Por José Luis Murillo García, maestro rural jubilado en Sahún
O Chinebro: la escuela rural de Caneto soñada, creada y cerrada por falta de voluntad
Las escuelas deberían ser un lugar y un tiempo de encuentro y de vida donde las niñas y los niños puedan crecer y desarrollarse con seguridad, afecto y libertad. Todavía más las escuelas rurales ya que son el corazón y el futuro de los pueblos.
Por eso, allá por el 2016 en una jornada sobre experiencias educativas en Graus, me sorprendió y me fascinó escuchar a las familias de la localidad de Caneto que, con su ilusión y sus sueños, nos contaban su proyecto de escuela integrada en el entorno, como espacio de crecimiento sano para sus criaturas y como el futuro imprescindible y necesario para su comunidad.
Y esa sorpresa y esa ilusión continúa viva cada año cuando visito Caneto y me encuentro con un espacio de paz, calma, sencillez, alegría, ilusión… y a esas niñas y niños aprendiendo mientras disfrutan de una escuela totalmente integrada con su entorno natural y su comunidad rural. En aquella jornada nos contaban también que ya habían encontrado un terreno cedido por la CHE y el apoyo del Ayuntamiento de La Fueva del que depende, que las familias habían empezado a desbrozarlo con sus manos para construir con madera un par de edificios ecológicos y sostenibles para el bienestar de sus niños y niñas.
Nos contaban que Caneto había sido un pueblo abandonado por la construcción de un pantano, pero que sus padres habían soñado con revivirlo, que lo habían conseguido y que algunas de ellas ya habían nacido allí y por eso querían comprometerse con una escuela para el lugar que sus familias habían soñado y para sus hijos e hijas.
Poco a poco, con mucho esfuerzo y alguna ayuda de DPH que facilitó un aula de madera, fueron haciendo sus sueños realidad. Al crecer necesitaron decidir si continuaban como escuela independiente de la administración o se incluían en el sistema educativo si era posible mantener sus sueños y su proyecto.
La administración de ese momento, a pesar de las dificultades «legales» y burocráticas, intentó encontrar soluciones y apoyar esa experiencia que, además, podía servir para encontrar caminos legales y que, tanto ese como otros proyectos educativos de familias comprometidas con su escuela y su educación que existen en el medio rural, pudieran «legalizarse» y darles acceso dentro del sistema educativo formal.
Y así, con esfuerzo, trabajo y cesiones de derechos por parte de esa comunidad y de la administración, fue creciendo un proyecto educativo y un modelo de escuela basado en valores necesarios para el siglo XXI y no en el modelo de escuela tradicional que surgió en la Prusia del siglo XVIII y que está tan incrustado en el marco mental de nuestro sistema educativo actual.
Pero, de repente, cambiaron los responsables de la educación aragonesa y llegaron como un elefante ciego arrasando con todo lo que no entrara dentro de ese marco mental de escuela tradicional tan bien cimentado y se excusaron para cerrarla, y para obligar a trasladar a sus veintiún niñas y niños a otro pueblo a más de media hora por malas carreteras, en que es una escuela que no tiene «número» de escuela, que hay que ir por un camino, que sus instalaciones son casitas de madera, que cerca hay un pastor eléctrico de alambre para que no entre el ganado, que no es un edificio de cemento o un barracón de chapa en suelo urbano, que está entre árboles… en definitiva, que no responde a una edificación escolar de ciudad y eso, sin coches, sin contaminación, sin asfalto ni cemento, sin costosos barracones de chapa… no es legal ni seguro.

Lo que no dice esta administración es que existen, por ejemplo, escuelas en los circos en los que no se necesitan edificios construidos en suelo urbano ni con un entorno «seguro» por su movilidad permanente ya que, según la Disposición adicional tercera del Real Decreto 132/2010 sobre los centros que atiendan a poblaciones de especiales características sociodemográficas respecto a los requisitos mínimos de esos centros, «las Administraciones educativas competentes adecuarán los requisitos previstos en los títulos II y III de este real decreto a las especiales características y dimensiones de estos centros«. O sea, que está en manos de la voluntad de la administración adaptar la «legalidad» y la existencia de un centro educativo a sus especiales circunstancias. Y no sólo está en manos de la administración, sino que es la obligación de esa administración resolver los problemas de infraestructura y equipamientos que pudiera haber.
Por eso me parece admirable e ilusionante que las familias de Caneto quieran que su pueblo y su escuela, a pesar de esta administración tan ciega en lo rural y en lo educativo, siga adelante con un proyecto educativo y de vida que, además, podría servir como referencia para esa España vaciada de la que tanto hablan nuestros políticos en los despachos y en los titulares de prensa, y sobre todo para que esas niñas y niños experimenten una infancia feliz plena de aprendizajes, aunque eso suponga educar por si mismas a sus criaturas, con su esfuerzo y con sus recursos si no queda más remedio, mientras la administración educativa aragonesa se inventa excusas para escaquearse de sus obligaciones y acabar con esa escuela y con ese pueblo.


