecundas para el Evangelio. Nuestro Proyecto Mariano nació precisamente al constatar que las ermitas, romerías, peregrinaciones, novenas, gozos y tradiciones populares muestran hasta qué punto María está enraizada en el corazón de esta Iglesia.
Pero permitidme resaltar algo especialmente importante.
Los diversos carismas no empobrecen a una Iglesia particular: la enriquecen.
Por eso doy gracias por el servicio que el Instituto del Verbo Encarnado presta en el Pueyo y doy gracias especialmente hoy, que nos encontramos en este fantástico templo, por todo el bien que la Prelatura del Opus Dei ha realizado durante estos años en Torreciudad.
Aquí ha habido confesiones, conversiones, vocaciones, familias que han recuperado la fe, personas que han encontrado a Jesucristo de la mano de María.
Ese bien es de Dios.
Ya lo expresé estos días: deseo que este bien continúe y crezca; deseo que el Opus Dei pueda seguir desarrollando aquí su misión y que Torreciudad siga siendo un gran foco de evangelización mariana y familiar, plenamente integrado en la diócesis, y desarrollando su carisma en beneficio de la gran familia que es esta iglesia particular de Barbastro-Monzón.
Durante estos años, Torreciudad ha sido un magnífico punto de llegada para peregrinos procedentes de todo el mundo, de los cinco continentes.
Ahora sueño con que pueda convertirse también en un punto de partida.
Que quien venga aquí pueda descubrir la ruta Mariana, que le permitirá visitar, entre otros lugares emblemáticos, la ermita-santuario de Torreciudad, el santuario de Guayente, el Pueyo, Bruis, la Carrodilla, Pineta, la Peña… Y venerar en todos ellos a Nuestra Madre en sus distintas advocaciones.
Sumemos. Multipliquemos. Soñemos juntos en comunión dentro de esta Iglesia particular de Barbastro-Monzón, de la Santa Iglesia Universal
En este Año Jubilar de san Ramón, nuestro viejo obispo de Roda nos diría hoy que seamos libres de todo aquello que nos impida caminar juntos.
Por eso, Madre de Torreciudad:
recibe siempre a tus hijos en casa.
Enséñanos a cuidar lo pequeño sin encerrarnos en nosotros mismos.
Enséñanos a sumar carismas, instituciones, pueblos y sensibilidades.
Haz que nuestra diócesis de Barbastro-Monzón, después de su reestructuración geográfica y organización pastoral, llevada a cabo en estos años, se transforme en una diócesis «familia de familias».
Que nadie tenga que desaparecer para que todos podamos vivir, amar y servir.
Que nadie quiera caminar solo, cuando Tú nos has convocado como hermanos.
Que el cayado y la sombra de san Ramón, obispo y patrono de nuestra diócesis sigan acompañando nuestros pasos, y que la sangre fecunda de nuestros mártires haga brotar de nuevo, en esta bendita tierra del Alto Aragón oriental, abundantes vocaciones: al matrimonio, a la vida laical, a la vida consagrada y al ministerio ordenado.
Que así sea.
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Oración del obispo ante la Madre de Torreciudad revestida con el «Manto de la Comunión»
Madre de Torreciudad:
hoy tu casa se ha llenado de hijos.
Han venido hasta ti desde nuestros valles y montañas, desde Ribagorza y Sobrarbe, desde toda la diócesis.
Han venido llamándote con los nombres que aprendieron de sus padres y de sus abuelos.
Cada pueblo te ha dado un nombre.
Cada generación te ha regalado una historia.
Cada advocación ha descubierto en ti un rostro de la ternura de Dios.
Pero Tú eres una sola Madre.
Por eso queremos hacer ahora un gesto sencillo.
Cada una de estas advocaciones ha traído una cinta con su nombre.
Una a una las iremos poniendo en tus manos.
Y nuestros hermanos de Bolturina, Secastilla, Ubiergo y La Puebla de Castro las irán uniendo hasta formar con todas ellas un solo manto: el Manto de la Comunión.
Ninguna cinta desaparecerá.
Ningún nombre se borrará.
Ningún pueblo tendrá que dejar de ser quien es.
Pero todos quedarán unidos en un mismo manto.
Madre, haz Tú con nosotros lo que ahora nuestras manos van a hacer con estas cintas:
une lo que está separado,
acerca lo que está distante,
cura lo que esté herido,
haznos agradecer el bien recibido
y enséñanos a caminar juntos.
Que bajo tu manto haya sitio para todos.
Que nuestra Iglesia sea verdaderamente familia de familias.
Que Tú, Madre de Torreciudad, nos cubras a todos con el manto de la comunión.
Y hoy delante de ti, en tu ermita-santuario, donde durante más de mil años las gentes sencillas de esta tierra vinieron a verte, tocarte, besarte y rezarte, vengo también a presentarte mi humilde petición, para que como el anciano Eleazar me muestre digno de mi labor como pastor, dejando a las siguientes generaciones un ejemplo a la altura de la dignidad de este pueblo.
Amén.

