Que cada vez hay más mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas, es algo que parece que ya hemos asumido, como las olas de calor en verano o el aumento del precio de la luz. Pero estamos hablando de vidas reales. De mujeres como nosotras, aunque muchas de ellas hayan vivido un infierno, por culpa de los que, al final, han acabado por matarlas.
Todos los años, con el calor y las vacaciones, el número de mujeres asesinadas aumenta de forma brutal. Hombres que ejercen su violencia porque creen que no les están tratando como deberían, que han decidido dejarlos, que se enfadan porque se atreven a llevarles la contraria, porque no estaba la comida como ellos querían o porque «hace un calor terrible y he perdido los nervios».
Cinco. Cinco mujeres que dejan hijos huérfanos, unas, o proyectos sin realizar, otras. Que vivían y sentían, aunque, en muchas ocasiones, no sonrieran demasiado.
A veces, sus familiares, sus amigas, sus vecinas, sospechaban algo o tenían la certeza de lo que estaba pasando, pero no hicieron nada porque tenemos el falso pudor de no meternos en los problemas de parejas ajenas, hasta que ya es tarde. Tenemos que cambiar esa actitud. Si hay sospecha de maltrato, procuremos hablar con la víctima y si no es posible, llamemos al 016. Es mejor una falsa alarma, que una asesinada más. Ésta violencia machista tiene que acabar. Pongamos todo de nuestra parte para hacerlo. Y tengamos siempre presente que si tocan a una, nos tocan a todas.


